El 4º de mayo

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Un momento de la tradicional manifestación del Primero de Mayo, que concitó a alrededor de medio millar de personas en Guadalajara el pasado lunes. // Foto: J. Fraile / guadaque.com

Por Borja Montero

El pasado lunes se celebró prácticamente en todo el mundo el Primero de Mayo, conmemoración internacional del Día del Trabajador. Durante muchas décadas, desde 1889 para ser más exactos, esta onomástica ha servido para que la clase obrera realice un exhaustivo análisis de su situación y de su lucha por las condiciones de vida de los trabajadores y haga aún más visibles sus reivindicaciones, casi siempre a través de las distintas organizaciones que conforman lo que ha dado en llamarse tradicionalmente como movimiento obrero. Con el paso del tiempo y la consideración como día festivo de esta fecha, el contenido crítico y la implicación ciudadana en la efemérides, que debía ser festiva y reivindicativa a un tiempo, ha ido cayendo, lo que no quiere decir que la clase trabajadora no tenga nada de lo que quejarse. Hoy es el 4º de mayo, y la lucha por los derechos de los trabajadores no es menos necesaria que hace tres días.

La crisis económica que los ciudadanos sufrimos desde hace una década (que se dice pronto) ha puesto de manifiesto que la situación no era para nada idílica, que los trabajadores se habían relajado antes de tiempo. Lejos de ello, en los últimos años, muchos de los derechos que los asalariados creían inamovibles y perfectamente garantizados por las leyes han demostrado que podían desvanecerse sin más y lo han hecho a través de las distintas reformas laborales que se han ido aprobando sucesivamente, con una escasísima oposición ciudadana real, y de los usos y costumbres que se han ido consolidando en la práctica empresarial, tales como recurrir a los impagos de nóminas durante los expedientes de regulación de empleo, que ya pagará el FOGASA; no firmar nuevos convenios colectivos, ni generales ni de empresa, hasta que la nueva legislación ha establecido que, a falta de acuerdo, la patronal puede imponer su voluntad; o imponer condiciones draconianas como la de que los seguros sociales corran a cargo del trabajador o los contratos por semanas, días u horas, independientemente de que el trabajo a desarrollar supere con mucho ese tiempo. Y todo ello sin entrar en debates más profundos acerca del modelo productivo, de la protección real del trabajador, de la seguridad de los puestos de trabajo, de la calidad del empleo y de tantos otros temas que deberían ser capitales en unas políticas públicas más preocupadas con las cuestiones cuantitativas que con las implicaciones cualitativas.

En este ambiente tan poco halagüeño, el Primero de Mayo debería ser una fecha esperadísima por todos los trabajadores para poder salir a la calle para mostrar su descontento y proponer medidas que palíen los muchos rigores que los asalariados están padeciendo. Sin embargo, hace ya mucho tiempo que el capitalismo y, con aún más virulencia, el neoliberalismo nos maniataron, y por nuestra propia voluntad. Alguien se inventó aquello de la clase media relacionando la pertenencia de una persona a un grupo con algo tan frío como la renta, creando un lugar intermedio e indeterminado que aleja a la gran mayoría de la sociedad de sus problemas reales ocupándola con otros tales como el tamaño de sus televisiones, la antigüedad de sus coches o el destino de vacaciones. Pero el concepto de clase no tiene nada que ver con algo tan peregrino como la cantidad del dinero que uno ingresa, sino que es una cuestión de organización social y económica. Si uno solamente tiene su capacidad de trabajo para vender y, por tanto, ha de plegarse a las condiciones que impongan los empleadores, da igual por cuánto dinero consiga venderlo, ya que pertenece a la clase obrera. Eso es lo que se nos ha olvidado, perdiendo la sensación de pertenencia a un grupo y, por tanto, de poder de cambiar las cosas en colaboración con los demás. Nos han introducido en su lógica, en la que lo que importa son los números, y ahora creemos que somos solamente individuos aislados.

Nos han desclasado.

Nos han sedado.

Nos han vencido.

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