Qué hacer ante la despoblación

Imagen de una casa abandonada en la Sierra Norte, que caracteriza el paisaje de la despoblación en Guadalajara //Foto: R. Conde

Imagen de una casa abandonada en un municipio de la Sierra Norte, que caracteriza el paisaje de la despoblación en Guadalajara // Fotos: R. Conde.

Por José Sancho Comins *

Tierras de Guadalajara: ¿Las anima un cuerpo demográfico deforme? ¿Qué hacer? Esta pregunta resulta urgente contestarla y, después, obrar en consecuencia. Es bien conocida la dinámica poblacional que ha vivido nuestra provincia en los últimos 500 años. A finales del siglo XVI, y según la información suministrada por la averiguación de los pagos fiscales, es decir, de las familias contribuyentes, realizada en 1591, nuestra actual provincia podría rondar los 200.000 habitantes ubicados en 456 localidades entre las que destaca Guadalajara con algo más de 6.700 habitantes, Pastrana que superaba los 5.300 y otros núcleos como Sigüenza, Molina de Aragón, Cifuentes, Brihuega, Pareja, Alcocer, Almonacid de Zorita, Mondéjar y Fuentelencina con más de 2.500 habitantes. Es una tierra, en aquél entonces, con abundante número de núcleos habitados, más grandes en la Campiña y Alcarria y algo más pequeños en el Señorío de Molina y la Sierra Norte.

Después de las sucesivas crisis demográficas del siglo XVII que pudieron afectar a nuestra tierra en una pérdida entre un quinto y un tercio de su población, se llega a finales del siglo XVIII, una vez recuperada la vitalidad poblacional, a contabilizar un censo parecido al de finales del siglo XVI, según el recuento de 1787 efectuado a instancias de Floridablanca. El patrón de poblamiento sigue siendo el mismo: de las 450 entidades censadas, el 87% cuentan con menos de 500 habitantes y entre Guadalajara, Atienza, Brihuega, Molina de Aragón, Pastrana, Sacedón y Sigüenza tan solo acumulan el 15% de la población total del actual territorio provincial.

En 1857 se realiza el primer censo de la Población en España con criterios meramente estadísticos, arrojando como resultado una población de 199.088 habitantes para nuestra provincia. Seguíamos sin romper el techo demográfico alcanzado dos siglos antes. A finales del siglo XIX son censadas más de 600 entidades de población en los 398 municipios existentes; de aquellas, el 85% cuenta con menos de 500 habitantes y albergan el 48% de la población provincial; en las 98 entidades que tienen entre 500 y 2.000 habitantes vive el 40% del total poblacional de la provincia y el municipio de Guadalajara supera por primera vez los 10.000 habitantes. Los sucesivos censos de población hasta mediados del siglo XX ofrecen resultados similares, sosteniéndose la población alrededor de los 200.000 habitantes. Nuestra tierra seguía estando abrazada por un denso poblamiento hijo del tipo de colonización histórica y muy pegado al solar del que se nutría. Sesenta años después, la quiebra de aquella sociedad agraria tradicional va a suponer una ruptura drástica con lo que durante siglos se había ido consolidando en forma de una malla densa de asentamientos.

Con el paso a la segunda mitad del siglo XX se inicia un período de cambios vertiginosos. Entre 1950 y 1981 la provincia de Guadalajara pierde un 30% de su población, quedando su censo demográfico en 143.246 habitantes, cifra que nos hace pensar en otros momentos duros para nuestra tierra como los propios a las crisis del siglo XVII; más a partir de mediados de los años ochenta, la dinámica demográfica sufre un verdadero vuelco, tomando una clara tendencia progresiva hasta registrar 256.461 habitantes en 2010, cifra nunca antes alcanzada.

Esta evolución reciente, medida en datos globales esconde un comportamiento dispar, como es bien conocido. Por un lado, el Corredor del Henares se convierte en el eje de mayor concentración poblacional hasta superar los 160.000 habitantes, aproximadamente un 65% del cómputo provincial, mientras el resto de la provincia se desangraba; la propia capital supera los 84.000 habitantes, lo que supone un tercio del cómputo provincial, mientras a mediados del siglo XX tan solo participaba del 10% y a fines del siglo XIX lo hacía con el 5%. Por último, cabe decir que de las más de 500 entidades habitadas en la provincia, el 65% cuenta con menos de 100 habitantes y tan solo congrega el 4,7% de la población total de la provincia.

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La población rural predominante en nuestra provincia es mayor de 65 años.

Un cuerpo deforme, en suma, habita nuestra tierra. No es este un fenómeno extraño en otras partes de España. Los procesos de concentración urbana y despoblamiento rural han afectado en mayor o menor medida a los distintos territorios del conjunto nacional. Este desequilibrio en la distribución de los habitantes es, por tanto, característica común en la mayor parte de las regiones y provincias españolas que han visto nacer y consolidarse grandes aglomeraciones urbanas, bien dotados en servicios y con mejores oportunidades para el acceso al trabajo, frente a las comarcas rurales, envejecidas y con mayor precariedad en todos los sentidos.

Ante esta realidad que hemos mostrado con el apoyo de datos objetivos, puede que un tanto abusivo por nuestra parte, volvemos a la pregunta que nos hacíamos al principio: qué hacer. Hemos constatado que la dinámica vivida ha sido la “normal y propia” del conjunto de territorios que han pasado por el tránsito de tener una sociedad agraria tradicional que los poblaba a otra decididamente urbana-industrial y de servicios. En segundo lugar, pensar en una vuelta al pasado que restaurara el equilibrio demográfico perdido no deja de ser una utopía. Por último, parece lo más sensato aprovechar los impulsos que guían el devenir actual para mitigar los desequilibrios de un cuerpo demográfico ciertamente deforme y fortalecer las debilidades que aquejan a una buena parte del mismo.

La provincia de Guadalajara tiene en el Corredor del Henares y en la corona limítrofe con la Comunidad de Madrid sus ámbitos dinámicos y, en manera alguna, debe dejar de aprovechar sus potencialidades. Dicho lo cual, solo cabe cuidar con esmero los impulsos propios a esos “vientos de cola”, que no siempre soplan con la misma intensidad, y sencillamente “hacer las cosas bien”. El resto de la provincia, ese solar histórico que alberga un patrimonio natural y cultural de inconmensurable valor, debe también aprovechar sus puntos fuertes, que los tiene, y tratar de mantener un tejido social suficiente, cuando no restablecerlo con el fin de otorgar a una tierra la vida que merece. Y ese es el principal desafío: no adelgazar aún más el cómputo poblacional de esa parte débil del territorio y, a ser posible, incrementarlo.

En esta línea de trabajo, cabe señalar dos hechos que merece la pena destacar: las acciones de los Grupos de Acción Local que, pegados al terruño y sin hacer ruido, despliegan numerosas iniciativas en la Sierra Norte, la Campiña, la Alcarria y el Señorío de Molina-Alto Tajo; en segundo lugar, el empeño activo por asentar nuevos pobladores en esas sierras, parameras, campiñas, muelas, alcarrias y valles.

A esto último quisiera dedicar unas líneas. Hace quince años, por encargo de uno de esos Grupos de Acción Local a los que me acabo de referir, en concreto Adel Sierra Norte, llevamos a cabo un proyecto de asentamiento de población neorrural. Se trataba de conocer, en primer lugar, las posibilidades reales que ofrecía la Sierra Norte para acoger a esos pobladores que, procediendo del ámbito urbano y por muy diversas razones, deseaban vivir y trabajar en esta comarca. Realizado el análisis pertinente, publicamos la llamada a la que respondió un número muy elevado de “candidatos”, algo más de 2.000 personas. En sucesivas sesiones informativas a grupos de cien personas  se les explicaron los pormenores del proceso. Posteriormente, y una vez realizado un autodescarte por parte de esos potenciales neorrurales, se llevó a cabo una entrevista personal para “concienciar” plenamente al candidato y mostrarle la realidad con la que iba a convivir. Al final, unas pocas docenas de personas tomaron la decisión de iniciar esa “nueva vida”.

El movimiento neorrural es un hecho y son múltiples los ejemplos de buenas prácticas al respecto, pero el fenómeno no deja de ser minoritario. Por propia iniciativa no son pocas las personas que han creado una actividad que les permite subsistir en un territorio rural a la vez que dan satisfacción a una convicción íntima: dejar el frenesí de la ciudad, emparentar con la naturaleza y hacer suyo un modo de vida más sereno. Por otra parte, junto a nuestra iniciativa favorecedora del asentamiento de neorrurales, no son pocas las que se han llevado a cabo en otros lugares de España y el conjunto de la Unión Europea.

De nuestra experiencia podemos sonsacar un aprendizaje que resumimos, para concluir, en cinco puntos: 1) el mundo rural está tan necesitado de sangre joven que lo poco que se logre es mucho para él; 2) el neorrural suele ser una persona de sólidas convicciones y esa condición es necesaria para la fidelización de su asentamiento; 3) el desconocimiento del mundo rural se convierte en no pocas ocasiones en problema crucial y hasta puede hacer fracasar la iniciativa; 4) no siempre un deseo vago de cambiar de vida puede ser suficiente para hacer prosperar un nuevo asentamiento; 5) los nuevos valores que parecen asomar en la sociedad urbana como el aprecio por la naturaleza, las tradiciones y un modo de vida más saludable son un marco favorable pero no suficiente.

img_1820_recorte*José Sancho Comins es catedrático de Geografía en la Universidad de Alcalá desde 1983. Ha trabajado en temas relacionados con el desarrollo rural, la cartografía temática y el paisaje. Sobre la provincia de Guadalajara ha publicado más de 30 trabajos entre los que destacan el ‘Atlas del Turismo Rural en la Sierra Norte’ y el ‘Atlas de los Paisajes de la Provincia de Guadalajara’. Además, ha colaborado con la Diputación Provincial y con los grupos de acción local.

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