Quizá sobren toros

Por David Sierraencierro_01_pacma.jpg

Son las cinco y media de la tarde en pleno mes de agosto. Las pequeñas sombras confeccionadas por la silueta de los vehículos que van apareciendo con el devenir de la tarde permiten a más de uno resguardarse del calor. Aún no ha sonado el cohete, pero los cerros recuerdan aquellas películas del lejano Oeste en las que los ‘sioux’ rodeaban desde las cimas  a las tropas de la Caballería. Los ‘indios’ ahora ocupan vehículos, la mayor parte con tracción a las cuatro ruedas. Que no hay camino que se les resista. Ya vendrá la administración a repararlos.

Desde hace unos años, los organizadores tratan de dejar una distancia de ‘seguridad’. Lo que nadie dice es para quien. Una distancia ajena a caballistas, con y sin pica. Los tiempos cambian y los festejos populares abandonan el primer término para quedarse únicamente con el segundo. En Guadalajara se celebran más de un centenar al año en torno a unos 70 municipios, la mayor parte de ellos menores de un millar de habitantes. Así lo atestigua PACMA. Son conocidos internacionalmente desde que el pasado verano fueran foco de atención de la prensa británica que no ahorró en calificativos para desenmascarar una situación que año a año y generación tras generación se hace más insostenible.

Suenan los tres petardos y los motores se encienden. El animal salta desde el camión, pues en la memoria quedan ya los tiempos en los que las reses se traían desde las ganaderías al trote. Vagos son ya los recuerdos de aquellos años en los que los morlacos venían acompañados por los aficionados en un respeto mutuo. Sin apenas incidencias. Cuando las leyes que mandaban eran las de la razón y el respeto por un animal que podía causar la muerte con un envite. Rugen los motores. La patrulla todoterreno comienza a dar vueltas, anotando. Unos dicen que matrículas. Otros dicen que denuncias. Sólo ellos lo saben. En 2015 fueron 286 los expedientes abiertos que acabaron en sanción sólo en Guadalajara por incumplir la normativa del reglamento. Otros 28 se libraron.

Son las seis y media de la tarde. El termómetro marca 34 grados. La imagen es demoledora. Ha vuelto la calma. El utrero parece un gato, desinflado y exhausto. No puede más y ha buscado refugio en una sombra junto a un olivo y una acequia que le sirve de protección. Las astas, que no estaban afiladas cuando saltó al campo, denotan que han tenido algún encontronazo malintencionado con alguna superficie sólida. Sangran. Con la lengua afuera, decide tumbarse. Una lluvia de terrones le obligan a alzarse de nuevo. La inactividad ha hecho que los motores también dejen de rugir para darle todo el protagonismo a los pasodobles que suenan por el altavoz del vendedor de botes y pipas. El peligro se evade y comienzan a aparecer niños sobre los techos de los vehículos. La seguridad ante todo. El espectáculo no lleva dos rombos. Aún no ha sonado el tiro de gracia que anuncia que se ha cumplido el tiempo que marca el reglamento. Dos o tres horas. Qué más da.

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Aseguraba el “espontáneo” Robisco –Lorenzo -, en el parlamento regional que no había maltrato en los festejos taurinos de Castilla La Mancha. Una suerte la suya que no tenga cuernos ni pezuñas. Y presentaba una Proposición No de Ley para solicitar una nueva modificación del reglamento de espectáculos taurinos para que no cueste tanto organizarlos –una modificación sobre la última llevada a cabo el pasado mes de octubre. Y reduce el asunto a un mero tema de seguridad. Que es demasiado que haya tanta ambulancia y tanto quirófano. Que no hace falta tanto veterinario. Que no hace falta tanto certificado. Quizá sobre todo.

La amenaza de que este tipo de espectáculos no puedan desarrollarse en los municipios más pequeños ha provocado la preocupación del Partido Popular. Sin embargo, las comisiones trabajan a destajo para hacer inocua la norma. Las fiestas sin toros no son fiestas. Las fiestas sin sangre no son fiestas. Una calle sin los rastros que dejan las pezuñas ensangrentadas de las reses cuando han pasado tantas veces por el mismo sitio no motiva. El número de esas veces lo ponen el miedo del animal, sus ganas de defenderse y las ansias de quienes se sienten más valientes por acosarle. El valor puesto a prueba en un instante.

Los empresarios taurinos también han puesto el grito en el cielo y anuncian los sobrecostes que supondrá la última reglamentación aprobada en octubre del pasado año, una media de más de 1.000 euros. Y dicen en ABC que si “dos encierros por el campo y una suelta de reses en la calle salía por 7.500 euros, en estos momentos se va hasta los 9.600”. Y encima sin vehículos a motor. La tragedia está servida, pero no hablan de márgenes.

Todo ha terminado. El animal yace difunto. La pistola de clavos ha hecho su trabajo rodeada de expectación. Era la última suelta para celebrar el santo de turno, pues hace años que los festejos de plaza quedaron aparcados. La noche comienza a mandar y el público sale en desbandada. Una vez más rugen los motores. Será la última. En apenas media hora el campo queda en silencio y arrasado, testigo de un nuevo asesinato.

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