La vida no se detiene

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La calle La Isabela, en el barrio de Los Manantiales, fue el escenario del primer caso de violencia machista en Guadalajara en este 2017. // Foto: mapio.net

Por Borja Montero

El cambio del año sirve, en muchas ocasiones, para poner el contador a cero, para hacer balance, para delimitar fases en un continuo. Sin embargo, esta práctica, que puede ser muy útil en determinadas facetas de la vida, puede, en otras, hacernos perder cierta perspectiva, hacernos olvidar que el proceso no se para el 31 de diciembre y vuelve a comenzar el 1 de enero, creando compartimentos estancos en un vasto campo sin vallados o lindes de ningún tipo. De hecho, hay ocasiones en las que la vida, tozuda como es, no nos permite hacer este cierre contable del ejercicio para advertirnos de que estas divisiones anuales son artificiales y de que el problema no da tregua y, por tanto, no puede parcelarse. La vida no se detiene, ni para lo bueno ni para la malo.

Este inicio de 2017 ha sido uno de estos trasvases traumáticos en lo que se refiere a una de las lacras más persistentes de nuestra sociedad, la violencia machista, uno de esos problemas que, por más que las estadísticas se cierren cada mes de diciembre, no varía sustancialmente. El primero de los casos de este año, el de Rivas-Vaciamadrid, conectaba ambos años, con una agresión producida en la noche del último día de 2016 y la certificación del fallecimiento de la mujer en la madrugada de Año Nuevo, una coincidencia que demuestra, con una cierta poética y un tremendo dolor, que las 46 víctimas mortales en 2016, con los centenares de denuncias presentadas, no difieren mucho en su casuística de las 60 del año anterior, ni tampoco con este primer asesinato de 2017, o con la mujer arrojada por la ventana en un barrio de Madrid apenas unas horas más tarde, o con la denuncia interpuesta por una víctima de malos tratos de la calle La Isabela de nuestra capital ya en madrugada del día 2. Esta concatenación de hechos demuestra que el proceso no para y, quizás por esta razón, sería interesante tener en cuenta las cifras totales, al menos desde que este tipo de agresiones y crímenes se consideran un problema social, si es que las abultadas cifras pueden hacer que no perdamos la perspectiva de la gravedad del mismo.

Y es que, para intentar hacer que este tipo de comportamientos, los que terminan en agresiones fatales pero también otras vejaciones más corrientes y cotidianas, no tengan cabida en la sociedad hacen falta muchas manos, las de todos, por lo que la labor de concienciación de la ciudadanía es vital. Hace falta una militancia masiva, una movilización, siquiera silenciosa, de toda la población, que censure y castigue cualquier tipo de actitud ofensiva o violenta. Al margen de que la provisión suficiente de medios policiales y judiciales sea indispensable para poder atender las denuncias y medidas de prevención, así como sancionar convenientemente a aquellos que ya han actuado mal, el reto es que este tipo de conductas no se produzcan. Nunca más. Y, para ello, hay que incidir en cuestiones educativas y culturales, no solamente policiales. El castigo de estos sucesos no ha de venir únicamente de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y de los tribunales de justicia, sino de todos y cada uno de nosotros. También la prevención está en nuestra mano, haciendo que los valores machistas no tengan cabida en nuestra vida y que la igualdad de oportunidades y el respeto sean todo lo que ven las nuevas generaciones.

No hay duda de que las recientes declaraciones del juez del Tribunal Supremo Antonio Salas, en las que reduce este tipo de sucesos a cuestiones privadas y a la “maldad de algunos seres humanos”, hacen un flaco favor a esta concepción holística de estos casos, considerándolos como un fenómeno social, aunque los autores y las víctimas sean múltiples, de modo que su solución pasa no tanto por dar solución a las denuncias, que es sin duda importante, como por la prevención de futuras agresiones. La decisión anunciada recientemente por el alcalde de Guadalajara, Antonio Román, de recordar los nombres de la víctimas de viiolencia machista en el inicio de cada Pleno municipal sí rema en la misma dirección, ya que este tipo de acciones simbólicas, tanto desde las instituciones como por parte de cada uno de nosotros, recuerdan a los agresores de que nunca hay razón para usar la violencia.

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