Noche cerrada

La conocida como "carretera de la patata", vía de conexión entre Cabanillas y Marchamalo

La conocida como “carretera de la patata”, vía de conexión entre Cabanillas y Marchamalo. // Foto: P. B. 

Por Patricia Biosca

Noche cerrada. Fiestas. Calor. Juventud. Ánimo. Creo que entre mis amigos de la provincia no hay ninguno que bajo esas premisas no haya recorrido la carretera de Marchamalo a pie. Unos 4 kilómetros de carretera autonómica que en los tiempos en los que yo iba al instituto Alejo Vera, de Marchamalo, se remendaba con parches que saltaban al poco tiempo, dando sentido a aquello de “carretera de la patata”. Agujeros que intentábamos sortear con las bicicletas en verano. Agujeros que se taparon con nuevo asfalto cuando Cabanillas del Campo y Marchamalo crecieron a base de nuevos chalets para casi encontrarse, cambiando el camino a una sinuosa carretera con una rotonda sorpresa donde ha habido algo más que un susto más de una vez. Una carretera conocida por los oriundos de ambos pueblos, porque la hemos recorrido una y mil veces. Por eso la noticia del fallecimiento del chico de 19 años que volvía de las fiestas de Marchamalo a su pueblo, Cabanillas, nos impactó tanto a todos, más aún en unas fechas en las que muchos grupos se juntan para pasar un fin de semana de risas, bailes y peñas.

De la mayoría son conocidos los hechos que ocurrieron en la madrugada del viernes al sábado, porque esa mayoría hemos pasado por lo mismo, aunque por fortuna, sin ese terrible final: terminar una noche de fiesta, no tener cómo volver y envalentonarse para hacerlo a pie. No se advierte el peligro de una carretera que apenas tiene luz, y cuyo trazado ya no es el mismo de antaño, que era casi recto. Ahora, y tras años de “rivalidad” entre estos dos pueblos, ambos se expanden para encontrarse, convirtiendo en casi vecinos a marchamaleros y cabanilleros. Lo que la proximidad no unió, que lo hagan las inmobiliarias. El camino no parece tanto después de haber pasado con el coche, aunque según se recorre, se va haciendo cada vez más pesado, y lo digo por experiencia. No es una carretera particularmente peligrosa: como esta vía existen cientos entre pueblos, incluso que llevan a la capital. Muchas noches de verano puedes encontrar gente que las recorre a pie, les mueva el motivo que sea, eso no importa. ¿Quién no lo ha hecho?

Esa pregunta circulaba constantemente el sábado. Podríamos haber sido cualquiera, el desenlace podría haber sido el mismo tantas veces antes que aterra pensarlo. Las caras miran con perplejidad mientras se buscan soluciones: ¿más iluminación? ¿aceras? ¿pasos para peatones? ¿transporte público? La peligrosidad de esas zonas convive durante tantos años con la sociedad que ya no se percibe el peligro hasta que ocurren estas tragedias, como siempre para los hechos luctuosos y aunque suene manido decirlo.

Hasta 500 personas se concentraron en la plaza del Pueblo de Cabanillas del Campo, respondiendo a la convocatoria del Ayuntamiento para guardar un minuto de silencio en memoria del joven cabanillero fallecido el pasado sábado. // Foto: Ayto. Cabanillas del Campo

Hasta 500 personas se concentraron en la plaza del Pueblo de Cabanillas del Campo, respondiendo a la convocatoria del Ayuntamiento para guardar un minuto de silencio en memoria del joven cabanillero fallecido el pasado sábado. // Foto: Ayto. Cabanillas del Campo

Día de luto oficial y banderas a media asta en los dos consistorios, que a pesar de estar en fiestas, en mi opinión supieron hacer frente de una manera más que digna a un suceso fortuito que emborrona días de felicidad y juerga (en otros años seguramente habría sido impensable llegar a cancelar actos a pesar de la gravedad del asunto). La respuesta de un pueblo que quiso acompañar en el sentimiento a una familia para la que la casualidad ha truncado un futuro que ni se imaginaban hasta el sábado, con gente de todas las edades sumada al minuto de silencio en la plaza del Ayuntamiento de Cabanillas del Campo o la mudez del campo de fútbol de La Solana de Marchamalo. Las redes sociales inundadas de mensajes de apoyo y de condolencia y el ambiente taciturno de un sábado festivo, en el que las preguntas eran más que las respuestas. La necesidad de hablar. La mía, plasmada en estos renglones, porque todos podríamos haber sido Guillermo. Descanse en paz.

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