8-M: Queda mucho por hacer

Protesta en Molina de Aragón contra la violencia de género, el pasado noviembre. // Foto: Cepaim

Protesta en Molina de Aragón contra la violencia de género, el pasado noviembre. // Foto: Cepaim

Por Raquel Gamo

El próximo miércoles, 8 de marzo, se celebra un año más el Día Internacional de la Mujer. Aunque es razonable reconocer los avances sociales y culturales que en materia de igualdad se han dado en España -especialmente desde que se aprobó la Ley de Igualdad en 2004-, todavía queda mucho camino por recorrer para que la equidad entre hombres y mujeres sea real y aceptada con naturalidad en todos los ámbitos.

Podemos empezar por el cambio de nombre de esta festividad. Mientras en el pasado se conocía como Día Internacional de la Mujer Trabajadora haciendo énfasis en la emancipación de la mujer de su rol clásico de ama de casa, ahora se ha suprimido “trabajadora” como si la incorporación de la mujer al mercado de trabajo fuera plena hoy en día o, simplemente, para eliminar cualquier conato proletario en la denominación. Muy al contrario, una de las consecuencias de la crisis ha sido que muchas mujeres han perdido su puesto laboral y han sido relegadas de nuevo a las tareas domésticas o incluso a la inactividad por parte de la administración por ser mujer y mayor de 50 años.

Según la Encuesta de Población Activa (EPA), el cuarto trimestre de 2016 se cerró con una tasa de paro femenino 3 puntos superior al masculino. De esta forma, el desempleo afecta al 20,3% de las mujeres frente al 17,2% de los hombres. Así que los datos demuestran que de igualdad laboral, nada de nada. Es evidente que el género sigue siendo un factor de discriminación a la hora de encontrar empleo. ¿A cuántas mujeres les habrán descartado de un proceso de selección si entre sus planes estaba la maternidad? Como si educar a un hijo no fuera una tarea compartida por padres y madres…

La brecha salarial es otra cruda realidad. Hoy en día, aún hay diferencias significativas entre el salario que percibe un hombre y una mujer por desempeñar la misma función en una empresa. Esta situación es más perceptible en los puestos de responsabilidad de las compañías. Si bien la legislación introducía el concepto de paridad en las instituciones y consejos de administración como forma de discriminación positiva hacia nosotras, nuevamente, queda mucho trecho por recorrer.

Las mujeres, que representan más de la mitad de la población con estudios universitarios, solo ocupa 1 de cada 4 puestos directivos en nuestro país, es decir, el 26% (dos puntos más desde 2012). Esta es una de las conclusiones del estudio internacional Women in Business 2016 de Grant Thornton sobre la situación del liderazgo femenino en el mundo. Una cifra que revela el estancamiento que ha habido en políticas de igualdad en España durante la recesión hasta el punto que el Gobierno vació de presupuesto la cartera de igualdad. Una medida de hondo calado ideológico que va más allá de la negativa coyuntura económica que se vivía en 2012.

Y es que el hecho de haber relegado esta materia a un lugar menor de la agenda política no ha hecho sino agravar más la desigualdad de género. Ello acarrea muchas consecuencias negativas. La peor, sin duda, la más dramática y dolorosa es la violencia machista.

Si echamos un vistazo a las estadísticas del Observatorio Estatal para la Violencia de Género comprobaremos como los asesinatos machistas no han parado de crecer en los últimos cinco años. También las denuncias. En lo que llevamos de año, al menos 15 mujeres han sido asesinadas a manos de sus parejas. Un drama que pone de manifiesto que en esta lacra no se puede bajar la guardia.

Es una problemática que debe abordarse desde la raíz: la educación. No hay atajos, ni vacilaciones. Por este motivo, son tan importantes las campañas de sensibilización y la transmisión de valores de igualdad y tolerancia mediante asignaturas como Educación para la Ciudadanía, que incorporaba con sumo acierto la LOE en el currículo de educación secundaria. Y digo con acierto porque, desde mi incipiente experiencia como docente, he podido constatar cómo esta asignatura tiene la virtud de fomentar actitudes tan positivas como la discusión y la reflexión crítica entre los jóvenes sobre graves cuestiones como la violencia machista. Educar en valores es la vía para superar los patrones machistas que siguen silenciando a cientos de mujeres para decidir sobre su vida libremente.

Lo contrario de educar es adoctrinar. Imponer una única visión, sectaria y coercitiva sobre una realidad. Lo hemos visto estos días con las salidas de pata de banco de la organización ultracatólica Hazte Oír. Tratan de hacer prevalecer su tesis sobre la identidad de género con el eslogan “los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen”. Denigran a una parte de la sociedad –especialmente, al colectivo transexual-, negándoles su libertad para encontrar su propia identidad. Una actitud reaccionaria que se despierta en una minoría social cada vez que se avanza en derechos civiles. Así ocurrió con la ley de matrimonio homosexual o la ley del aborto. Unos comportamientos que se alejan diametralmente de la igualdad sexual y de género hacia la que aspiramos. Por cierto, y abro un paréntesis, es una verdadera lástima que el alcalde de Guadalajara no haya sido uno de los ediles que esta semana ha salido al paso para impedir que el autobús transfobo de Hazte Oír circule por sus calles. Una lástima que, por desgracia, tampoco puede sorprender.

Volviendo al meollo del artículo. La política también es fundamental para superar la mentalidad machista. En los últimos años ha habido un aumento del feminismo en este campo. No sólo garantizando que cada vez haya más mujeres que nos representen desde la esfera pública defendiendo la igualdad de género. Además, los partidos de izquierda han asumido la acción política contra el modelo patriarcal en la sociedad. Es decir, tratan de superar los ancestrales roles machistas en el ámbito privado y público, que tanto ha estigmatizado a las mujeres en el pasado y en el presente.

Un buen ejemplo en el ámbito político es la prioridad que la Junta de Castilla-La Mancha confiere a la igualdad. El Instituto de la Mujer, que tiene rango de consejería, lleva a cabo una importante labor en este terreno. Realiza una intensa actividad de sensibilización en toda la región. También el mundo rural, tan extendido y disperso en esta comunidad autónoma, y donde los esquemas patriarcales son todavía acusados. En 2015 se publicó un interesante documento: la Guía de la Mujer rural en Castilla-La Mancha. Un estudio que radiografía cuál es la situación social y económica de la mujer castellano-manchega en el campo: acumula una tasa de paro mayor que los hombres y muchas veces su función se limita a lo doméstico y al cuidado de familiares dependientes.

Para revertir estos roles tradicionales, desde este organismo se proponen medidas para promocionar a la mujer en el trabajo y animarla a emprender su propia actividad. Algo que resulta imprescindible si tenemos en cuenta, por ejemplo, que tan solo el 20,8% de las mujeres rurales dirigen una explotación agrícola y que la brecha salarial y de oportunidades aquí entre ambos sexos es abismal. Las mujeres desarrollan mayoritariamente empleos temporales y a media jornada, con un salario medio que oscila entre los 400 y los 1.000 euros. En cambio, el salario de los hombres supera los 1.000 euros.

En todo caso, en Castilla-La Mancha y Guadalajara, el trabajo en el ámbito del feminismo y el combate contra el patriarcado –el patriarcado, afortunadamente, ya no es una palabra extraña para buena parte de la población- se completa con la labor de varios ayuntamientos sensibilizados con esta cuestión y con el esfuerzo impagable de hombres y mujeres aglutinados alrededor de colectivos sociales. De hecho, recientemente, la directora del Instituto de la Mujer, la alcarreña Araceli Martínez, mantuvo una reunión con Cepaim.

En conclusión: la equiparación de la mujer al hombre en derechos sociales sigue siendo una asignatura pendiente. Un trabajo de todos. Desde la ciudadanía hasta los gobernantes. Porque sólo desde la educación cívica y las políticas que favorezcan la igualdad de género se podrán minimizar al máximo las desigualdades y la lacra de la violencia machista que todavía sufre la mujer por el mero hecho de ser mujer. Sólo cuando se logre esta conquista, tendremos otra buenísima razón para celebrar el Día Internacional de la Mujer (Trabajadora). Algo que solivianta a la carcunda que se revuelve iracunda en las tribunas mediáticas contra las políticas de feminización cada vez que tienen oportunidad.

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