Pañales sucios en el Tajo

Lectura de manifiesto durante la marcha contra el trasvase Tajo-Segura este domingo. //Foto: Guadapress

Lectura de manifiesto durante la marcha contra el trasvase Tajo-Segura este domingo. //Foto: Guadapress

Por Patricia Biosca

“No parece el mismo río” pensaba el pasado jueves mientras miraba la desembocadura del Tajo desde la plaza del Comercio en Lisboa. De hecho, mi ignorancia me había hecho pensar que lo mismo se trataba del mar, ya que ver poderosas olas estallando contra las rocas de la vieja capital portuguesa no cuadraban con mi imagen del cenagal del embalse de Entrepeñas que atesoro en la cabeza. Este fin de semana se llevaba a cabo una nueva manifestación de los municipios ribereños para poner de manifiesto una situación que se da desde hace años, con políticos de un color y de otro a todos los niveles, pero que más allá de palabras, poco han hecho. “Decenas de coches” cifraban en los medios la manifestación del pasado domingo, de la que también se hacían eco televisiones a nivel nacional (no está mal como visibilización, pero una, que conoce algo de los vericuetos periodísticos y que no se fía ni de su sombra, sospecha que fue más por falta de temas en la escaleta que por una conciencia verdadera del problema). Decenas de coches que suponen un centenar de personas, pero que en municipios cuyos censados no llegan a las tres cifras, dan significado a una realidad que perece al mismo ritmo que se llevan agua de la cabecera.

Y me da que la población y la política son dos factores que pesan mucho en el rumbo a la deriva que lleva la provincia de Guadalajara. Murcia posee más de 1,4 millones de habitantes frente a los 255.000 de nuestras tierras y bajando. Piensen en clave de mercado: ¿cuál les interesaría más para implementar su “producto” (o sea, votos)? Porque la política se ha convertido en eso, un negocio en el que hay que valorar la rentabilidad de las zonas, pensando en términos locales y nacionales. Ya lo hizo Francisco Franco cuando decidió anegar determinadas zonas de Guadalajara para plantar pantanos en vez de pimientos. Y ahora, con esas infraestructuras en las que los guadalajareños vieron (ilusos optimistas) una oportunidad para el turismo, vendido como “el mar de Castilla”, que se ha quedado en charco de barro, los políticos la dejan a su suerte entre grandes proclamas (para los interesados) que se quedan en aire o desaladoras en las que se invirtieron millones, pero que ahora no funcionan.

El director de la Agencia del Agua de Castilla-La Mancha, Antonio Luengo, pedía durante la caravana de coches contra el trasvase que los habitantes de la zona “tengan iniciativas como la de hoy y que sean optimistas”. No solo que organicen más marchas de forma autónoma, sino que encima pongan una sonrisa ante una situación que afecta a algo tan básico como abrir el grifo del agua y que salga el líquido de la vida. “Tarde o temprano lograremos que en esta zona sea viable vivir y no se siga perdiendo población como sucede hasta ahora”, remataba Luengo en su intervención. Perdón por no ser optimista, pero la palabra “temprano” cuando el asunto lleva décadas en boga, me parece un insulto hacia sus compañeros de caravana y hacia los guadalajareños en general. Porque, si la “gente está sensibilizada”, como afirmaba el director de la Agencia del Agua de Castilla-La Mancha, no es por las iniciativas políticas, sino por el trabajo de personas civiles en hacer ruido: ese centenar de gente que clama por una solución mientras ve cómo se mueren sus pueblos. Está bien que las personalidades se acerquen a este tipo de eventos, pero si se queda en una foto (ya se puede hacer un álbum familiar con todas las imágenes de políticos en estas tierras con representantes de todas las ramas políticas, a lo “familia de papá” y “familia de mamá” rezando en el pie de foto) y una palmadita en la espalda de “lo estás haciendo bien, hijo”, no sirve de nada.

Imagen del pantano de Entrepeñas en Sacedón en agosto de 2015. //Foto: Patricia Biosca

Imagen del pantano de Entrepeñas en Sacedón en agosto de 2015. // Foto: Patricia Biosca

“La gente quiere poderse desarrollar al menos al mismo nivel que otros territorios de España, aunque el Gobierno de España parece empecinado en impedirlo”, continuaba durante su intervención. Palabras a todas luces poco acertadas: en Guadalajara se quiere lo que es suyo por derecho, al igual que en otras zonas de España. Porque nadie ha dicho que Murcia deba tener menos naranjas o el País Vasco menos industria, mucho menos desde aquí. Otro de los problemas es la soledad a la que se enfrenta Guadalajara: ¿han intentado hablar con un murciano sobre el tema? Una vez me dieron el argumento de que no tienen fuentes con agua continua y que en los meses de más calor, a veces se corta el suministro y ni apretando el botón. Por esa regla de tres, castiguemos también a los gallegos por los torrentes que caen entre las rocas salvajes y a los guadalajareños por tener una tradición arraigada en la producción de miel. Lo mismo también esto causa el hambre en el mundo, quién sabe…

El asunto no se queda en una rencilla entre castellanomanchegos y murcianos. ¿Han debatido sobre el trasvase fallido del Ebro al Levante con un aragonés? El primer lustro del 2000 fue una dura batalla de los aragoneses y catalanes, que esgrimían similares argumentos a los que llevaban años proclamando los cien valientes de Guadalajara (la versión hídrica de “300”): razones económicas, ecológicas y de desarrollo social, quejándose del desarrollo desorbitado del urbanismo en el Levante (urbanizaciones, campos de golf, industrias…), y el hecho de que los territorios “donantes” no recibían ningún trato de favor o posibilidad de desarrollo. Un Déjà vu.

Incluso llegaron a recibir el apoyo de la Unión Europea, que también afirmó que un trasvase en la cabecera de un río era un disparate. Aragoneses y catalanes consiguieron frenar el trasvase. ¿Y Castilla-La Mancha? A pesar de las recomendaciones de la UE, siguió trasvasando. Población de Castilla-La Mancha: 2,79 millones. Población de Aragón; 1,4 millones de habitantes, que sumados a los 7,5 millones de catalanes y volviendo a los términos empresariales, dejan claro el panorama.

Mientras, en Lisboa grandes barcos surcan la desembocadura del Tajo y rememoran épocas en las que el principal aliado de la prosperidad era este caudal, al final ancho y poderoso, que hace olvidar que su principio agoniza, como si a un bebé se le niega el alimento nada más nacer. Sin embargo, nos dicen las administraciones que el papel de llorar nos toca a nosotros, porque “quien no llora, no mama”, a pesar de que se supone que deberían ser una suerte de padres que velen por nuestros intereses. A lo mejor es que hay más bocas que alimentar en otros sitios, pero el pañal lleva sucio mucho tiempo, así que puede que se encuentren una sorpresa poco agradable cuando quieran limpiarlo y una infección irremediable que no se pueda curar. Perdonen la escatología, pero el Tajo, tal y como está ahora, se va a la mierda.

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