Una gran (pequeña) familia

Presentación del balance de cuentas y memoria de actividades de la Diócesis. // Foto: Guadaqué

Presentación del balance de cuentas y memoria de actividades de la Diócesis. // Foto: Guadaqué

Por Concha Balenzategui

Nos hemos enterado estos días de que un 14 por ciento de los católicos de Guadalajara asiste a misa los domingos. O dicho de otro modo, que resulta más sorprendente, el 86 por ciento no acude a estas celebraciones. El dato ha alimentado los titulares de los medios de comunicación que han transmitido el balance de actividades realizadas por la diócesis de Sigüenza-Guadalajara durante el año 2015, presentado por el obispo, Atilano Rodríguez. Las cifras llegan en vísperas de la Jornada de la Iglesia Diocesana, que se celebrará el 13 de noviembre bajo el lema “Somos una gran familia contigo”.

Si los números mostrados el pasado viernes fueran los resultados de una empresa, cualquiera detectaría que estamos ante un negocio abocado al cierre. Empezando por esa, su principal actividad, la misa que ofrece a sus fieles, y que a tenor de estos datos, es un hábito muy poco practicado por los católicos. Si de una compañía con ánimo de lucro se tratara, poco sentido tendría pensar que se ofrecen 615 misas cada domingo, hasta 32.000 en todo el año, además de 44.000 diarias, para tan tibia acogida. Vamos, que la demanda, además de estar atomizada, es inferior a la oferta.

Sin embargo, se aprecia un repunte de los -llamésmosles así- “servicios estrella”. Es cierto que se realizaron en 2015 menos bautizos que el año anterior (1.465), pero creció el número de comuniones (1.806) y de confirmaciones (785). Además, por primera vez en unos años, aumentaba el número de bodas eclesiásticas, hasta 371. También, como corresponde a una población envejecida, ha habido más funerales.

Si estudiamos los datos sobre el personal titular de esta organización, es decir, los sacerdotes, nos encontramos ante situaciones bien curiosas. La plantilla parece haber sido, siguiendo con el símil, mermada por un ERE brutal en los últimos años, o más bien, por unas jubilaciones masivas que afectan a uno de cada cuatro curas. Hay, o había en 2015, 231 sacerdotes, de ellos 169 en activo. Si, como han dicho en el informe, la media de edad de los curas de la provincia es de ¡70 años!, cualquier proyección de la pirámide que se pueda dibujar, hasta el escenario más optimista, hace concluir que al negocio le quedarían dos padrenuestros.

El futuro es muy poco halagüeño para la diócesis cuando se añade que no hay apenas cantera: solo cuatro seminaristas preparando el relevo de este geriátrico. Dicen los responsables de la diócesis que hay sacerdotes de otros lugares que acuden en ayuda de los guadalajareños, como tres curas africanos en Azuqueca y Tamajón y un tailandés en Mondéjar, pero aún así es casi imposible atender a las 470 parroquias existentes. Para otros menesteres hay 150 seglares contratados, de los que el 85 por ciento trabaja en Cáritas, y otro grupo en la residencia Juan Pablo II.

El obispo, Atliano Rodríguez. // Foto: David Utrilla

El obispo, Atliano Rodríguez. // Foto: David Utrilla

¿Cómo lo ven los responsables? El obispo analizaba que ya no hay vocaciones en los pueblos, porque no hay jóvenes viviendo en ellos. Entre las estrategias que propone don Atilano para esta situación está la de “cambiar el chip”, centrando su trabajo en las zonas urbanas y en la población más joven, y la de “pedir al Señor que envíe vocaciones”. También, advierte, la Diócesis debe potenciar “la pastoral familiar”, por la importancia de la familia en la creación de vocaciones, y la labor de los catequistas (hay 848) para que ayuden “a los jóvenes y a los niños a encontrarse con el Señor”.

Además de la Memoria de actividad, la diócesis hizo públicas sus cuentas, una cuestión que es obligada en una organización que se supone abierta a la sociedad y, sobre todo, que recibe cuantiosas ayudas públicas. Está el dinero que se recibe en la campaña del IRPF (algo más del 20 por ciento de los ingresos), las aportaciones voluntarias de los fieles (26 por ciento), ingresos por servicios y subvenciones públicas (24 por ciento), ingresos en concepto de patrimonio (15 por ciento) y otros capítulos menores hasta sumar algo más de 14 millones de euros. El 35 por ciento de ese dinero se va al capítulo de personal, tanto los sacerdotes como los seglares, un 29 por ciento a la conservación y funcionamiento de edificios, el 20 por ciento a gastos extraordinarios (como nuevos templos o rehabilitaciones) y un 10 por ciento a la acción pastoral. Llama la atención en estos datos, aportados por el ecónomo, Miguel Ángel Calvo, el gran peso que tiene, especialmente en los gastos, el patrimonio, es decir, el conjunto de inmuebles que posee el Obispado, unos dedicados al culto y otros no, unos de valor histórico artístico y otros sin él.

Eucaristía en Durón, en la inauguración de la iglesia parroquial en 2014.

Eucaristía en Durón, en la inauguración de la iglesia parroquial en 2014.

Cualquiera observación, bajo el prisma de una organización corriente, a estos resultados, aconsejaría desprenderse de inmovilizado para sanear las cuentas. O plantearía un ajuste de la oferta de servicios a la demanda del mercado. Y desde luego tomaría alguna medida probablemente drástica con el capítulo de personal. Pero claro, ni el ánimo de lucro, ni el sentido empresarial vienen a cuento ante un fin espiritual, y hay muchas dudas de cómo clasificar, -si en el “debe” o en el “haber”- esas 470 parroquias, 12 misioneros, 12 monasterios, 31 comunidades religiosas, o especialmente la atención a 2.332 familias necesitadas.

Aun con todo, no estaría de más que, a la vista de las cifras, los responsables de esta “gran familia” que en definitiva es pequeña cuando se pone a contar fieles en los bancos de misa, se replanteara en algo su modelo, aunque fuera aproximándose a la de una organización no gubernamental. Porque la situación de conventos donde hay más goteras que monjas, e iglesias con más gastos de calefacción que feligreses, no puede sostenerse por mucho tiempo. Entre otras cuestiones, porque la labor que realiza (por ejemplo desde Cáritas) está condicionada por los lastres poco efectivos del presupuesto. En un estado aconfesional, la Diócesis no puede mantenerse únicamente amparada en la estrategia de la dependencia de la subvención y de las exenciones de IBI, pensando en que “Dios proveerá” y sin “cambiar el chip”, en palabras del propio obispo.

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