La insurrección de los trabajadores de Hiendelaencina en 1854

Chimenea de la fundición La Constante, en Hiendelaencina. // Foto Gonzalo García.

Chimenea de la fundición La Constante, en Hiendelaencina. // Foto Gonzalo García.

* Por Enrique Alejandre Torija

La puesta en explotación de las minas de plata de Hiendelaencina supuso para los accionistas de la compañías que se crearon a tal efecto una fuente extraordinaria de beneficios, especialmente durante su primer periodo de aprovechamiento, entre los años 1844-1870: “Han continuado en la semana anterior las operaciones financieras bastante animadas. Las minas Santa Cecilia y Suerte, en Hiendelaencina, aumentan considerablemente en valor: de la primera se han realizado ventas de 190 a 192,000 rs., y la Suerte ha subido basta 231,000 r. a cuyo precio se han hecho bastantes trasferencias. La Santa Cecilia llamó a percibir el 23 del corriente a sus socios, 3,000 rs. por acción; igual cantidad reparte a los suyos la mina Suerte”, publicaba Revista minera en 1855 (Tomo V).

Un diario progresista madrileño de la época decía al respecto: “Los que con los sudores de los trabajadores encuentran la fortuna, no pueden olvidar que sin ellos nunca habrían alcanzado el resultado apetecido”. [El Pabellón médico, agosto de 1864].

Una vez agotadas las reservas de mano de obra del pueblo de Hiendelaencina y de los colindantes, acudieron allí multitud de trabajadores de otras provincias. A principios del año 1855 se ocupaban en el laboreo de las minas 1.211 individuos, y 429 en la fábrica de beneficio La Constante -según Revista minera-, sin contar los ocupados en otros empleos. A decir verdad, los mineros de Hiendelaencina estaban bastante abandonados por los dueños de las compañías para los que trabajaban, como ponía de manifiesto el elevado número de accidentes mortales que sufrían: “..es lamentable lo que está pasando en las minas en general, y en las de Hiendelaencina en particular. Véanse los libros de óbitos de las parroquias del partido de Atienza, regístrense los archivos de su juzgado, y se verá el sin número de victimas que causa las asfixias, los hundimientos, las inundaciones, la falta de precauciones higiénicas , etc, etc. Y aun así no se verá todo, porque es frecuente en el distrito correrse la voz de que se ha hundido tal o cual galería, o que han perecido en la boca de tal o cual mina, tantos o cuantos infelices trabajadores. ¡Y allí se quedan los cadáveres, unas veces por indolencia, otras por la eterna causal de la falta de fondos… ¡Esto es horrible!”, refería también el citado número de El pabellón médico.

Ganaban un “mísero jornal” [Canedo y Nava, J. Memoria sobre los productos de la industria española reunidos en la exposición publica de 1850. Madrid 1850. Pág.: 109] trabajado a destajo, aunque solamente cuando estaban “buenos y sanos” [El Clamor Público, 28-8-1853]. Las jornadas laborales eran de 12 horas y trabajaban en pozos donde se llegaba alcanzar los 47 grados, con problemas de vivienda, pues la localidad solo contaba con 38 casas antes de comenzar los trabajos mineros.

Galería de desagüe de la mina La Suerte. // Foto: Francisco Pina.

Galería de desagüe de la mina La Suerte. // Foto: Francisco Pina. mtiblog.com

Desde el mismo año del descubrimiento del filón rico de Hiendelaencina en 1844, gobernaba el país con mano dura el partido moderado, representante directo de los intereses de los latifundistas agrarios y la burguesía financiera. Pero llegada la primavera de 1854, el descontento y la inquietud social eran generalizados por los escándalos financieros y la corrupción que salieron a la luz con las concesiones de las líneas ferroviarias, -escándalos en los que estaban implicados la Casa Real y el Gobierno-; el anuncio de un adelanto del pago de impuestos con seis meses de antelación por la falta de fondos de Hacienda y la propagación de la epidemia de cólera. Se añadía la carestía y escasez del pan por la mala cosecha del año anterior, alimentadas además por las grandes exportaciones de grano favorecidas por la guerra de Crimea, pues el mercado europeo, surtido habitualmente por el trigo ruso, se abrió a los exportadores de grano españoles, quienes obtuvieron grandes beneficios como consecuencia de subir los precios al cerrarse los puertos de Odesa y Sebastopol (la fanega de trigo ya subía tres reales en Guadalajara en febrero de ese año). Todo ello  dio pie a un pronunciamiento del ejército capitaneado por los generales O’Donnell y Dulce que solo triunfó cuando entraron en escena las gentes del bajo pueblo de Madrid que “levantaron barricadas, asaltaron las cárceles y liberaron a los presos políticos; luego comenzó el pillaje y el saqueo de las casas de los más conocidos prohombres moderados. (…) El deseo de un cambio político se vinculaba a las esperanzas de una redención social. Aquellas turbas desmandadas luchaban más por el pan que por los progresistas; pero el triunfo del progresismo iba a ser consecuencia inmediata”. [Comellas, J. L. Hª de España moderna y contemporánea. Tomo I. Rialp Madrid 1974. Pág.: 3465]. La reina Isabel II, temerosa de perder el trono, llamó a Espartero para que la salvara, y así los progresistas entraron en el Gobierno.

Ruinas de La Constante en Hiendelaencina. // Foto: Gonzalo García.

Ruinas de La Constante en Hiendelaencina. // Foto: Gonzalo García. mtiblog.com

Los conflictos sociales se generalizaban en todo el Estado, con motivaciones similares a los de Madrid. También en Hiendelaencina, como explicaría años después en una carta a la prensa Ramón Calderón, el oficial al mando de las tropas que contuvieron la insurrección: “los trabajadores mineros que a pretexto y a la sombra del movimiento nacional, se habían entregado a toda clase de atentados” [La Iberia, 19-04-1866]. La Junta de Gobierno de Guadalajara, que hablaba de orden y cordura en un manifiesto dirigido a la provincia, tras el éxito progresista, recurrió al brazo protector del ejército para sofocar la insurrección, solicitando “acudiesen dos compañías del brillante Batallón de Cazadores de Chiclana y cuarenta hombres de la Guardia civil (…) para reprimir los excesos ocurridos y evitar su reproducción, en un pueblo compuesto por millares de jornaleros que, por la diversidad de las provincias a que pertenecen y ocupación que tienen, se prestan con mas facilidad a ellos” [Boletín Oficial de la Provincia de Guadalajara (BOPGU), 30-07-1854].

Esta Junta estaba compuesta por individuos de las clases medias afines al Partido Progresista, cuyos capitales procedentes del comercio habían invertido en la compra de tierras de la iglesia en la Desamortización de Mendizábal. Estos nuevos propietarios, aunque postergados políticamente durante la década moderada, se habían beneficiado del orden público impuesto en el campo con la creación de la Guardia civil -con el consiguiente aumento de sus ganancias- y querían ahora una revolución a su medida con nuevas leyes que favoreciesen sus intereses económicos y sobre todo que siguiera garantizando la paz social, aunque fuera por la fuerza, como declaraba tras los sucesos de Hiendelaencina: “bajo ningún pretexto consentirá se altere el orden público en ningún pueblo de la provincia, y que cuenta para conseguirlo con la eficaz cooperación del Sr. Gobernador militar y todas las tropas de su mando”, según el citado número del BOPGU.

Instintivamente, percibiendo que de la riqueza que extraían con duros esfuerzos e incluso el sacrificio de sus vidas, apenas les llegaba una mínima parte, mientras otros lograban extraordinarios beneficios en la Bolsa, los asalariados de Hiendelaencina interpretaron que los sucesos de Madrid eran la señal para un cambio de su suerte, e intentaron llevarlo a cabo mediante el intento de apropiación directa de los bienes de los comercios y casas de los ricos del lugar.

La burguesía, que había arrastrado a los obreros a la lucha contra el despotismo, aterrada ahora cuando estos reclamaban ”la parte que les corresponde del resultado de la victoria”, en palabras de K. Marx para la ocasión, prefería volverse a echar en brazos de la casta dominante (monarquía, aristocracia..), antes que llevar a cabo la revolución democrática, por el miedo a que esta fuera desbordada por las luchas reivindicativas de las clases trabajadoras.

Enrique Alejandre, estudioso del movimiento obrero en Guadalajara. // Foto: Rubén Madrid

Enrique Alejandre, estudioso del movimiento obrero en Guadalajara. // Foto: Rubén Madrid

* Enrique Alejandre Torija (Madrid 1956) vive en Guadalajara desde los 14 años. Desde su juventud ha sido militante de organizaciones de izquierdas, y actualmente es miembro del Consejo Político de Izquierda Unida, delegado de la sección sindical de CC.OO del CAMF-Imserso -donde trabaja- y miembro de la corriente marxista que se agrupa entorno al periódico “El Militante”. Alejandre ha publicado numerosas colaboraciones en prensa local y regional y varios libros sobre la lucha de clases en nuestra provincia. El movimiento obrero en Guadalajara 1868-1939, editado por la Fundación Federico Engels en 2008, recorre siete décadas de organizaciones, reinvindicaciones, asambleas y huelgas en la provincia. Un siglo conflictivo, publicado en 2014 por la misma Fundación, se remonta al periodo entre 1719 a 1823. Alejandre continúa investigando sobre la lucha obrera en Guadalajara.

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