Cimientos sobre cadáveres

Fosas comunes localizadas por la Administración. // Foto: Wikipedia. // Fuente: Ministerio de Justicia

Fosas comunes de la Guerra Civil y la represión franquista localizadas por la Administración. // Foto: Wikipedia. // Fuente: Ministerio de Justicia

Por Patricia Biosca

Si pones “represaliados de la Guerra Civil Española” en Google, la primera entrada te conduce directamente a la entrada en Wikipedia de “Víctimas de la Guerra Civil Española”, donde un mapa del país con cientos de puntitos de colores da la bienvenida a la narración escrita de uno de los pasajes más oscuros de su historia. Si al abrir este documento no se siente un desasosiego en el pecho, es que los medios de comunicación han hecho bien su trabajo de insensibilización ante la tragedia. En la actualidad se calcula que más de 100.000 víctimas aún están sepultadas en fosas comunes, convirtiendo España en el segundo país del mundo solo por detrás de Camboya, donde hay un mayor número de desapariciones forzosas aún sin resolver. Un estado al que se le llama del primer mundo. Una nación desarrollada, con sus ciudades cosmopolitas, sus gentes con móviles, sus trenes de alta velocidad, sus representantes a Eurovisión y sus programas del corazón. Y sus muertos en las cunetas. Spain is different, que dicen por ahí.

El pasado martes comenzaban de nuevo los trabajos de la segunda exhumación en el cementerio de Guadalajara para intentar localizar los restos de Timoteo Mendieta, uno de los fusilados en 1939 en la capital alcarreña y otro de tantas personas que permanecen en el suelo sin que su familia sepa a ciencia cierta dónde llevar flores para honrar su memoria. Este es uno de los casos más mediáticos tras ser cabeza de la “querella argentina”, el caso que se instruye la juez María Romilda Servini de Cubria desde el otro lado del charco amparada en la legislación internacional de la ONU sobre Justicia Universal. Así, víctimas y familiares del franquismo presentaron “por genocidio y crímenes de lesa humanidad cometidos en España por la dictadura franquista entre el 17 de julio de 1936, comienzo del golpe cívico militar, y el 15 de junio de 1977, fecha de celebración de las primeras elecciones democráticas” una acción judicial penal que consiguió llevarse a trámite y condujo a Ascensión Mendieta, hija de Timoteo, a cumplir 87 años en un avión de camino a Buenos Aires para explicar su caso. En ese momento comenzó la luz para esta mujer, que tiene hoy 91, y que espera encontrar tan solo “un hueso” de su padre para enterrarse con él.

Ascensión Mendieta durante la primera exhumación en el cementerio de Guadalajara. // Foto: EFE

Ascensión Mendieta durante la primera exhumación en el cementerio de Guadalajara. // Foto: EFE

“Yo les abrí la puerta”, confesó a su hija Ascensión cuando ésta le confirmó que entre los restos exhumados en enero de 2016, los de los primeros trabajos, no se encontraba su padre. Un mazazo para la familia, que con toda la documentación existente tenía casi por seguro que Timoteo estaba allí, en la fosa número 2, cuyo perímetro estuvo tapiado hasta después de la muerte de Francisco Franco y sobre cuyo muro la familia tuvo que tirar las flores que llevaban a la supuesta tumba de su familiar ajusticiado tras un juicio sumarísimo.

Pero Timoteo Mendieta no es el único que yace allí. Se calcula que unas 800 personas fueron enterradas en fosas comunes, con dos, veinticinco cadáveres más, depende del agujero. La zona civil del cementerio, donde habrá tres centenares de cuerpos de la época sin identificar, ha sido calificada de “burbuja en el tiempo” por el equipo que lleva a cabo los trabajos, ya que no han sido tocadas desde el momento en que se excavaron. La zona cristiana es otro cantar, ya que se exhumaron muchos restos para llevar a cabo nuevos enterramientos encima. Huesos de personas que probablemente nunca tengan un entierro digno.

La situación de Guadalajara y la de tantos otros lugares de España identificados (no todos) por el círculo de color de la primera ilustración contrastan con otros países. La capital de esa Alemania que muchos glorifican, Berlín, es una constante súplica por el perdón de sus pecados, con reconocimientos a las víctimas en cada esquina, museos que recuerdan la barbarie, leyes que prohíben la exaltación de la locura que llevó tan lejos al hombre. Mientras España mira a otro lado, pasa de puntillas sobre el tema y pide que no se “remueva” el asunto. Los traspiés del proceso, las zancadillas y la desidia por parte de la administración pública (da igual el color, porque los trabajos los siguen costeando particulares damnificados por aquellos crímenes o simpatizantes de la causa) no han hecho sino servir de revulsivo y convertir a Ascensión en un icono de la lucha contra los cientos de miles de desaparecidos que aún se encuentran tirados tal cual sus verdugos, da también igual el bando, les dejaron tras asesinarles. Conmueven los ojos de Asunción en las fotos en las que aparece visitando los trabajos de exhumación. El vivaz brillo en sus ojos contrasta con la imagen de una anciana para la que pasan los años, una hija sin su padre a la que le privaron el entierro digno de su ser querido.  Y todo ello sin que de su boca haya salido una palabra de rencor o de venganza,  argumento con el que juegan aquellos que dicen que “hay que mirar hacia el futuro, no hacia el pasado” para no “abrir viejas heridas”. Ascensión solo ha pedido encontrar a su padre, ¿quién cierra esa brecha? Porque el futuro no se puede construir sobre cadáveres, ya que la historia enseña que no son buenos cimientos.

Imagen durante la contienda española. // Foto: El Español

Imagen durante la contienda española. // Foto: El Español

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