El poder de las palabras en contextos multitudinarios

Vista de la calle Bardales. // Foto: La Crónica de Guadalajara

Vista de la calle Bardales. // Foto: La Crónica de Guadalajara

Por Patricia Biosca

“Las palabras son la más potente droga utilizada por la humanidad”, decía el escritor británico Rudyard Kipling. Bajo esta máxima, el periodista podría ser el camello que vende a la sociedad su dosis, y adulterar el contenido en función de su elección. No es un secreto que muchas veces se olvida a razón de la “dictadura del clic”: valen más las visitas que la precisión de los hechos, y “pistolear” en el titular (utilizar palabras llamativas a pesar de que la noticia en sí no sea tan espectacular) una práctica que cada vez se vuelve más común, quizá por las prisas, quizá por el mercantilismo que asola el periodismo.

En Guadalajara, una provincia que no está acostumbrada a tener en su banda sonora diaria el ruido de sirenas, este hecho se amplifica a la hora de relatar las noticias de sucesos. Todo el mundo tiene curiosidad por saber qué es lo que ha pasado, más aún en una zona en la que la teoría de los seis grados de separación (hipótesis que afirma que cualquier persona está conectada en el planeta a cualquier otra persona a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios) pasa a dos y la vida se para un instante mientras pasa una ambulancia o un coche de policía. En las redes sociales se comparten noticias y se amplifica el radio de acción de esta “droga”, con el feedback de los comentarios que pasan del salón de la peluquería al insondable escenario de internet. En las últimas semanas los medios de comunicación se han llenado de titulares que van desde secuestros virtuales a descubrimiento de alijos de sustancias estupefacientes que pueden dar sensación de inseguridad, a pesar de que se ha repetido por activa y por pasiva desde la administración pública que Guadalajara es uno de los lugares con menor índice de criminalidad de España.

Una de las últimas noticias ha sido la “reyerta multitudinaria” que el pasado sábado se produjo en la zona de Bardales. Cuatro personas resultaban heridas en el altercado (una de ellas, dada de alta en el momento y las otras tres fueron trasladadas al hospital) según informaba la Subdelegación de Gobierno y recogían los digitales. No he tenido acceso a la nota facilitada por dicho organismo, por lo que no sé si la palabra “multitudinaria” se reflejaba en el escrito primigenio, pero varios medios recogían este término en sus titulares, dando la idea de batalla campal en la calle Bardales (por lo menos a mi círculo cercano y a mi, que debatimos sobre el asunto el pasado fin de semana). Cuatro personas eran detenidas, aunque no se especifica si alguna de ellas estaba entre las heridas. Ocho implicados como máximo me sigue sin parecer “multitudinario”. Y las dimensiones de la calle en la que pasaron estos hechos también me hace pensar que quizá fue excesivo este adjetivo.

Me imagino a padres leyendo sobre el asunto y preguntando a sus hijos si vieron algo, con el miedo de que el próximo fin de semana sus retoños se vean implicados en algo parecido a la batalla de Stalingrado y pensar en un desembarco al estilo Normandía para sacarles de allí. El miedo se puede propagar tan rápido como las palabras, y ahí parte de la responsabilidad es de los periodistas, cuyo verbo puede herir más que cien balas. Aquí pega la frase de Ramón Salavedría, profesor de periodismo de la Universidad de Navarra, que a lo mejor nos conviene recordar de vez en cuando (me englobo en la ecuación): “El periodismo es como el café: hay que servirlo rápido, endulzarlo lo justo y no estropearlo con mala leche”.

Siguiendo con el poder de las palabras y los sucesos en Guadalajara, la semana pasada saltaba la noticia del cierre cautelar de un establecimiento de San Roque por la venta de alcohol a menores. Según informaba el Ayuntamiento, la Policía Local había denunciado en varias ocasiones el hecho, por lo que era llevado a debate en el Pleno quedando aprobado la clausura durante 15 días por una infracción grave. Como el “superpoder” de las palabras no es un secreto que solo conozcan los periodistas, los dueños de la tienda colocaron un cartel en el que se afirmaba que se encontraban de vacaciones del 3 al 18 de abril. Ni rastro de la orden judicial, que si no llega a publicitar el Ayuntamiento, habría pasado desapercibido entre los viandantes. Sin embargo, como se recoge en los comentarios de las redes sociales, la procedencia de los regentes del local hacía sospechar a más de uno que las “vacaciones” no fueran forzosas.

Cartel de cierre del establecimiento cerrado de manera cautelar en San Roque. // Foto: Nueva Alcarria

Cartel de cierre del establecimiento cerrado de manera cautelar en San Roque. // Foto: Nueva Alcarria

En estas mismas aportaciones en las redes sociales se pedía una condena ejemplarizante y el cierre inmediato del local. Otros apuntaban a que más locales del mismo tipo ofrecían “servicios” similares a menores, cuestión vox populi en la sociedad. Opiniones que también deberían ser igual de responsables al lanzar acusaciones que, ciertas o no, señalan otros establecimientos o piden cierres definitivos. Y vuelven a intervenir palabras que pueden hacer más daño que los cañones, provocando consecuencias mucho más serias de lo que pueda parecer.

Mientras escribo estas líneas, pienso en mi parte de culpa, como periodista y como lectora. “Es mucho más difícil describir que opinar. Infinitamente más. En vista de lo cual todo el mundo opina”, decía el periodista y escritor Josep Pla. Quizá por eso en este momento estoy escribiendo sobre esto. Porque, si se piensa, la responsabilidad que dan las palabras es enorme, pero el hecho de que sea tan cotidiano puede que nos haga olvidarlo. “La diferencia entre la palabra adecuada y la casi correcta es la misma que entre el rayo y la luciérnaga” (Mark Twain, escritor y periodista). “Las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene uno” (Clint Eastwood dixit). No me tomen demasiado en serio.

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