Como agua de mayo

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Salvador Sobral durante su actuación el pasado sábado en el Festival de Eurovisión en el que consiguió la victoria. // Foto: La Vanguardia

Por Borja Montero

Mayo es un mes especialmente dado a los sucesos con cierto grado de extraordinariedad. Quizás sea por su carácter de prólogo del verano, lo que lo llena de días festivos y celebraciones populares; quizás por lo agitado de su calendario político al coincidir habitualmente con comicios electorales; quizás por lo no menos agitado de su meteorología, que se debate entre días prácticamente estivales con otros de temperaturas cercanas, pero lo cierto es que este mes suele ser dichoso en noticias y fenómenos que, aunque a veces sea solamente de forma fortuita o temporal, tienden a cambiar nuestras perspectivas de algún modo. Por utilizar la jerga popular, algunos de ellos vienen con agua de mayo, mientras que otros nos recuerdan aquello de “hasta el 40 de mayo, no te quites el sayo”. Hoy analizamos el paralelismo entre dos de ellos, que han tenido a bien coincidir en el tiempo: el Festival de Eurovisión y el sexto aniversario del 15-M. 

A pesar de su separación por seis años menos dos días y la evidente diferencia en la temática en sí del evento, ambos sucesos tienen algunos puntos de unión. Así, la victoria de Salvador Sobral, ese crooner apocado y de aspecto poco cuidado, sorprendía en un festival en el que, hace ya muchos años, la purpurina y los fuegos artificiales habían ganado terreno a la calidad de las canciones y las interpretaciones, suponiendo de este modo un cierto soplo de aire fresco que, ahora, a toro pasado y con cientos de millones de euros gastados en montajes espectaculares y parafernalia varia, todo el mundo creía que debía haberse producido antes. En este mismo sentido, la manifestación del 15 de mayo de 2011 y la posterior acampada en la Puerta del Sol, así como las que le siguieron en puntos emblemáticos de prácticamente todas las ciudades de España, incluida la Plaza Mayor de Guadalajara, también se propusieron abrir las ventanas para ventilar algo que venía anquilosándose desde hacía más de una década, la política bipartidista, con sus juegos de poder y sus redes clientelares. De este modo, si Sobral hacía el pasado sábado que, después del concurso, volviera a hablarse de estilos musicales, de la lírica de las letras, de música en general; el 15-M consiguió que las plazas fueran otra vez los foros ciudadanos en los que expresarse, plantear los problemas reales, que pocas veces tienen que ver con las cuitas que tanto importan a los políticos, y, sobre todo, poner sobre la mesa soluciones distintas, en ocasiones más voluntaristas que realizables, pero al menos imaginativas y con el foco puesto más en las personas y menos en los números.

Dada su envergadura e intensidad, ambos movimientos no fueron recibidos de la misma forma. El de Eurovisión ni siquiera pretendía ser una revolución, solamente un cantante de jazz presentando una bonita canción con resonancias al fado y la bossa-nova, pero su victoria, y quizás también su discurso final, es lo que ha hecho que críticos musicales y aficionados de todo el mundo hayan convertido a Salvador Sobral en una especie de icono de lo que podría ser el concurso, un canto prácticamente unánime por la calidad y la personalidad de las composiciones y en contra de la repetición de fórmulas o del enmascaramiento de más-de-lo-mismo detrás de luces, maquillajes y coreografías. Por su parte, el 15-M, quizás no tanto con su manifestación primigenia pero sí con el mantenimiento de las movilizaciones, las asambleas y todas las actividades que rodeaban la acampada, sí venía con intenciones más revolucionarias y, tanto en el fondo como en la forma, suponía una cierta afrenta al estado de las cosas, por lo que no fue tan unánimemente bien recibido. Para los sectores más conservadores, siempre tan preocupados por el orden público y el “qué dirán”, el movimiento fue criticado desde el primer momento, infantilizándolo, silenciándolo o no queriendo entrar en el fondo de lo que en aquellas reuniones se discutía. En capas más progresistas, al principio se miraba a los jóvenes de Sol con cierta curiosidad, incluso cariño, pero cuando el discurso empezó a entrar en cuestiones como los priviliegios de los políticos o las puertas giratorias, estos también se pusieron de perfil, cuando no radicalmente en contra.

El futuro es una incógnita. Como suele suceder en los movimientos y sucesos que comienzan tan fuerte, con tanta intensidad, las expectativas que se generan a su alrededor son tremendamente altas, de modo que, indefectiblemente, tienden a defraudar a los menos constantes. Mi pronóstico para lo de Eurovisión es que, el próximo año, un buen puñado de países, probablemente más de una decena, optarán por canciones menos festivaleras, muchas de ellas baladas sentidas, algunas con ritmos o elementos propios de su país de origen, aunque pronto, en apenas dos o tres ediciones, se olvidará el efecto Sobral y las cosas volverán a su antiguo cauce de purpurina y fuegos artificiales. En el caso del 15-M, el influjo de aquellas primeras movilizaciones si ha tenido un recorrido más largo, poniendo sobre la mesa temas de debate que hasta el momento se habían obviado o ignorado, organizando a su alrededor una sociedad civil activa y crítica e, incluso, dando a luz a diferentes organizaciones, colectivos y partidos políticos que han asumido parte del discurso y la actividad de las asambleas callejeras de los primeros días. El globo de la indignación ha ido desinflándose, pero algunas de las transformaciones quedan ahí, tanto en las instituciones como en la gente; algunas de las semillas han germinado, reafirmando a muchas personas en un papel de ciudadano que tenían prácticamente olvidado debido a su desafección con la política institucional, y algunos de los temas que se hablaban hace seis años en la calle ya han pasado por el Congreso de los Diputados y demás cámaras de representación política.

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