Mi vecino, el narco

Laureano Oubiña saliendo de prisión en 2012. // EFE

Laureano Oubiña saliendo de prisión en 2012. // Foto: EFE

Por Patricia Biosca

Este fin de semana el diario Faro de Vigo publicaba el artículo El pueblo manchego que sedujo a Laureano Oubiña. Una bomba para el “clic irresistible” tanto por forma y como por fondo: la noticia habla de que un narcotraficante condenado posee un chalet en Cabanillas del Campo y que, para pedir el tercer grado (que se lo han concedido por su edad -71 años-, por cuestiones médicas y por buen comportamiento), ha alegado que lo pasará en esta casa; pero ha calado en los mentideros de las redes sociales por el “manchego” (rectificado a las pocas horas por “castellano” tras la presión de los puristas de la lengua) que corona el titular y que ciertamente hace daño a la vista. Los comentarios van en este sentido topográfico y no se hace alusión al contenido del artículo, lo que me hace sospechar que pocos o ninguno han leído en su interior más allá de buscar otro “manchego” distraído o errata para echar en cara y que ni han investigado sobre su próximo vecino, quien ha sido llamado por algunos medios “el Pablo Escobar gallego” o “el buen preso”. Una perita en dulce para cualquier escritor o guionista, no digamos ya para esta pobre articulista que se relame con la historia.

Laureano Oubiña, natural de Cambados (Pontevedra), nació en 1946 en el seno de una familia de pequeños empresarios que distribuían mercancía entre los puestos de venta ambulante. Con 15 años ya conducía la camioneta de reparto y con 17, de la mano de su tío, se introdujo en el contrabando de diésel y café. Poco después vendría el contrabando de tabaco por su cuenta, lo que le hizo comenzar a crecer en el negocio ilegal. En 1990 fue condenado por primera vez a 12 años tras la famosa Operación Nécora (el primer gran golpe al narcotráfico gallego liderado por un poco conocido por aquel entonces Baltasar Garzón) por tráfico de tabaco, aunque ya había sido detenido unos años antes por el mismo motivo. Tuvo más condenas tras esa: 4 años de prisión tras incautarle 6 toneladas de hachís que quería llevar hasta Holanda; 6 años y 9 meses por intentar introducir en el país 12,5 toneladas de hachís en 1999; una condena por delitos fiscales de 6 años; y, la última, 4 años y 7 meses que cumplía también por delitos fiscales en Alcalá-Meco y de la que ha obtenido recientemente el tercer grado.

En su alegación ha indicado que su domicilio estará fijado en Cabanillas del Campo, donde tiene un chalet desde los años 90. En el artículo de Faro de Vigo se especifica el nombre, la calle e incluso el color de la fachada. Se dan detalles geográficos y poblacionales del municipio, e incluso han hablado con el alcalde, José Salinas, sobre si tenía idea de que Oubiña tenía una casa allí. “Yo soy del pueblo de toda la vida, y ni siquiera sé si Oubiña ha estado aquí o no”, afirma Salinas. Yo, que también soy CTV (Cabanillas de Toda la Vida), tampoco tenía idea de mi “ilustre” vecino. Buceando en las hemerotecas se puede averiguar que la versión oficial, facilitada por el propio Laureano, es que tras su ingreso en prisión de Alcalá-Meco y la muerte de su segunda mujer en un accidente de tráfico, buscó para las hijas un lugar cercano a la cárcel para que pudieran visitarle. De hecho, se detalla que una de ellas estudió Ciencias de la Información. Por edad y estudios, podría haber coincidido en algún momento con ella, pero ni con esas me suena.

Vista general de Cabanillas del Campo. // Foto: José Luis Muñoz Criado

Vista general de Cabanillas del Campo. // Foto: José Luis Muñoz Criado

Cabanillas perdió en los años en los que Oubiña compró el chalet su condición de pueblo: de las clases en el colegio en las que dos cursos de años diferentes tenían que estudiar juntas por falta de alumnos se ha pasado a tres colegios que hay en la actualidad. Recuerdo cuando, de la noche a la mañana, pasé de tener nueve compañeros de clase a una treintena, todos pertenecientes a la misma urbanización en la que adquirió el narco gallego la casa en la que ahora pasará el tercer grado. Pasamos de conocer los nombres de todas las personas que nos cruzábamos por la calle a tener una especie de “pueblo anexionado” (que los CTV bautizamos como “los vascos”, por la procedencia del banco que invirtió en el proyecto) que mirábamos con recelo. Ese fue el principio del fin de Cabanillas como pueblo tradicional y fue el comienzo de su condición de “pueblo dormitorio”. Y según crecían las urbanizaciones, menos entidad propia tenía la localidad, hasta convertirse en lo que es hoy: incluso en el centro cuesta reconocer las caras, por mucho que hayas vivido, reído, bebido o comido en Cabanillas del Campo.

Pero volvamos a Oubiña. Durante su estancia en prisión aprendió mucho sobre el medio: por aburrimiento se estudió la legislación española, sobre todo lo concerniente a las cárceles, e incluso llegó a escribir una carta de su puño y letra a los diputados Joan Puigcercós (Esquerra Republicana de Catalunya), Gaspar Llamazares (Izquierda Unida) y José Antonio Labordeta (Chunta Aragonesista) “con la finalidad de comentarles algunos puntos relacionados con la situación penitenciaria, esperanzado que desde su privilegiada posición, ver si es posible que ustedes aporten un grano de arena mejorando con ello toda esa crítica situación”. Remata su carta con un “¡Viva la III República!” muy efectista. Además pagó la defensa de algunos de sus compañeros en la cárcel y se queja de las condiciones de los presos en cada entrevista que concede: “Les comenté [a Puigcercós, Labordeta y Llamazares] sobre los traslados arbitrarios, ilegales, injustificados y desestructuradores de la personalidad el interno, provocando el desmenbramiento y quiebra de la familia debido a la lejanía geográfica y a la falta de medios económicos para que la familia pueda visitar más al preso. En la gran mayoría de estos casos, la pobre economía familiar no soporta tales gastos”, afirma para Crónica, en una entrevista en 2004. Y al salir de la cárcel tampoco parece que vaya a perder su vocación social, ya que trabajará para una ONG católica centrada en la ayuda a inmigrantes y extoxicómanos. La mezcla perfecta entre “Hermano mayor” y “Narcos”.

Reconozco que me ha podido la curiosidad, y he paseado por la urbanización en la que supuestamente residirá mi vecino. Solo me ha venido a la mente una vieja historia que todos los oriundos del pueblo conocemos y por la que apodamos a una pequeña morada (situada a escasos metros de mi domicilio) “la casa de la droga”. Mi propia abuela me contó cómo los GEO avisaron a todo el barrio de que no salieran de sus casas, pues iban a desmantelar un laboratorio de drogas. Mi abuela siempre recalcaba: “Fueron muy educados. No se oyó ni un grito”. Quién sabe si esta historia se la contaré a mis nietos y les relataré que, un día, por casualidad, me encontré con Oubiña y charlamos: “La verdad es que fue muy educado. Y siempre saludaba”.

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