Cuidar del campo

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Ángel Luis Asenjo, joven apicultor de Gárgoles de Abajo, durante su participación en el concurso “Generación Agro”. // Foto: nuevaalcarria.com

Por Borja Montero

Creo que esta generación de la especie humana es una de las primeras que, por instinto, no tiene asegurada su supervivencia. El progreso nos ha traído muchísimos beneficios, pero también ha provocado, por añadidura, que el amplio menú de tecnologías, divertimentos y avances que tenemos a nuestro alcance, amén de otros intereses económicos que han hecho cambiar ciertas rutinas productivas, nos aleje del contacto con la Madre Tierra. No es extraño que, en estos días extraños que vivimos, haya que explicar a algún joven (y no tan joven) cosas tan elementales como por qué es necesario que llueva para poder garantizar nuestro modo de vida; mucho más otras cuestiones menos evidentes como cuál es el valor de la agricultura y la ganadería, cuanto más tradicionales mejor, como actividades económicas en sí mismas y como método de protección del medio ambiente contra otras prácticas abusivas del ser humano. 

Me suscita esta reflexión una cuestión mucho más peregrina, como es el fallo del jurado de los premios “Generación Agro”, convocados por el ente regional de radiotelevisión y dirigidos a distinguir algunas de las iniciativas agrícolas o ganaderas más innovadoras, sostenibles o responsables de Castilla-La Mancha, y la concesión del premio del público de esta convocatoria a un emprendedor de la provincia. Ángel Luis Asenjo, de Gárgoles de Abajo, se ha hecho acreedor de este galardón gracias a un negocio de apicultura en el que intenta mantener los usos tradicionales y, sobre todo, ser lo menos lesivo posible con el entorno, favoreciendo que tanto los cultivos y demás plantas como la colonia apícola se beneficien mutuamente, un círculo medioambiental que siempre ha existido y que eso llamado progreso ha roto.

Sin paños calientes, el campo está mal, tanto por factores endógenos como, sobre todo, exógenos, y hace falta mucho más que un bienintencionado programa televisivo para solucionarlo. Cierto es que el cambio climático está afectando gravemente al negocio de la agricultura tradicional tal y como lo conocíamos, ya que hay que replantearse los calendarios de siembra y recogida, así como buscar nuevas estrategias relativas a los tiempos de maduración o la provisión de agua suficiente, todo ello en un anárquico panorama de temporales o olas de calor que no ofrece aun certezas de cómo quedarán las nuevas estaciones. Pero la mano del hombre, también presente en los devenires climatológicos, se nota de una forma mucho más sangrante en cuestiones políticas y económicas. Las explotaciones agrícolas y ganaderas industriales y mecanizadas, así como un modelo de negocio con multitud de intermediarios, han reventado el mercado de este tipo de productos, bajando los precios en origen y haciendo los huertos y pequeñas granjas prácticamente insostenibles económicamente, todo ello a riesgo de reducir la calidad del producto. Además, la pertenencia al mercado común de la Unión Europea, lejos de arreglar este tipo de desigualdades, las fomenta de forma indirecta. Uno de los factores son las consabidas tasas de producción de determinados productos, una suerte de intervencionismo económico imperfecto que determina cantidades pero, por el contrario, no se ve complementado con una fijación de precios estables o suficientes para asegurar el mantenimiento de las explotaciones. Otra de las trampas del sistema son las ayudas de la Política Agraria Comunitaria (PAC), precisamente dirigidas a paliar el posible perjuicio que las medidas anteriormente mencionadas pueden causar a las explotaciones pero que, por el contrario, suelen quedarse mayoritariamente en quienes menos sufren las consecuencias, grandes latifundios y empresas.

Se necesitaría mucha más tinta para analizar con detenimiento y profundidad los males del campo en la actualidad, así como para poner sobre la mesa algunas soluciones, pero uno de los cambios importantes que hay que llevar a cabo tiene que ver con la forma de consumo que tiene la población en general. Una vez más el célebre proverbio de “piensa global, actual local”. Guadalajara cuenta con una gran variedad de productos de gran calidad. Mieles, aceites, carnes, embutidos, cereales, hortalizas, plantas aromáticas, vino, cervezas artesanas… Si no fuera porque el mercado se empeña a dar la espalda a las iniciativas más cercanas, cualquier mesa guadalajareña dispondría de una carta de productos sanos y sabrosos y, probablemente, a un precio igual o menor que el que se paga en cualquier supermercado. Ojalá el premio a Ángel Luis Asenjo sea un punto de inflexión que cambie esta deriva y nos acerque más a la tierra.

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