Dejarse la vida en el trabajo

Por Celia Luengo

Una muerte es siempre algo trágico pero hay veces que resulta aún mucho más sobrecogedora por inesperada, por las circunstancias que la rodean o porque es algo que escapa de la lógica. Así es como hemos visto siempre los accidentes laborales, como algo que simplemente sucede, un riesgo que está ahí y que le toca a un pequeño porcentaje de la población activa. Es verdad que los accidentes laborales existir han existido siempre pero resulta preocupante ver cómo en los últimos años han ido aumentando lo que denota una tendencia altamente peligrosa.

Si durante los años más duros de la crisis, de 2007 a 2012, estos siniestros descendían por la pérdida de empleos especialmente en el sector de la construcción, a partir de ese año han ido a más hasta incrementarse, sólo en el año 2016, un 7,95%, el triple de lo que creció la afiliación a la Seguridad Social. Esta tendencia alcista continúa en 2017, sólo en los dos primeros meses de este año los accidentes laborales crecieron un 6% y, más llamativo aún, 101 trabajadores perdieron la vida en su puesto de trabajo, mientras que 559 personas resultaron heridas de gravedad, lo que supone un incremento del 12% respecto al mismo período del año anterior. Pero además, Castilla-La Mancha fue, junto con Baleares, la Comunidad Autónoma donde más accidentes de trabajo se produjeron por cada 100.000 habitantes.

La lectura parece clara y no viene más que a corroborar un hecho que resulta evidente para todos: en España no se crea tanto empleo como el que nos quieren vender y el que se crea no es, ni mucho menos, de calidad. Si algo está claro es que la crisis se ha llevado por delante muchos de nuestros derechos y el miedo al desempleo se ha convertido en una de nuestras mayores preocupaciones.

Manifestación contra la siniestralidad laboral celebrada en Guadalajara en enero pasado tras el primer accidente laboral mortal de este año. Foto: guadalajaradiario

Esta semana comenzaba el juicio contra una empresa de transportes de Cantabria acusada de abusar laboralmente de un trabajador que en noviembre de 2012 se bajó del camión que conducía, se roció de gasolina y se prendió fuego, acabando así con su vida. Según la Fiscalía, este empleado de 41 años hacía una jornada laboral de 14 horas diarias, de las que 10 eran al volante, cubriendo cada día 920 kilómetros.

Antes de acabar con su vida, este trabajador acudió a su centro de salud porque sufría agotamiento físico, insomnio y había perdido 15 kilos de peso, se tomó los medicamentos que le mandaron pero se negó a coger la baja por miedo a un despido. Una historia terriblemente dolorosa pero muy gráfica.

Sí, tragamos demasiado y con muchas cosas, pero no es verdad que las muertes o los accidentes en el trabajo sean siempre eso, algo accidental, o que siempre sean culpa de las empresas, que tampoco. Algunas veces, no pocas, somos los propios trabajadores quienes contribuimos a crear las condiciones para que esos siniestros se produzcan.

Quién no ha visto a algún trabajador encaramado a un tejado sin ningún sistema de seguridad o en cuántas empresas se trabaja con productos inflamables sin utilizar ningún elemento aislante e ignífugo. Son sólo dos ejemplos pero hay muchos más, algunos tan silenciosos que ni nosotros mismos somos conscientes del daño que nos hacemos hasta que ese daño es irreparable. El estrés, por ejemplo, ese mal que siempre ha aquejado a un porcentaje de la población trabajadora y que con la crisis se ha visto profundamente agudizado. En el año 2016, según datos del Observatorio Europeo de Riesgos de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) más del 22% de la mano de obra europea sufría estrés y éste era uno de los principales motivos de bajas laborales debido, entre otras causas, a las presiones, las largas jornadas laborales o el agotamiento.

Pero entre todas estas estadísticas hay un dato que me parece especialmente relevante y es el de los accidentes y víctimas en los traslados desde o hacia el trabajo. Según datos del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, el 13% de los accidentes laborales son de tráfico, y un dato aún más preocupante, el 35% de las personas que pierden la vida en su puesto de trabajo lo hace en la carretera.

No hay más que coger el coche una mañana temprano y ponerse rumbo al trabajo para entender la situación. Los trabajadores hemos perdido derechos y hemos entrado en un bucle de presión y estrés en el que podemos aceptar cualquier condición por abusiva que sea para conservar nuestro puesto de trabajo. Y eso no es nada bueno, no lo es para el trabajador ni tampoco para la empresa que lo contrata, para el trabajador porque pone en riesgo su salud e incluso a veces su vida y para la empresa porque lo único que consigue con estas prácticas abusivas es desmotivar a sus empleados, disminuir su rendimiento y aumentar el absentismo laboral y eso, por supuesto, provoca una menor productividad, una disminución de la competitividad y empeora la imagen de la empresa.

Afortunadamente, cada vez más se impone la creencia  de que aquellas empresas en las que sus trabajadores son felices y tienen unas mejores condiciones laborales, son más productivas y consiguen mayores éxitos profesionales y económicos. Creo que no nos iría nada mal si lo probáramos, a lo mejor hasta acertamos.

 

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