La cofradía y el club

Procesión de la Virgen de la Peña, en Brihuega. // Foto: http://www.virgendebrihuega.net/

Procesión de la Virgen de la Peña, en Brihuega. // Foto: http://www.virgendebrihuega.net/

Por Concha Balenzategui

Pongamos el caso de un club de un determinado deporte que tiene entre las normas de sus miembros unos horarios de entrenamientos, llevar un régimen de comidas o vestir la equipación adecuada. Pongamos que uno de los integrantes del club no tiene intención de cumplir con alguna o varias de estas exigencias, y de hecho, no lo hace. Cualquiera entendería que fuera expulsado.

Pongamos que en lugar de un club hablamos de una cofradía, una asociación católica, vinculada a una determinada parroquia, en la que una persona homosexual, integrante de la hermandad, quiere ser miembro de su junta directiva. Y no se le permite, dado que su conducta no es acorde con la moral cristiana. Es la razón esgrimida por el párroco de Brihuega, Mariano Marco Escolano, para impedir a un joven de Brihuega la posibilidad de pasar al órgano de mando en la cofradía de la Virgen de la Peña. Y el del club deportivo es el ejemplo puesto por el vicario general de la diócesis de Sigüenza-Guadalajara, Agustín Bugeda, para explicar el veto impuesto.

Digamos también, para tener todos los datos, que se impide a este vecino ser miembro de la directiva, no participar en la cofradía. Añadamos que la entrada de este aspirante a la junta fue aprobada en votación por la asamblea de cofrades. Y por último señalemos que, según el vicario general, la negativa se produce, no por su condición de homosexual, sino por vivir en pareja sin estar casado. No ocurriría nada, ha explicado Bugeda, si moralmente “viviera tranquilo en su casa, y llevara su condición sexual con paz y tranquilidad”.

Así está la situación denunciada ayer en una carta firmada por el interesado, en la que se confiesa católico, movido por la fe y el interés de servir a los cofrades; una misiva hecha pública por la asociación WADO LGTBI+ de Castilla-La Mancha. Y así las explicaciones del vicario, representante del Obispado, que ha respaldado la decisión del párroco.

Carta de denuncia del cofrade discriminado.

Carta de denuncia del cofrade discriminado.

Cuesta entender -a mí al menos me cuesta- por qué una persona homosexual tiene tanto interés en participar de un círculo donde es despreciado continuamente por su forma de amar, cuestionada como contraria a la moral exigida. Probablemente es una cuestión de fe, no de entendimiento. De hecho hay multitud de personas que practican la homosexualidad y el catolicismo, bien en privado, bien públicamente, incluso reivindicando en asociaciones su derecho a ejercer ambas prácticas. Conozco el caso concreto de uno de estos homosexuales católicos al que hace unos años le tocó la lotería, y decidió gastar una parte de su premio en comprar bancos nuevos para la iglesia de su pueblo. No hace falta decir que el párroco recibió el obsequio sin importarle la condición sexual del donante, ni que viviera con su pareja a la luz de todos sus vecinos.

“Cuando una persona con esta condición llega delante de Jesús, nunca le dirá vete porque eres homosexual. A las personas hay que acompañarlas cómo hace Jesús siempre”. Son las palabras del papa Francisco, ayer mismo, en el transcurso de su viaje a Georgia. Bergoglio, que durante su pontificado ha recibido públicamente a homosexuales y transexuales, aseguró en una ocasión que la Iglesia debería pedir perdón por la homofobia y la discriminación. Sin embargo, los representantes de su doctrina, sacerdotes y obispos, siguen defendiendo los valores del matrimonio heterosexual y la familia cristiana que ellos se niegan a practicar.

Son las contradicciones de una organización a la que cuesta mantener sus principios ideológicos dos milenios después de su fundación, y las contradicciones que se evidencian entre unos y otros estamentos que los pretenden aplicar. Así, el párroco se apoya en la decisión del Obispado pero desoye las enseñanzas del sumo pontífice. El vicario apela en su explicación al sentido común y a la coherencia, también a las normas canónicas de la Iglesia y por último al artículo 10 de los Estatutos Marco de la Diócesis Sigüenza-Guadalajara.

La Virgen de la Peña, saliendo de la iglesia en procesión. // Foto: http://www.virgendebrihuega.net/

La Virgen de la Peña, saliendo de la iglesia en procesión. // Foto: http://www.virgendebrihuega.net/

Pero volvamos al ejemplo del club deportivo aportado por el propio Bugeda. No olvidemos que una cofradía es una asociación formada por seglares, no una congregación religiosa cuyos miembros están sometidos a las normas de la orden y a sus propios votos. Digamos que, a pesar de sus convicciones e intereses en sintonía con la fe católica, una hermandad, con sus propios estatutos, sus cuotas, pero con libertad de ejercicio, se parece más a un club que a un convento.

Bien es cierto que los estatutos de la Hermandad briocense incluyen que “para garantizar que en la Cofradía se conserve la integridad de la fe y de las costumbres y evitar que se introduzcan abusos en la disciplina eclesiástica, no se admitirán aquellas personas cuya actividad privada o pública no sea coherente con los postulados de la fe y moral cristiana”. Pero también que tienen personalidad jurídica y pueden elegir a sus cargos directivos. Desde mi absoluta ignorancia sobre lo que dicta el Derecho Canónico para las cofradías, creo que deberían haber prevalecido las motivaciones expresas del cofrade, su vocación de servicio, y por supuesto la votación democrática de sus compañeros de hermandad.

Definitivamente no. Una cofradía no es un club de fútbol. A ninguna agrupación cultural, social o deportiva se le permitiría poner entre sus estatutos una cláusula discriminatoria sobre la condición sexual de sus integrantes, porque sería vulnerar un derecho fundamental. Los estatutos marco de la Diócesis no pueden prevalecer sobre el artículo 14 de la Constitución. No me vale la explicación de que un club privado tiene sus propias reglas, si ese club recibe subvenciones de las instituciones públicas, ayudas para rehabilitar sus templos o permisos para ocupar y cortar la circulación en los espacios públicos cuando realizan rituales como las procesiones.

Desde la coherencia y el sentido común al que apela Bugeda, me pregunto si tan sobradas están las iglesias de jóvenes comprometidos como para rechazar la participación de uno de sus fieles. Más les valdría a algunos párrocos rurales afanarse en buscar fórmulas para atraer en lugar de excluir, si quieren mantener caldeados sus templos. Harían bien en escuchar de vez en cuando a su jefe.

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