Botarga indie

 

Yélamos recuperó su botarga hace dos años después de casi siglo y medio // Foto: G. Mínguez

Yélamos recuperó su botarga hace dos años después de casi siglo y medio // Foto: G. Mínguez

Por Patricia Biosca

“Y ocurrió así. Llegaron nuevas ideas que no eran nuevas, sino recicladas. La gente moderna ya no era moderna, sino anticuada”. Así reza la canción Ser Brigada del grupo León Benavente. Una idea que en los últimos años ha dado lugar a los amados/odiados hipsters, indies y toda una serie de tribus urbanas que se caracterizan por vestir como sus padres y abuelos, rescatar la flamenca que se posa encima de la televisión “con culo” como moda in del momento o lanzar miles de tuits al aire de la red de redes cuando se muere algún cantante que hasta el momento no conocían como si fuese primo hermano. Visto así, podría decirse que todo es malo, que recuperar modas pasadas en la actualidad solo sirve para subir una foto a las redes sociales y “posturear” (palabra de novedosa acuñación que resume el fin último de la versión más popular de toda esta corriente).

Pero no. Y lo escribe alguien que también ha probado las mieles de estas nuevas modas y las disfruta como la que más. En Guadalajara existe una corriente que, dentro de este rescate de lo antiguo, corre en paralelo, más preocupada por revivir unas raíces que muchas veces se diluyen en argumentos tan conocidos como “es que estamos al lado de Madrid” como excusa ante la pérdida de identidad. Jóvenes que resucitan botargas y celebraciones antiguas en pueblos de 50 habitantes, que vuelven al pueblo de sus padres para empezar negocios desde cero relacionados con cosas tan olvidadas como árboles singulares o que llevan a escenarios internacionales la jota castellana y hacen bailar a los “gafapastas” más pintados. El renacer del indie rural, como el The Walking Dead en su versión campera pero sin vísceras, solo con la parte de la moda y la resurrección.

“Madre mía, dónde iré. Al corral de la botarga a comer peras amargas y membrillos acidillos y manzanas gusanadas”. Esta cancioncilla se escuchó en Yélamos de Abajo hace dos años por primera vez en casi siglo y medio gracias al empeño de Guillermo y Fernando, dos jóvenes oriundos del pueblo tras tomar contacto con un libro clave del folklore alcarreño: Danzas, Rondas y música tradicional de Guadalajara (Diputación Provincial de Guadalajara, 1973). Ayudados por el Grupo de Mascarones e imbuidos por los pioneros “jovencitos Frankenstein” de Romanones, quienes ya habían resucitado al Toro de Carnaval y al Tío Tararura, revivieron al diablillo que ahora sale a perseguir a las mozas y se cuela en las despensas que las mujeres se dejan abiertas sin querer el Sábado Santo, antes del Domingo de Resurrección. Y después vino el carnaval de de Riba de Saelices, que se recuperó el año pasado directamente desde los años 50.

Personas que tienen sus trabajos, buenos y malos pero que les sirven para comer y pagar facturas. Y en sus ratos libres se comprometen con la historia de sus abuelos, los que salían a tomar el fresco los veranos y les contaban cómo se lo pasaban en las fiestas del pueblo, más allá de verbenas con decenas de focos y lentejuelas. En su lugar, disfraces hechos a mano al calor de la leña a altas horas de la noche o cuernos tallados en ratos libres entre faena y faena del campo que ahora sus nietos recuperan en vista de que tampoco lo olviden sus hijos.

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Uno de los árboles singulares registrados por la asociación Micorriza. //Foto: Manuel Benito

También hay ejemplos de jóvenes que, tras probar suerte en grandes urbes extranjeras, regresan a su pueblo. Y con intención de convertirlo en hogar definitivo si el asunto sale bien. Los integrantes de la asociación Micorriza crearon hace un par de años la Guía de Árboles y Arboledas Singulares de la Comarca de Molina de Aragón-Alto Tajo, un listado con las historias de aquellos árboles que coronaban cada pueblo, como centro neurálgico económico y social de ese pequeño reducto social. El Wall Street rural de la época, donde se vendían y compraban vacas, gallinas, ovejas, maíz, trigo, tierras de labranza… Y, por supuesto, las historias de amor y desamor del roce de manos furtivo, las 50 sombras de Grey castas y con polainas.

También los hay que exportan las raíces con un envoltorio de modernidad que engancha a foráneos e hincha el pecho a los provincianos. Es el caso del fenómeno de los Hermanos Cubero, que cantando jotas castellanas mezcladas con bluegrass y letras propias (ahí es nada), han llegado a escenarios como el del Sonorama, codo a codo con un grupo estandarte del panorama indie nacional como Los Planetas. “A veces los grupos de folk se encierran sobre sí mismos y les cuesta más abrirse, pueden pecar de cierta erudición y tradicionalismo y de buscar algo demasiado enraizado y rebuscado. Nosotros hemos buscado en el folk y en bluegrass una herramienta para hacer música abierta para gente de ahora, hacemos una música ecléctica, con muchas influencias”, contaban a CulturaenGuada hace ya dos años y medio.

Los Hermanos Cubero, mezcla de "bluegass" y jota alcarreña. // Foto: Hermanos Cubero

Los Hermanos Cubero, mezcla de “bluegass” y jota alcarreña. // Foto: Hermanos Cubero

Y el fenómeno continúa: puesto 24 en la selección de discos de 2016 de Rockdelux con su trabajo Arte y orgullo y la curiosa estampa de ver cómo, concierto tras concierto, jóvenes con camisas de piñas y gafas sin cristales bailan y tararean “aprendí de las abejas a volver a la colmena; por San Blas seré cigüeña en la torre de la iglesia; el arroyo siempre crece al llegar la primavera”.

Para muestra, un botón, que decían nuestras abuelas. Y entrelazados en ojales hechos a mano, como los antiguos, alejados de la manufactura de grandes máquinas que repiten los procesos de manera mecánica. Hay futuro, y éste no tiene porqué pasar por mañana. O sí, pero tomando ejemplo del ayer, del que parece que a veces salen cosas interesantes.

PD: Es de buen nacido ser agradecido (dicho también de abuela), así que después de esto quiero dar las gracias a los lados de este hexágono que se han acordado de servidora para continuar con el trabajo que empezó mi primera maestra en esto del periodismo: Concha Balenzategui. Espero estar a la altura del reto (de mi antecesora es complicado, y conste que no soy pelota) y que no se cansen demasiado con mis verborreas mentales. Bienvenidos sean a mi nido de pájaros y nos leemos los martes, si ustedes quieren.

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