Opresores de sí mismos

Por David Sierra

Bajaba por la calle Sigüenza en dirección a la glorieta del Paseo de Fernández Iparraguirre. Sabía que la marcha transcurriría por allí. La intención era sumarse. Desde la lejanía se escuchaba una marabunta de silbatos y proclamas que, según avanzaba en los pasos, notaba más cerca. La presencia de un par de policías locales cortando la calle evidenciaban que había calculado bien. La cabeza de la manifestación comenzaba a dar la vuelta en la rotonda de la pastelería Hernando en dirección a la Plaza de Santo Domingo. Aún le quedaban unos metros para llegar. Tiempo suficiente para unirse a la cola de marcha. Desolación.

Desde hace tiempo tenía la sensación de que Guadalajara había perdido su capacidad para protestar. La sensación de que la ciudad y la provincia habían abandonado su capacidad crítica. Cuando al día siguiente pudo comprobar a través de la prensa que los convocantes de la concentración calificaban de “éxito” la jornada se reiteró en sus impresiones. Apenas 300 personas habían sacado tiempo para apoyar con su presencia el acto de protesta que cerraba la jornada de huelga general en la educación para rechazar los recortes y la última legislación vigente.

Según datos proporcionados por el Ministerio de Interior a través de una solicitud de información pública, el descenso en el número de manifestaciones autorizadas por la Subdelegación del Gobierno de Guadalajara es evidente en los últimos cinco años. En 2012 se registraron 58 solicitudes para manifestarse en toda la provincia de las que se llevaron a cabo 53, las otras cinco fueron desautorizadas por presentarse fuera de plazo. Este número ha ido reduciéndose de manera paulatina en el último lustro. El año pasado apenas hubo 18 movilizaciones ciudadanas. Menos de la mitad de las concentraciones que tuvieron lugar hace cinco años superaron los 300 participantes. En 2016, esa cifra de movilización únicamente se sobrepasó en tres concentraciones.

El rechazo a la reforma laboral aprobada en 2012 por el Gobierno de Mariano Rajoy y los tijeretazos llevados a cabo en materia sanitaria, educativa y social por la que fuera presidenta de la región castellanomanchega y hoy Ministra de Defensa, Mª Dolores de Cospedal,  fueron los motivos que generaron una mayor movilización de los guadalajareños con protestas en las calles que superaron con creces el millar de participantes. Sin embargo, ese ímpetu por la defensa de los derechos laborales y sociales adquiridos, y que era canalizado mediante los principales sindicatos a nivel provincial y regional, se ha ido diluyendo hasta el punto de que con el último dato en la mano, fechado en mayo de este año, la última concentración que superó la barrera del millar de asistentes fue en contra del trasvase Tajo-Segura convocada a finales de noviembre de 2015 por la Plataforma Ciudadana opuesta a esta infraestructura. Con un pantano que parece un lodazal y sin visos de que la situación vaya a cambiar a mejor, tampoco la ciudadanía alcarreña está muy solidarizada con la causa a tenor del apoyo mostrado en el último acto reivindicativo ocurrido entre los municipios de Alocén y Chillarón del Rey donde apenas se concentraron 275 personas según los datos oficiales aportados. Guadalajara enmudece y se conforma con las manifestaciones de denuncia institucional. La de siempre. La que acompaña a cada decreto de aprobación de agua destinada al Levante.

Esta situación contrasta con otra tenida lugar hace unos días y que lleva ya varios

capítulos celebrados sin que aún los juzgados hayan mediado. Se trata de la denuncia hecha por la asociación de caza ATICA contra tres funcionarios de la delegación de Agricultura y Medio Ambiente, acusándoles de prevaricación en algunas de sus decisiones como técnicos. La queja llevada a la calle reunió a más de 2.000 manifestantes. Quizá haya que echar conejos y perdices en Sacedón para obtener una mayor movilización social.

Decía el poeta y diplomático estadounidense romántico, James Russell Lowell, que “la democracia otorga a cada uno de los hombres el derecho a ser el opresor de sí mismo”. Guadalajara, en cierto modo, se ha convertido en opresora de muchas de sus reivindicaciones por la escasa movilización de su ciudadanía. La sectorialización de las convocatorias, la falta de encuentro de posturas comunes y la idiosincrasia de una provincia acostumbrada a encasillar a sus vecinos ayudan casi nada.

No llevaba encima la camiseta verde que identifica a los protestantes por los recortes en Educación. Avanzó hasta la cabecera de la marcha con paso ligero. Identificó algunas caras conocidas. Culebreó entre la muchedumbre. Caminó hasta la iglesia de San Ginés. Sus destinos se separaron. No hubo despedida.

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