Paseo con Antonio Buero por el claustro del convento de la Piedad de Guadalajara

El escritor Alfreso Villaverde, autor de este artículo y amigo personal de Buero Vallejo.

El escritor Alfredo Villaverde, autor de este artículo y amigo personal de Buero Vallejo.

Por Alfredo Villaverde Gil*

Cien años ya, amigo. La madeja del tiempo se devana en finísimos hilos que apenas puede entretejer la memoria. Pero sigues vivo. Se sonroja la tarde de otoño con los últimos rayos del sol poniente sobre la piedra y trasmite los ecos de una lejana melodía llena de risas y juegos, de lecciones magistrales y confidencias que dan memoria de nuestro paso por este lugar centenario.

Eras un joven visionario de ojos oscuros, bigote incipiente y andar pausado aquel día del año 1932 cuando ganaste tu primer premio literario por tu relato El único hombre y ya avisabas: “Lo mío es la pintura. Voy a estudiar Bellas Artes. A mi padre le gustaría que fuese militar, pero yo quiero ser artista y luchar por mis ideales”.

Y a fe mía que lo hiciste. Cuando te encontré cincuenta años más tarde en tu madrileña casa familiar tú me contaste de forma evocadora: “Quería ayudar a la República. Luchar porque todos aprendiesen a leer y escribir, huir de ese destino de miseria y mansedumbre que les venía dado al nacer”. Y eran palabras que hablaban también de mi infancia, llena de penuria y humildad en la posguerra, así como de mi esfuerzo por escapar de un destino tantas veces injusto y mezquino que acompañaría el despertar de mi generación.

Quizá fue eso lo que guió mi empeño para propiciar el reencuentro entre Buero y Guadalajara, dolorido sentir que llevaba al dramaturgo a mencionarla en sus conversaciones con su amigo Ramón de Garciasol como la selva. Estas presencias, calles y páramos de su infancia y adolescencia le pertenecían, al igual que nos pertenecía a nosotros su grandeza en la lucha por la libertad y su reflexión sobre la condición del hombre, su gloria y su miseria.

Fueron años de transición democrática que nos devolvieron no sólo al dramaturgo laureado sino al artista adolescente que tejía entre sueños su vocación artística. Y volvió para estar con nosotros en veladas del Palacio del Infantado, en foros y exposiciones que acogió este patio renacentista donde crecimos en amor y sabiduría en el Instituto de Enseñanza Media “Brianda de Mendoza” para borrar aquel pateo insólito que sufriera su obra Palabras en la arena en el legendario Teatro Liceo por parte de algunos exaltados.

Buero Vallejo, en la imagen mencionada en el artículo.

Buero Vallejo, en la imagen mencionada en el artículo.

Mi amistad con Buero fraguó en el tiempo y agradezco su apoyo y calor en todo cuanto supuso para mí. Su presencia en la Biblioteca Nacional presentando mi segundo libro de poesía La ciega luz de las imágenes o posteriormente La alquimia del deseo, nuestras conversaciones en su casa de la calle del General Díaz Porlier, donde entre las volutas de humo de su pipa y su charla relajada desde el sillón orejero que era su favorito, discurrían las horas con los temas eternos de nuestra España y su devenir hacia el progreso. Y aquel guiño que me hiciera cuando le pedí una fotografía para incluir en mi libro sobre Guadalajara y en vez de enviarme su figura con ropaje académico lo hizo vestido con la cálida intimidad de su pijama en el rincón favorito de su casa. Genio y figura.

Fue Antonio Buero un gran escritor y un gran pintor y dibujante. En aquellos años difíciles del franquismo supo encontrar la senda óptima para sortear los complejos vericuetos de la censura y dejarnos un legado espléndido de su lucha por la libertad, la defensa de los oprimidos y su reflexión constante sobre la condición humana y del destino del hombre. Antonio Buero es ahora una sombra casi impalpable, casi construida de emociones y recuerdos cuando dejo que las primeras sombras desborden el recinto de este lugar donde ambos crecimos hacia la hombría y se adentren en la oblicuidad del claustro, allí donde aguardaré sedente que me cubran, que me lleven con ellas hacia la noche tachonada de estrellas que derramará su beso pálido en el lánguido desmayo de la piedra. Y siento que, cuando el amor y la amistad perduran, cien años no son nada.

*Alfredo Villaverde Gil nace en Guadalajara. Licenciado en Derecho y Psicología por la Universidad Complutense de Madrid y Magisterio por la Escuela Universitaria de Guadalajara. Escritor, poeta, dramaturgo y colaborador en prensa. Autor de unas sesenta obras publicadas que abarcan todos los géneros literarios, en especial los de la poesía, narrativa y libros de viaje. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano, serbio, hindi y japonés. Entre sus premios el “Don Quijote” y “Europa Universitas” de periodismo; el “Castilla-la Mancha”, “´Ciudad de Alcalá” y “Barcarola” de narrativa; el Premio Mundial de Poesía Mística “Fernando Rielo”, “Río Ungría”, “Manxa”, “Zenobia”, “Alfonso VIII”, “Internacional de Poesía Erótica” “Premio de la Crítica de Castilla-La Mancha”,“Libertas” de poesía. Tiene la medalla del Presidente de la India por su biografía sobre el Pandit Nehru, y la medalla de la Universidad de Colorado (USA). Ha sido autor del folleto-libro “España Logo” traducido a dieciocho idiomas, imagen de España para todos los visitantes del mundo. Ha impartido cursos y conferencias en Universidades e Instituciones culturales de Europa, África, Asia y América. Ha ocupado cargos directivos en numerosas asociaciones e instituciones de rango nacional e internacional y actualmente es Presidente de la Asociación de Escritores de Castilla-La Mancha y Secretario General de la Fundación “Arte y Gastronomía”. Entre sus obras dedicadas a Madrid: Madrid. Rutas por sus Iglesias y Monasterios y El Capricho de Madrid.

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