El ejemplo de Riace

Mural de acogida en una de las calles de Riace. Foto:// El Español

Mural de acogida en una de las calles de Riace. // Foto: Mariangela Paone-El Español

Por Raquel Gamo

La despoblación del medio rural sigue siendo una de las asignaturas pendientes en los países del sur de Europa. El hecho de que este problema haya sido obviado de la agenda política por unos y otros gobiernos no ha hecho más que acentuar el desequilibrio entre la ciudad y el campo. De hecho, algunas aldeas de la provincia como Sacedoncillo, situado entre Tamajón y Muriel; Romerosa, cercana a Cogolludo y La Vereda, en la serranía, ya son historia y tan sólo quedan como testigos mudos restos de iglesias y casas que nos recuerdan que en otro tiempo estuvieron en el mapa. Hay decenas de despoblados en Guadalajara.

La despoblación ha laminado el 80% del tejido vital de nuestros pueblos. Sólo la llegada de familias de inmigrantes y la puesta en marcha de pequeños negocios turísticos ha permitido contener la sangría. Precisamente, las perspectivas sobre cómo va a evolucionar la población española en las próximas décadas no son nada halagüeñas ni dan esperanza al medio rural. Según el estudio del INE Proyección de la población española 2016-2066, publicado esta semana, España perderá 5,4 millones de personas hasta 2066. La sociedad será cada vez más envejecida –el 34,6% de la población tendrá 65 años-, aumentarán las defunciones, seguirá cayendo la natalidad y se incrementará el número de domicilios en los que vivirá una única persona. O sea, habrá menos gente, más vieja y más sola. En concreto, Castilla-La Mancha perderá el 6,8% de la población hasta 2031 y Castilla y León, el 10,7%.

Esta tendencia no hará más que ahondar la brecha entre lo urbano y lo rural. En definitiva, la población seguirá en las ciudades (7 de cada 10 españoles son urbanitas) y cada vez más pueblos serán abandonados, si nadie lo remedia. Llegados a este punto, conviene que nos planteemos si la despoblación es un fenómeno irreversible o si, por el contrario, todavía estamos a tiempo de encontrar una solución.

En Guadalajara todos los intentos de fomentar la repoblación han fracasado. Adel Sierra Norte, la asociación que gestiona los fondos europeos en la Serranía, ha impulsado varios programas en esta materia. Uno de ellos fue el de neorrurales ANER 2001, cuyo objetivo era asentar población en la comarca serrana, y que ocupara puestos de trabajos nuevos o ya existentes en estas localidades. Una iniciativa en teoría ambiciosa y regada de financiación europea, a través de los fondos Leader, que devino en fracaso. ¿Por qué fracasó? Los especialistas no se ponen de acuerdo, pero hay varias causas que concurren: la falta de servicios en los pueblos, la carencia de telecomunicaciones –lo que hace inviable compatibilizar una profesión con la vida en el campo-, las dificultades para adaptarse al medio rural. Se apuntaron pocos neorrurales y muchos de los que se instalaron en los pueblos desistieron al cabo de poco tiempo.

En el caso de Molina se pusieron en práctica dos programas de desarrollo rural: Abraza la Tierra, un proyecto de cooperación interterritorial para apoyar la acogida de nuevos vecinos y emprendedores, y Nuevos Senderos, una experiencia específica para neorrurales extranjeros. Ninguno de los dos tuvo éxito y tan solo, como dato simbólico, una familia chilena logró asentarse en el Pobo de Dueñas.

Precisamente, la falta de políticas eficaces en esta materia es lo que está forzando a los pueblos a buscar soluciones con imaginación y voluntarismo. Y no sólo en España. El caso de Riace, en Italia, ha dado la vuelta a Europa. El programa “En Portada” de La 2 emitió hace unos días el interesante reportaje “Riace abre la puerta”, que relata la edificante experiencia de este municipio que ha logrado vencer a la despoblación gracias a la acogida de refugiados.

La virtud de la pieza está en el testimonio de sus protagonistas, que lo hace muy recomendable. Entre sus vecinos se encuentra Daniel. Nacido en Ghana, llegó en 2008 a Riace, donde ha rehecho su vida. Se encarga de la recogida de basuras -un servicio en el que se vio amenazado por la mafia calabresa durante un tiempo- y tiene dos hijos nacidos ya en Italia, que llevan por nombres Cossimo, en honor al patrón del pueblo y Doménico, en agradecimiento al alcalde: “Riace es un pueblo muy bueno, lleno de gente estupenda, un ejemplo para el mundo de cómo llevar a cabo la acogida de inmigrantes”, sostenía Daniel en el documental.

El alcalde de Riace, Doménico Lucano, conversa con un grupo de vecinos en la plaza de los Kurdos. Foto:// Perspective Daily

El alcalde de Riace, Doménico Lucano, conversa con un grupo de vecinos en la plaza de los Kurdos. // Foto: Perspective Daily

Uno de los artífices de la repoblación del pueblo ha sido su alcalde, Doménico Lucano, un inquieto profesor de química, nombrado por la revista americana Fortune como unos de las “50 personas más influyentes del mundo”. Su perseverancia desde hace casi dos décadas para intentar salvar a su pueblo de la inevitable extinción ha dado sus frutos. La cooperativa solidaria Citta Futura –que sirvió para rehabilitar viviendas-, otros programas de asilo y la llegada de fondos europeos han permitido acoger a inmigrantes, darles una vivienda y un empleo estable. En definitiva, Riace ha recuperado su pulso social. Porque sin habitantes no hay futuro que valga para ningún pueblo. Y de los 3.000 habitantes que Riace tenía hace unos años, se quedaron apenas 800. En la actualidad, suma 1.800 habitantes, de los que casi la mitad pertenecen a 22 nacionalidades diferentes.

Riace es un ejemplo de tolerancia y convivencia entre diferentes culturas. Pero también de cómo una situación de extrema necesidad puede derivar en un extraordinario ejercicio de integración de personas que se ven obligadas, por guerras o conflictos, que se ven expulsadas de sus países de origen.

Su labor repobladora es una experiencia cargada de éxito. No es, desde luego, el bálsamo de Fierabrás para combatir la despoblación. Ni en Italia, ni en España. Pero, al menos, sirve para revelar la frustración que existe en el medio rural ante la falta de soluciones políticas para un mal que parece darse por descontado.

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