Sobre modas y otros usos importados

Por Celia Luengo

Durante estos días de fin de curso estamos asistiendo en España a un fenómeno casi inexistente hace algunos años pero que desde hace relativamente poco tiempo se ha puesto de moda en nuestro sistema educativo. Ese evento no es otro que las graduaciones, un acto que nació como reconocimiento a aquellos estudiantes universitarios que durante el último curso académico completaban su plan de estudios obteniendo una licenciatura o un grado académico. Es lógico, por tanto, que los alumnos homenajeados en este evento sean aquellos que han aprobado todas las asignaturas y son merecedores del título académico y también es lógico que la graduación se obtenga una vez finalizado el plan de estudios en su totalidad, eso sería lo normal.

En Estados Unidos, país en el que más renombre y más implantada está esta fiesta, la graduación supone todo un rito de paso a la edad adulta que cumple fielmente con el fin para el que fue creada: el premiar a los alumnos que completan sus estudios. De hecho, siguiendo la tradición, es el estudiante con la segunda mejor calificación quien inaugura la fiesta y el mejor calificado el encargado de pronunciar el discurso final.

En España, este país nuestro tan dado a las exageraciones y últimamente también a imitar lo que no es nuestro, hemos cogido el ejemplo americano y lo hemos estirado hasta deformarlo y hacer que pierda su valor y su sentido. En nuestro afán por querer ser más y por una decisión de alguien con bastante poco criterio educativo, en nuestro país se gradúan todos los alumnos, hayan aprobado o suspendido. Pero no se gradúan una vez, ni dos, ni tres, pueden ser hasta cuatro veces desde primaria hasta la Universidad. Y eso es un error no sólo porque se desvirtúa una fiesta que debería suponer un punto de inflexión en la vida de cualquier joven como paso a la edad adulta sino porque, además, se está premiando a todos por igual sin valorar el esfuerzo personal y eso no es nada bueno para un sistema educativo que necesita incentivar a unos estudiantes cada vez más desmotivados.

Quizás esta moda de graduar todo lo graduable no es algo aislado sino que se incluye dentro de ese círculo, esa tendencia en la que nos hemos enrocado los españoles de importar usos y costumbres de otros, quizás con un afán consumista y comercial, para ir perdiendo las tradiciones propias. No hay más que echar un vistazo al calendario para comprobarlo, con fiestas como “la Noche de Brujas”, Halloween para los americanos, que cada año roba más y más terreno a nuestro Día de todos los Santos, los buñuelos y los huesos de santo son sustituidos por calabazas huecas y si preguntamos a los jóvenes, probablemente muchos de ellos conozcan el significado de la primera de estas fiestas, típica de los países anglosajones, pero desconozcan el de la segunda a pesar de contar con cientos o miles de años de historia.

Pero si hay algo que realmente supera la paciencia de cualquiera, al menos la mía sí, es el Viernes Negro, un acontecimiento que conocemos más por su acepción en inglés, Black Friday. Los españoles, o quizás la parte comercial de ellos, ha adoptado esta tradición procedente de Estados Unidos como si fuera puramente nuestra y con una peculiaridad, lo que llamamos viernes negro no se reduce a un solo día sino que aquí, en este país nuestro de exageración hasta la saciedad, se estira a casi una semana en la que no paramos de ser bombardeados con los eslóganes comerciales y los mensajes publicitarios de todas las marcas y de todos los supermercados, algo realmente agotador.

Puede que sea nuestro afán consumista o las consecuencias de vivir en un mundo global, lo cierto y verdad es que cada día tenemos más de los demás y menos de lo nuestro. San Patricio, el patrón de Irlanda, también se ha ganado un hueco en el calendario festivo español y cada vez son más los ciudadanos que en nuestro país salen a la calle a celebrarlo. Y quien nos dice que, si seguimos así, pronto no nos veamos comiendo pavo asado en torno a una mesa con toda la familia el día de Acción de Gracias, o celebrando la Independencia de Estados Unidos el famoso 4 de julio.

Quizás y aunque nosotros no lo sepamos, en otros países pase lo mismo y se dediquen a quemar las fallas allá por el 19 de marzo, a bailar por sevillanas en la feria de abril o a correr los toros a principios de julio. Son, sin duda, las consecuencias buenas o malas, no lo sé, de vivir en un mundo global, es algo que tendremos que aceptar y soportar.

 

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