Hacer del frío un atractivo

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Imagen de Pilar Catalán incluida en la postal del Ayuntamiento de Molina de Aragón en su web.

Por Raquel Gamo

La Siberia española, el triángulo de hielo, el tercer lugar más frío de España… Éstos son solo algunos de los titulares con lo que los medios de comunicación se refieren cada año de forma recurrente a Molina de Aragón y su clima. Es raro encontrar un informativo, un periódico o un espacio del tiempo que no recurra a esta zona para contarnos que, oh sorpresa, en invierno hiela. Y nieva. Y bajan las temperaturas. Y, pese a ello, hay muchos lugareños en un recóndito lugar de Castilla que aguantan estoicos cual aldea de Astérix en medio del páramo infernal.

Sí, lo que acabo de escribir es una hipérbole pero sirve para reflejar el tópico recurrente con el que se asocia a la Tierra de Molina en el espacio público: el frío, el invierno, la soledad, la cellisca del olvido. Es evidente que Molina de Aragón es un rincón gélido de la meseta castellana que en invierno desciende a temperaturas de récord. En 1952 llegó a los 28 grados bajo cero. Este rasgo tiene sus ventajas pero es evidente que en algunos casos ha actuado de freno para la difusión de los encantos de esta tierra: el patrimonio, la exuberancia del Alto Tajo, los veranos frescos y radiantes. La cuestión es si la mala publicidad alrededor del frío disuade o no sólo al potencial turista de Molina, sino también al regreso de los propios habitantes que un día se marcharon a Madrid, Barcelona, Valencia o Zaragoza.

Francamente, no tengo datos para certificar una u otra posición. Pero sí tengo mi experiencia en Molina y la observación, que a veces en periodismo es un arma más poderosa que la estadística. Y lo que veo es que Molina no sabe aprovechar –entre otras cosas, porque nunca se lo ha planteado- el frío como recurso turístico. El invierno no es temporada alta en turismo rural, pero sí es una época adecuada para incentivar la oferta, precisamente, porque es cuando más vacíos están nuestros pueblos. No se asusten: el turismo invernal puede ser una excentricidad para aquellos que abominen del frío, pero es casi un convencionalismo si lo comparamos con otro tipo de turismos que cada vez están más extendidos. El funerario, sin ir más lejos.

Y el Señorío de Molina tiene todo aquello que puede enganchar a cualquier persona que desee escapar del ruido urbano para envolverse en un paisaje níveo pero acogedor, con pueblos solitarios, tascas con olor a los sabores de antaño, casas rurales equipadas con chimeneas y calefacción y una gastronomía de puchero a fuego lento. Súmenle a ello las posibilidades del campo (senderismo, escaladas, ciclismo…), además de la belleza que irradia en este tiempo las callejas del casco histórico molinés, los copos sobre las almenas del castillo o el agua helada del Gallo bajo el puente románico. Y también otros alicientes añadidos, como las hogueras por la festividad de la Inmaculada y en Nochebuena, las distintas fiestas navideñas, la feria de la trufa o la feria del regalo y otros mercadillos.

Molina en invierno no es un sitio inhóspito o desagradable, tal como a veces se transmite desde la alcachofas de algunos reporteros despistados. Es un territorio áspero, hermoso, sugestivo, silencioso. Un refugio epatante para todos aquellos que, en plenas Navidades, busquen alternativas cercanas, asequibles y humildes al destello cegador de Picadilly Circus o las grandes avenidas de Nueva York.

Sin embargo, para reforzar este mensaje lo primero que hay que hacer es asimilarlo: entender que el invierno no es un pozo sin fondo para la comarca sino una oportunidad para potenciar el turismo rural. Lo segundo, pensar y diseñar una campaña ingeniosa, con un lema original, impactante, que contrarreste la imagen proyectada en los medios de comunicación. Y, finalmente, también sería necesario que no sólo los vecinos de Molina sino los promotores de turismo rural se volcaran en este objetivo, lo que pasa por la implicación activa de los dueños de alojamientos, especialmente, de los hosteleros. La gastronomía es un gancho imprescindible en esta clase de turismo. Máxime si las posibilidades para hacer actividades al aire libre se reducen por imposibilidad física fruto de las bajas temperaturas o los tempranos anocheceres. Es de cajón, pero a veces las cosas más evidentes son las que más nos cuestan ver.

Cesare Pavese, en El oficio de vivir, escribió que “una mañana invernal es una desolación tonificante”. La despoblación y el maltrato de las administraciones a las zonas rurales han cercenado la vida en nuestros pueblos fuera del estío. No sólo en Molina, obviamente; en Castilla entera. Por eso la obligación ahora es hacer de la necesidad virtud. Y una buena forma de hacerlo sería convertir el frío en una etiqueta positiva y ventajosa para esta tierra.

He ahí un propósito para Molina de cara al nuevo año que está a punto de arrancar. Para que las televisiones vengan a la capital del Señorío, o a cualquiera de sus aldeas, para remarcar que sí, que a este lugar hay que venir abrigado. Pero también para recordar que precisamente eso es parte indisociable de su encanto.

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