Dividir o multiplicar

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Mapa realizado por los servicios de Educación en el que se explicitan las dos zonas en que queda dividida la ciudad. // Foto: SER Guadalajara

Por Borja Montero

Las cuestiones relacionadas con la educación son siempre espinosas. Todos aquellos que estamos afectados, que somos todos, desde los profesores y directivos de centros educativos a los padres y familiares de los alumnos, tienen una opinión sobre cuál es la mejor manera de organizar prácticamente cualquier detalle, desde los contenidos más adecuados para cada nivel de estudios o las tareas que se deben realizar a los trámites de matriculación de los alumnos. Este último es precisamente el tema que nos ocupa hoy ya que, desde ayer y durante un mes, los padres pueden solicitar plaza en los centros educativos públicos y concertados de la provincia para aquellos alumnos que se inscriben por primera vez en los estudios de Primaria o los que acceden a la Educación Secundaria y, por tanto, cambian el colegio por el instituto.

La principal novedad de este año es que, después de unos cuantos cursos en los que la ciudad de Guadalajara no delimitaba por zonas la preferencia de los nuevos alumnos para acceder a un colegio o instituto determinados sino que se configuraba en un único distrito educativo, el factor geográfico volverá a marcar qué niños se integran en cada uno de los centros educativos, en caso de que en el alguno de ellos haya una demanda de nuevas matriculaciones mayor a los puestos ofertados. Esta decisión pretende hacer frente a las críticas de los padres los últimos dos años, en los que ha habido un aluvión de solicitudes para unos cuantos centros, casi todos ellos concertados (que eso quizás merecería otra reflexión distinta), mientras que otros colegios quedaban con apenas una decenas de solicitudes, provocando que, a pesar de que sí existían otros factores de baremación más allá del geográfico, hubiera multitud de casos de empate o de imposibilidad de encuadrar al nuevo alumno en ninguna de las opciones elegidas.

Para ello, los servicios provinciales de la Consejería de Educación han establecido nuevamente las zonas de influencia como factor de puntuación para, en caso de que un colegio exceda la cantidad de plazas ofertadas, se pueda decidir quién se matricula en él finalmente. El problema reside en que únicamente se han establecido dos zonas de influencia, una decisión que no se sabe si es más justa o menos que la de no establecer diferenciación geográfica ninguna o si va a servir realmente para que los padres decidan repartir a los nuevos alumnos por los diferentes centros. Más allá de la decisión técnica de donde colocar la frontera de las dos zonas (básicamente se dejan los nuevos desarrollos, el Alamín, Adoratrices y parte del centro en la Zona 2 y la ‘ciudad vieja’ en la 1) y de las razones demográficas que sí existen para discriminar unas zonas de otras, parecería que esta escasa parcelación no va a conseguir su objetivo sino que, más que reducir los problemas y las críticas de las padres, podría incluso multiplicarlos.

Partiendo la ciudad en dos no se persigue realmente que todos los barrios sigan teniendo colegios activos y llenos de alumnos sino que simplemente se da prioridad a media ciudad sobre la otra media para que tenga mas puntos para acudir a los centros con mejor cartel. Supongo que el problema va mucho más allá de trazar líneas sobre un mapa y favorecer con ello que las familias tengan más posibilidades de acudir a los colegios de su barrio. Afortunadamente, Guadalajara no tiene problemas serios de convivencia, por lo que el riesgo de que se crearan guetos educativos es poco probable, prácticamente inexistente, por lo que los esfuerzos han de centrarse en destacar las bondades de cada uno de los centros educativos y mejorar aquellas cuestiones que diferencien a unos de otros, darles a todos ellos las mismas posibilidades y, lo que es más importante, hacer hincapié en ello para que todas las familias interesadas lo sepan, de modo que los padres elijan realmente los centros que mejor les vienen, más cerca les quedan del trabajo o de casa, más allá de que haya unos colegios que se pongan de moda o que, por unas razones u otras, tengan mayor demanda.

Como decía antes, el debate sobre las razones por las que la mayor parte de las solicitudes se iban a los centros concertados y, más allá de ello, si es necesario que el sistema publico apoye centros con gestión privada o se debería favorecer una provisión suficiente de plazas y una mejora de la calidad de los centros y los currículos en los colegios públicos es demasiado profundo como para abordarlo en unas pocas líneas aquí y probablemente tan complicado que no los más entendidos sepan realmente cuál es la mejor opción.

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