El arte del refrán

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La casa de Carlos Santiesteban se encuentra a la espera de unas obras de rehabilitación y adaptación para convertirse en un museo del pintor. // Foto: la crónica.net

Por Borja Montero

Hay un refrán castellano que es, posiblemente, el que mejor entronca con la naturaleza humana, al menos en este siglo XXI tan fugaz y sobresaltado y al menos en una de las expresiones más sociales de esta idiosincrasia humana: la gestión política. “Del dicho al hecho hay mucho trecho”, transmitido de generación en generación, y nuestros coetáneos no quieren desdecir esta sentencia. En ocasiones, se trata de ganar tiempo o sacar alguna ventaja, en otras de decir algo que se considera justo o beneficioso para tus conciudadanos pero cuya aplicación real se antoja complicada, en otras simplemente se busca quedar bien con el electorado. No se trata de analizar aquí proyectos frustrados o incumplimientos flagrantes, más o menos intencionados, sino de resaltar que, detrás de este tipo de anuncios, promesas y declaraciones solemnes, debe haber un trabajo de examen de las posibilidades reales de llevar a cabo lo que se compromete, por aquello de tratar a los administrados como personas adultas e informadas. Como siempre, analizamos un caso práctico.

El Grupo Municipal Socialista presento en el ultimo Pleno una moción en la que se urgía al Equipo de Gobierno a poner en marcha las gestiones y obras necesarias para rehabilitar y reformar la casa del pintor Carlos Santiesteban, fallecido en 2015, con el fin de que acoja un museo sobre su vida y obra. Se trata de un viejo compromiso, adquirido por el Ayuntamiento en el año 2002, rubricado con el propio protagonista al año siguiente y recibido con parabienes por partebdel colectivo asociativo y cultural de la ciudad.

Podría pensarse que, con más de una década de tiempo transcurrido desde la firma del convenio de adquisición de este inmueble, con tres alcaldes y cinco Gobiernos municipales distintos, el Consistorio podría haber tenido avanzadas las gestiones para que su realización, ya que en estos años podrían haberse sucedido las reuniones con el propio artista, peritos técnicos, historiadores del arte y demás expertos, amén de  instituciones públicas interesadas en colaborar en la puesta en marcha del museo.

El problema, como suele ser habitual, es que la realidad es más tozuda que los buenos deseos y la apertura del museo no podía ser tan automática como se esperaba. Al parecer, y según podemos saber año y medio después del fallecimiento del pintor y de la reversión de la propiedad del edificio al Ayuntamiento, el estado de conservación de la casa, situada en la calle Teniente Figueroa de la capital, no es el mejor, lo que complica (y encarece) la intervención técnica en el mismo, un inconveniente imprevisto y sobrevenido que puede suceder en cualquier proyecto en el que se cuente con inmuebles de cierta antigüedad. Sin embargo, lo más grave es que, a pesar del tiempo transcurrido y de la anticipación con ls que se planteó la idea, no se cuenta con una guía clara para llevarlo a cabo, un proyecto museístico que explicite los activos con los que se cuenta y las necesidades espaciales y expositivas de esta colección y del conjunto del museo.

Como siempre, la comunicación entre la administración y el ciudadano es una de las asignaturas pendientes y tiene que ser una moción de un grupo de la oposición (o una pregunta de los cada vez más escasos periodistas) la que  obligue a hacer públicas las malas noticias, como si se creyera que la ciudadanía no sería capaz de asimilar estas contingencias o para esconder el mayor tiempo posible una realidad innegable, como el niño que no habla a sus padres de su mala marcha en el colegio hasta el día de las notas. Al menos en esta ocasión se ha conseguido, a través de haberse forzado el debate del asunto, que la cosa pueda ponerse en marcha, aunque sea con un taller de empleo de jardinería y albañilería y no con un proyecto propio de obra y musealización. Será por aquel otro refrán que dice que “las cosas de palacio van despacio”…

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