El turismo como reparación de la ruralidad

Un grupo de visitantes recorre una de las exposiciones que la Junta de Castilla-La Mancha ha organizado en Molina este año. Ligar turismo y cultura, según el articulista, resulta para clave para áreas rurales como la Tierra de Molina. // Foto: JCCM

Un grupo de visitantes recorre una de las exposiciones que la Junta de Castilla-La Mancha ha organizado en Molina este año. Ligar turismo y cultura, según el articulista, resulta para clave para áreas rurales como la Tierra de Molina. // Foto: JCCM

Por Diego Sanz Martínez*

La despoblación del medio rural es uno de los grandes dramas a los que nos enfrentamos todos aquellos que en él vivimos. Durante muchos años hemos reflexionado sobre este tema, desde múltiples enfoques, y la conclusión es que la crisis del medio rural no solo se explica a base de datos cuantitativos, también tiene unos componentes cualitativos que están ahí. La despoblación ha conducido en unas pocas décadas a la desintegración (desestructuración en el mejor de los casos) de miles de comunidades rurales. Esta no es solo una cuestión de regresión demográfica, es también, y sobre todo, una crisis anímica colectiva.

Muchos de los factores que condujeron a la despoblación de la España interior estaban relacionados con procesos sociales, económicos y políticos, pero no hay que olvidar el peso que tuvieron los componentes ideológicos, cuya manifestación en el mundo audiovisual de la época (el cine de los años duros del éxodo sobre todo) se tradujo en un descrédito de lo rural que jamás se ha podido reparar del todo. Tanto fue así que los propios paletos llegamos a despreciar nuestra propia identidad, adoptando (impostando) otras formas de ser que disimularan cualquier atisbo que desvelara nuestros orígenes rurales.

La fiesta de San Antón, recuperada en Alustante, es una muestra del potencial del turismo cultural en las zonas rurales. // Foto: D.S.

La fiesta de San Antón, recuperada en Alustante, es una muestra del potencial del turismo cultural en las zonas rurales. // Foto: D.S.

El resultado ha sido una destrucción casi sistemática del patrimonio, material e inmaterial, que daba sentido a nuestra ruralidad. Así se puede hablar de una pérdida casi irreparable de la arquitectura y el urbanismo vernáculos, a veces de forma extravagante; se puede mentar la eliminación de nuestro léxico de palabras antiquísimas con las que se expresaron nuestros antepasados, así como de topónimos mayores y menores que nos identificaban.

La Castilla sin danzas ni canciones que describió Machado no ha sabido conservar las pocas, pero interesantísimas, que tenía. Las concentraciones parcelarias de los años del desarrollismo acabaron con una red caminera histórica coherente, milenaria, alterando al tiempo el paisaje, en ocasiones brutalmente, sin contar con la cantidad de patrimonio cultural oculto que con ellas se destruyó. Siempre que un sector, una parte, se erige como dueño y redentor del todo, suelen ocurrir cosas así.

He aquí que una de las pocas alternativas que se están concediendo al medio rural es el turismo en sus diversas modalidades. Vaya por delante que no estoy de acuerdo con este reduccionismo al que se quiere someter al medio rural, pero ya que nuestro asunto de hoy es el turismo, tratemos de él. En el mundo globalizado y homogeneizador en el que vivimos, una de las demandas turísticas emergentes que se viene observando es la búsqueda de destinos auténticos, originales e irrepetibles. Destinos que no hayan sido excesivamente transformados físicamente ni en sus formas de vida y de organización colectiva, lo cual es casi imposible de hallar a día de hoy, y menos aún en esa España interior, influenciada por los esquemas mentales expuestos.

Puede considerarse afortunada la comunidad (pueblo o comarca) que haya sabido frenar a tiempo la tendencia autodestructiva que ha asolado el medio rural en estas décadas. Sin embargo, incluso las que han perdido parte de sus recursos patrimoniales en este periplo hacia la nada tienen todavía mucho que ofrecer. Hacen falta, no obstante, un conjunto de actitudes que intentaremos enumerar: la primera sería una verdadera voluntad de que esa comunidad (pueblo o comarca) desee realmente poner en valor lo que todavía posee, para ello se necesita imaginación y creatividad por parte de las Administraciones, lo cual no siempre se da, perdidas muchas veces en literatura gris.

Pairón de San Juan, en Cubillejo del Sitio. El aprovechamiento del patrimonio histórico es una de las claves del futuro para comarcas como el Señorío de Molina. // Foto: D.S.

Pairón de San Juan, en Cubillejo del Sitio. El aprovechamiento del patrimonio histórico es una de las claves del futuro para comarcas como el Señorío de Molina. // Foto: D.S.

En segundo lugar, es necesario poner a trabajar en ello a equipos profesionales, a ser posible de diferentes ámbitos disciplinares, técnicos pero también humanistas; en tercer lugar, lo recuperado con erario público tiene que hacerse visitable, devolver a la sociedad bajo las especies de formación e información lo que ha sido intervenido con su dinero.

Por último, hay que pensar siempre que el patrimonio recuperado y promocionado forma parte de un contexto mayor, por lo que no tiene sentido sublimar un recurso ubicado en un punto si no conduce al deseo del visitante de conocer todo un territorio.

Aunque solo una de otras tantas, el turismo, ciertamente, puede ser una dimensión que puede ayudar al medio rural a revitalizarse. La ruralidad se ha visto sometida a un desprestigio que durante décadas ha llevado al propio habitante de este medio a menospreciar su propia identidad, cuando esta constituye uno de sus mayores atractivos.

Sin embargo, esta apuesta solo será válida como alternativa de desarrollo si contribuye a la recuperación del patrimonio, de la cultura, de la identidad, de la autoestima en suma, del hombre y la mujer rurales.

received_10207809471420412* Diego Sanz Martínez es licenciado y D.E.A. en Geografía e Historia por la Universidad de Zaragoza y doctor en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid.Vive en Alustante (Guadalajara) donde una de sus dedicaciones es el Turismo Cultural en el contexto del territorio del Señorío de Molina.

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