Botellón clandestino

La concejala de Seguridad, Encarnación Jiménez, hace balance de la Ordenanza de Convivencia. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

La concejala de Seguridad, Encarnación Jiménez, hace balance de la Ordenanza de Convivencia. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

Por Concha Balenzategui

El Ayuntamiento de Guadalajara ha hecho balance hace unos días de los resultados de la Ordenanza de Convivencia Ciudadana, con motivo de los ocho años de su entrada en vigor. Encarnación Jiménez, teniente de alcalde y concejala de Seguridad, daba cuenta de los “buenos resultados” de la normativa, cuyo cumpleaños se “celebra” con un poco de retraso. Así que el balance ha venido a coincidir -premeditadamente o no- con la alarma suscitada por la noticia de la muerte de una niña a causa de un coma etílico en San Martín de la Vega (Madrid).

Independientemente de lo ocurrido en la vecina provincia, aquí está el balance de la aplicación de la que en su momento se bautizó como “Ley antibotellón”, aunque regulaba muchos más aspectos de la convivencia y el uso común de los espacios públicos. Una normativa que en su momento -hay que recordarlo- fue recibida con sus dosis de polémica y rechazo, especialmente por la proliferación de la prohibición y la sanción en determinados ámbitos, y con cierto escepticismo de que consiguiera eliminar el botellón. Las multas para juegos en las zonas públicas podrían considerarse excesivas, se cuestionaban cuestiones como la persecución de la mendicidad y la prostitución callejera, mientras pocos creían que iba a ser erradicada la práctica de beber que había tomado de forma masiva y ciertamente molesta el centro de la ciudad.

Efectivamente, ocho años después, la Ordenanza, y su vigilancia, han logrado que los botellones desaparezcan de la ciudad durante casi todo el año. Si los hay, se han convertido en general en una conducta minoritaria y alejada de las miradas, cuando antes se hacía a cielo abierto y en pleno casco histórico. ¿Recuerdan cómo se ponía, no hace tantos años, la plazuela de la concatedral o la plaza de Prim? Los datos parecen corroborar esa sensación general de que el botellón es un hecho más esporádico o al menos clandestino.

Pero una cosa son las llamadas de vecinos que alertan del consumo de bebidas alcohólicas en la vía pública, que se han reducido un 64,47 por ciento (han pasado de 259 en 2009 a 92 en 2015) y otra las denuncia policiales, que han disminuido menos, en concreto un 52,35 por ciento, decreciendo desde las 319 impuestas en 2009 a 152 en 2015. Eso significa que se derivan menos molestias y también que quienes lo siguen practicando lo hacen más a escondidas, de los vecinos y de la Policía. Probablemente, los denunciados han quedado escaldados por las multas y los cursos con los que son sancionados los sorprendidos in fraganti.

Según las cifras aportadas, desde 2009 han sido 360 los infractores que han participado en estos cursos, con los que evitan pagar la multa, bien sea por botellón, por pintar graffitis o por otros tipos de “desórdenes públicos”. A ellos se suman las personas que han realizado trabajos en beneficio de la comunidad, en tareas relacionadas con el medio ambiente, el minizoo, el mantenimiento de viales o jardines, colaboración con AFAUS, mantenimiento de jardines, protección civil, servicios sociales, deportes y turismo. Los reincidentes no son muchos, no llegan al 10 por ciento de los que han asistido a los cursos de civismo.

Otro de los datos aportados es que las llamadas realizadas al 092 para avisar sobre la comisión de actos vandálicos se han reducido un 35,41 entre 2009 a 2015, pasando de las 288 a las 186. Pero aquí las denuncias son muchas menos: 43 en 2015 (frente a 90 en 2009), lo que supone un 52,22% menos. No es un dato para darse por satisfechos, pues la actividad de los vándalos sigue siendo alta. Los números ofrecidos solo cuentan lo que el vecino denuncia o los casos en que el Policía logra identificar al autor. Para medir este punto, quizá valdría más que el Ayuntamiento tuviera en cuenta lo que ha disminuido el gasto por reposición de mobiliario urbana o limpieza de pintadas que las denuncias.

La teniente alcalde, Encarna Jiménez, ofrece los datos de denuncias y quejas de botellón y vandalismo. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

La teniente alcalde, Encarna Jiménez, ofrece los datos de denuncias y quejas de botellón y vandalismo. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

Hay más datos, como que las denuncias por alteración del orden se han reducido un 19,44 por ciento. Pero creo que de todas las cifras ofrecidas, quizá la más interesante sea que las intoxicaciones etílicas atendidas ha bajado un 51,61 por ciento pasando de 124 llamadas ciudadanas en 2009 a 60 en 2015. Porque esto sí es un termómetro del consumo excesivo de alcohol, y no tanto el ruido, las bolsas de plástico o los orines que deja a su paso.

Es cierto que el Ayuntamiento está ganando, en grandes líneas, la batalla al botellón. Pero no podemos perder de vista que además de la desaparición de las molestias, estaba -y está- en juego si el consumo de bebidas alcohólicas por parte de los jóvenes se ha reducido notablemente. La concejala Jiménez así lo afirma. Yo no iría tan lejos en la complacencia.

Entre otras cuestiones, por las grandes excepciones que confirman la regla. Hablamos de fechas puntuales, y especialmente la semana de Ferias, cuando de la Ley seca se pasa a la barra libre. Las verbenas nocturnas se llenan de bolsas con hielos, vasos y botellas, y el espacio entre la ermita de San Roque y las pistas de atletismo se convierte en un botellódromo masivo para adolescentes y jóvenes. Otras citas, como los días de inicio de las vacaciones en que se entregan las notas, suelen tener un dispositivo especial para evitar la venta de alcohol a menores.

Ocho años después, hay motivos para felicitarse, pero no para relajarse. Hay que centrarse sobre todo en quienes ponen la bebida al alcance de los chavales. Sabido es que, cuando bajan las infracciones, se relaja también la escrupulosidad de bares y comercios con la edad de sus clientes, y hoy por hoy se sigue dispensando alcohol a quienes no han cumplido los 18. Algunos fines de semana, como ha ocurrido este último, en que se ha vigilado y sancionado a quien pone las botellas al alcance de los menores, son buena prueba.

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