A los políticos…

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Foto: BBC

Por Míriam Pindado

Esta es una columna dedicada a todos los políticos que no creen en la democracia ni respetan a los ciudadanos.

A ellos me dirijo en calidad de ciudadana agotada. No indignada ni enfadada. Simplemente agotada. Exhausta. Extenuada. Harta. Desayuno, como y ceno con vosotros (ya no son “ustedes”, por respeto) y debo deciros que me tenéis más frita que a la puntilla de un huevo. Sigo la actualidad, esa que nos venís marcando desde antes del mes de mayo de 2015 en la que todo se reduce a una eterna campaña electoral, programas vacíos, periodos de reflexión, tiempos de negociación y diálogo, portadas de corruptelas, crisis internas en vuestros partidos, falta de liderazgo, paquetes de medidas y pactos tan volátiles como vuestra palabra. Desde luego que portadas y titulares no nos faltan a los periodistas, pero sí nos faltan preguntas y, sobre todo, respuestas. A los periodistas en las ruedas de prensa y a los ciudadanos en sus casas.

Que España lleve desde diciembre del año pasado “en funciones” dice mucho de los partidos políticos y de sus dirigentes. No tanto de los españoles, que han ejercido libremente su derecho a voto en dos ocasiones y quien sabe si en tres. El 20 de diciembre de 2015 acudió a las urnas cerca de un 70% del censo electoral. El 26 de junio, poco más de un 66% de los votantes. Estos datos se refieren a las Elecciones Generales, pero si tiramos de otros datos de participación más recientes, veremos que en las elecciones gallegas la participación ha subido nueve puntos porcentuales hasta llegar al 63,75% y en los comicios en Euskadi, el 62,26. Los ciudadanos siguen votando, algunos con más ganas que otros, y votan a quien quieren. Tanto los menores como los mayores de 45 años. Pero en España, este “Estado social y democrático de Derecho” en el que “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado” se dejan las papeletas de los ciudadanos en stanby y se bloquean los poderes del Estado. Y ya está. Y así seguimos. Y si hay nuevas elecciones y volvemos a votar de la misma manera que votamos en diciembre y en junio…¿Qué pasará? Y si los votantes dejan de creer en la democracia y deciden no ir a votar…¿Qué pasará? Y si ante este paradigma del ‘NO’ los ciudadanos deciden votar en negativo -el voto del “no sé a quien votar, pero sí sé que no quiero que salga…”- ¿Qué pasará? Viendo cómo funcionan los dirigentes políticos de este país, quizá sería más práctico votar al “NO” que al “SÍ”, aunque si partiésemos de una premisa negativa más lejos quedarían las metas y más destructiva sería la carrera.

Pero hay que buscar soluciones porque parece que ni este sistema, ni nuestras instituciones, ni nuestras leyes, ni mucho menos las personas que “quieren” gobernar este país están preparadas para este nuevo escenario político en el que las mayorías absolutas ya se han superado pero que, si se tensa la cuerda, es muy probable que vuelvan y se esfume con ellas este afán tan del siglo XXI de “el cambio”, la representatividad, la pluralidad y el fin de la polarización política. ¿Cuál es la solución? Imagino que a todos nos gustaría tener una varita mágica y sacarnos el desbloqueo de la chistera. Pero en este circo no hay magos por muchos trucos que se tengan. Si que hay sin embargo algún que otro equilibrista y malabarista, demasiados escapistas, algunos domadores, muchos leones y más de uno que nos hace reír con sus chistes malos. [Y este símil lo utilizo como figura retórica, sin intención de ofender a los profesionales circenses. Por favor].

Evidentemente, la tesitura que se les presenta a estos políticos no es sencilla. Nadie dijo que fuera fácil pero, de momento, es la que es, la que hemos decidido, la que deberían respetar estos “hombres y mujeres de Estado” y por la que están cobrando. No olvidemos que la función debe continuar y si no que nos devuelvan el dinero de las entradas.

Pero al final todos queremos que este país y la democracia avancen, pero lejos del progreso nos topamos con el retroceso, incluso en escenarios en los que ya, más o menos, confiábamos y creíamos superados como es el caso de Castilla-La Mancha. Y es que este lunes, con la resaca de las elecciones vascas y gallegas, el secretario regional de Podemos, José García Molina, anunciaba que el acuerdo de investidura que sostenía a García-Page había muerto “de desaliento y vergüenza”, añadía. La sorpresa del sorpasso en otras regiones llegaba a esta comunidad autónoma en la que el PSOE gobierna gracias a los dos escaños de la formación morada. La dirección del partido y Pablo Iglesias circunscribieron esta decisión al ámbito autonómico argumentando un incumplimiento del programa, pero con la crisis interna del PSOE y la cabeza de Pedro Sánchez sobrevolando Ferraz más podrían apuntar a una forma de presión por parte del partido de Iglesias. Sea cual sea la estrategia, lo que queda claro en este asunto es que los ciudadanos no podemos dar nada por hecho. Todo se va cociendo pero todo se queda crudo. ¿Y quién se lo come? Nosotros. Porque el juego político no se queda en Castilla-La Mancha ni tampoco entre estos dos partidos. No. El resto de partidos intentan sacar tajada de este embrollo olvidándose de que hace unas semanas eran ellos los que protagonizaban intrigas semejantes. Y lo hacen tendiendo la mano aquí para que no se la muerdan allá. Ese es el juego de la política: pura supervivencia y cierto canibalismo. Ningún partido quiere alimentar a otro, ningún dirigente quiere ponerse en bandeja y, al final, la mesa sin poner pero que ellos no pasen hambre.

 

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