La (falta de) dignidad de la fiesta

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Imagen de uno de los encierros por el campo de la provincia, en los que se da una asistencia masiva de vehículos. // Foto: PACMA

Por Borja Montero

Guadalajara es una de las provincias con una mayor afición por los festejos taurinos populares, con cientos de eventos de este tipo en decenas de localidades, tanto por sus calles como por el campo, a lo largo de toda la temporada, desde que despunta la primavera hasta bien entrado el otoño. En algunos casos, estos encierros forman parte de viejas tradiciones con muchas décadas de vigencia, mientras que otros pueblos han decidido celebrarlos para completar su programa festivo, ya que en España parece indisoluble la unión entre toro y fiestas, como si no hubiera otras alternativas de ocio. Lo que es indudable, tanto para aquellos municipios veteranos como para los advenedizos, es que poco tienen que ver sus sueltas de reses con las de antaño, y no hace falta remontarse medio siglo sino apenas un par de décadas, para comprobar cómo muchos de estos eventos, ahora regulados de forma directa y explícita por normativa de carácter autonómico, se les han ido de las manos a sus organizadores. Después de llevar a cabo una campaña de concienciación y crítica pública a algunos de los desmanes que se cometen en los encierros de diferentes localidades, el partido animalista PACMA ha presentado una denuncia administrativa ante la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha contra los ayuntamientos de Yunquera de Henares, Jadraque, Málaga del Fresno y Romancos por el incumplimiento de varios puntos del Reglamento de Festejos Taurinos Populares de Castilla-La Mancha.

Las imágenes que difundió PACMA hace alrededor de tres semanas son de sobra conocidas por muchos de nosotros, pero han tenido que ser grabadas, seleccionadas, montadas y colgadas en las redes sociales para que se creara esta especie de conciencia social que alerta de las transgresiones evidentes a la norma establecida en la legislación vigente y a las más mínimas nociones del decoro, el buen gusto y el respeto al entorno. Si alguna vez los encierros por el campo tuvieron como una finalidad una cierta conexión con el pasado, una especie de romería en busca de la reses, de regresión hacia el momento en el que los toros campaban libremente por el campo y los humanos tenían que ir en su busca a su entorno para poder ponerse frente a ellos, fuera con las intenciones que fuera, sin duda se ha desvirtuado este objetivo a través de ciertas conductas en las que prima el escarnio al animal y un divertimento irrespetuoso, a pesar de que el reglamento vigente pretenda mantener una serie de límites que, en su aplicación real, los organizadores de los eventos no respetan.

Así, de romería se ha pasado a rally. Prácticamente nadie acude ya a pie a estos encierros, tampoco a caballo, casi más por miedo a ser embestido por uno de los coches que acuden a decenas a estos eventos que por ser corneado por el animal, al que, en muchas ocasiones, ni siquiera se puede ver entre el amasijo de carrocerías de todoterrenos de gran potencia y turismos en sus últimas horas de vida y la polvareda que levantan unos y otros. Lo de delimitar el recinto y permitir únicamente el acceso de vehículos de la organización con fines de atención sanitaria y vigilancia del evento, tal y como se establece en la norma, es uno de los incumplimientos flagrantes, del cual se derivan en gran medida algunos otros: al no haber un recinto delimitado, no se puede establecer un control de acceso y algunos de los ‘corredores’ (conductores más bien) acuden afectados por la ingesta de alcohol u otras sustancias; al permitir la entrada de vehículos, los participantes se ‘atreven’ a acercarse más al toro y le generan un mayor estrés al estar rodeado de cerca del ruido de motores; al haber una mayor cercanía al animal y éste encontrarse más aturdido por las circunstancias que ahora le rodean, nada que ver con la apacible vida en el campo que hasta el momento debería haber llevado, es más sencillo tirarle piedras, varearle o apalearle de cualquier manera imaginable.

Esta espiral de malos hábitos, de transgresiones a la norma escrita y al respeto a los animales ha ido haciéndose más profunda en un plazo de alrededor de dos décadas, quizás coincidiendo con la prohibición de los encierros por el campo en la vecina Comunidad de Madrid, que sin duda provocó un aumento de participación que ha devenido en total masificación de los festejos de los pueblos guadalajareños; quizás simplemente por esa manía del ser humano de ir consolidando sus tropelías, cuándo éstas han resultado impunes, mediante la estrategia de regodearse en ellas o superarlas (y lo de los encierros por el campo no es lo más grave que ocurre, lamentablemente); quizás simplemente porque la naturaleza humana es así de cruel e irrespetuosa con el sufrimiento ajeno, en este caso animal, y solamente precisaba de los avances tecnológicos suficientes, tales vehículos en los que parapetarse y protegerse de los cuernos y láseres, pistolas de descargas eléctricas, petardos, bengalas y todo lo que se pueda imaginar para fustigar al toro, que de todo puede verse en manos de los que se divierten menospreciando y ridiculizando.

El problema de estos desmanes que acabamos de relatar es que no son masivos, sino que son perpetrados por una ruidosa minoría que se hace protagonistas de unos festejos que, si bien pueden no ser compartidos por muchos a estas alturas del siglo XXI en las que nos encontramos, sí podrían ser celebrados con cierta dignidad, tanto para los corredores como para las reses. La normativa ya existe. Solamente hay que aplicarla.

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