La Alcarria ‘primitiva’

Imagen de uno de los encierros por el campo que se incluyen en el vídeo de denuncia elaborado por el Partido Animalista (Pacma).

Imagen de uno de los encierros por el campo en la Alcarria y la Campiña que se incluyen en el vídeo de denuncia elaborado por el Partido Animalista (Pacma).

Por Raquel Gamo

A nadie que conozca la Guadalajara taurina (o sea, toda excepto la Sierra y Molina) le sorprenderán a estas alturas las imágenes de los encierros por el campo que ha difundido en las redes sociales el Partido Animalista (Pacma) hace unos días. El propósito es denunciar el maltrato que sufren los toros en estos festejos tan arraigados, y el objetivo se cumple con creces porque la brutalidad habla por sí sola y a cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad se le erizan los pelos viendo las burradas que se exhiben en esa pieza. Por tanto, si alguien se siente ofendido con estas imágenes la culpa no es del Pacma. La culpa es de quien actúa como un cabestro cuando de lo que se trata es de asistir a una fiesta.

Los encierros por el campo son, sin duda, la foto fija de las ferias de decenas de localidades de la Alcarria y de la Campiña. Un emblema, en suma. Pero, como ocurre con todo aquello que toca la sensibilidad popular, provoca debates enconados entre los taurinos –que se agarran sobre todo a la tradición y la distancia con el “arte” que desprende una corrida de toros-; y los antitaurinos, que consideran estos actos un espectáculo inaceptable y apuestan por que sean suprimidos de los carteles de las fiestas patronales.

Al subidón de adrenalina que suponen los toros para muchos aficionados, hay que añadir una razón más poderosa para celebrar estas sueltas de reses por el campo: los ingresos –supuestamente cuantiosos- que perciben las maltrechas arcas municipales en sólo unos días. Un argumento de dudosa fiabilidad porque tales réditos económicos no se han cuantificado nunca. Se hacen a ojo y sin descontar las ayudas públicas que reciben los promotores de estas fiestas. De hecho, casi todos sus promotores son ayuntamientos que, aunque cuenten con la ayuda a escote de los vecinos, son los que pagan los toros, el servicio veterinario, la asistencia médica obligatoria, etc.

Llegados a este punto conviene matizar qué es un encierro. Cuando cualquiera de nosotros, seamos o no aficionados, pensamos en esta palabra inmediatamente la asociamos a San Fermín, una fiesta que cada año atrae a turistas de todo el mundo para correr junto a las reses a lo largo de un itinerario acotado y controlado que no suele extenderse más allá de tres o cuatro minutos. Es un encierro corto, acotado y extremadamente controlado.

Sin embargo, los habituales encierros abiertos por el campo no tienen nada que ver. O no todos. Hay diferencias en la estructura y en el recorrido. Pero, además, en la mayoría de ellos es frecuente ver a jóvenes ebrios que vejan y acosan a los toros rodeándolos con coches, lanzándoles piedras, clavándoles paraguas u otros objetos punzantes. En definitiva, torturando a los animales. Un espectáculo deleznable que nada tiene que ver ni con la idea de un encierro ordenado -no digamos ya con la tauromaquia-, que además devuelve a la Alcarria al primer plano en los medios fruto de una imagen detestable, incívica y primaria.

Y, de la misma forma que no toda la Alcarria es como muestran esas imágenes (obviamente), no todos los aficionados a los toros son unos desalmados. Se puede censurar o no la permanencia de la tauramaquia, y ese es un debate que acaba en bucle porque responde a las inquietudes y los gustos de cada uno. Lo que no es admisible es que en un encierro legal y, en teoría, desarrollado con arreglo a un reglamento elaborado por las administraciones, se produzcan barbaridades como las que muestra el vídeo del Pacma.

Por tanto, solo caben dos posibilidades: o vetar estos encierros, que sería tirar por la calle de en medio; o bien fiscalizar su regulación porque es evidente que algo falla: o los controles son laxos o el Reglamento de Festejos Taurinos que en su día impulsó la Junta de Castilla-La Mancha es demasiado suave. Mi compañera de blog Concha Balenzategui defendía el martes en EL HEXÁGONO en un estupendo artículo la necesidad de que los propios corredores de los encierros, los que sí respetan las normas, se revuelvan contra quienes las infringen. Yo, francamente, no confío tanto en el género humano. Creo que es necesario introducir en estos festejos medidas correctivas más severas, y para eso es necesario que los partidos políticos dejen de escurrir el bulto.

Porque, ciertamente, PP y PSOE se han mostrado siempre tibios con este controvertido tema. Saben que remueve las pasiones y la sensibilidad de los pueblos. Y por aquello de no herir sensibilidades en nuestra provincia, basta remitirse a lo que ha ocurrido con el Toro de la Vega en Tordesillas. Después de muchos años en los que la res era maltratada y lanceada sin piedad, la Junta de Castilla y León (PP) prohibió en mayo a través de un decreto ley “la muerte en público de los astados protagonistas de festejos taurinos populares y tradicionales”. Fue una resolución polémica, la de vetar el sacrificio del animal como condición sine qua non para poder celebrar el torneo del Toro de la Vega, que ha sido muy contestada entre los acérrimos taurinos de la comarca, incluido el alcalde de la localidad, José Antonio González, del PSOE.

El Toro de la Vega no es un encierro por el campo. Es algo más salvaje. Pero deja claro que no vale ampararse en la tradición para justificar la barra libre en los festejos taurinos.

No me parece aceptable la disyuntiva “encierros sí” o “encierros no”. Creo que es posible organizarlos guardando un equilibrio entre los deberes de los corredores y la preservación del toro y sin necesidad de hacer sufrir al animal. El mencionado Reglamento prohíbe “aquellos festejos taurinos que impliquen maltrato a las reses y, especialmente, los consistentes en embolar a las reses, prendiendo fuego al material o sustancia con que se ha realizado el embolado, o en sujetar antorchas o elementos similares a sus cuernos y los consistentes en atar a las reses a un punto fijo, con maromas, sogas o de cualquier otra forma”.

Parece claro que la normativa se ha quedado desfasada. O corta. O, en todo caso, inservible para evitar los barbarismos. Ahora falta que la Junta, y los ayuntamientos detrás, tengan la valentía de endurecerla. Quizá así nos evitemos el bochorno de un vídeo con el que Guadalajara ha dado la vuelta al ruedo mediático.

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