Superman con burbujas

Por Patricia Biosca

Gabinete Caligari cantaba aquello de “Bares, ¡qué lugares! tan gratos para conversar…”, y al “calor de este amor”, pero con tintes rurales, la marca de refrescos Coca-Cola ha ideado su nuevo anuncio publicitario, que tiene como protagonistas los locales habilitados para este fin (barra centro social, barra centro cultural, barra pseudoayuntamiento) en los municipios guadalajareños de Fuencemillán, Montarrón y Puebla de Vallés. Utilizando de pretexto la despoblación de la Serranía Celtibérica, bautizada por los medios como la “Laponia del sur de Europa”, pone al bar del pueblo como el último reducto de vida, su “alma”, como si fuese el único nexo que le ata a su existencia. El chato de vino como revitalizante de un lugar que agoniza (o perdón, el misterioso líquido que contiene la archiconocida botella de vidrio con tonos verdosos, aunque en el imaginario social no encaja tan bien como el primer referente. Coca-Cola, un poco traído de los pelos, perdona…).

Aunque la mayoría de la gente que comenta está orgullosa de que hayan elegido estos pueblos para el reclamo de la multinacional gaseosa, a quien escribe estas líneas le provoca, una vez más, sentimientos encontrados. Usar un grave problema de despoblación como reclamo para vender más refrescos se me antoja un poco superficial. Al rebufo del interés suscitado tras varios reportajes de grandes medios elaborados con este tema central, y que pusieron en el candelero esta situación (veremos por cuánto tiempo), que lleva décadas ocurriendo sin que nadie lo remedie, Coca-Cola ha visto un tirón sentimental, que utiliza con gran efecto en su pieza audiovisual. Sin voz en off, solo con las locuciones de los regentes de cada uno de estos bares e incluso alguno de los más viejos pobladores de la zona, eleva un discurso, acompañado por una musiquilla que recuerda a la canción Everybody’s talkin’ de Harry Nilson (“Todo el mundo me habla, yo no oigo una sola palabra de lo que dicen, solo los ecos de mi mente…”), que coloca a la bebida negra casi como la salvación de la especie. Sale incluso una camioneta de reparto con el logo de la marca, como un rayo de luz en unas calles desoladas con perros tirados por mitad de la calle, como la versión española y de pueblo del camión de los helados americano.

Incluso sale el alcalde de Fuencemillán hablando de que el bar hace las veces de Ayuntamiento, donde llegan paquetes o se dejan recados. Incluso de sus sillas y mesas salen propuestas culturales y beneficiosas para el pueblo. Aquí me hace recordar mis tiempos de becaria, en los que, para pedir un programa de las fiestas de verano de localidades pequeñas, y sin localizar a nadie en el Ayuntamiento, se llamaba directamente al bar, donde siempre había algún alma caritativa que te ofrecía un teléfono fijo o incluso algún concejal (en algunas ocasiones, el propio regidor, que venía de una dura faena en el campo) que, solícito, te prestaba la ayuda que buscabas. Al igual que entonces, este hecho encierra una verdad más triste: que los pueblos pequeños carecen muchas veces de una infraestructura y unos servicios básicos y que funcionan gracias a la buena voluntad de sus vecinos, que solo ganan prolongar la vida de esos núcleos moribundos un tiempo más.

Comentando sobre el anuncio, me decía un amigo que a él lo que realmente le apenaba era que la cultura en torno al alcohol estuviese tan normalizada y que se utilizase como un buen pretexto que ensalza las bondades de los pueblos. No le quité la razón, aunque también es innegable la parte de labor social que, ya sea por necesidad o por costumbre, llevan a cabo estos lugares. “Sin el bar, se irían todos del pueblo”, dice al respecto un anciano en el anuncio. Pero, ¿por qué? Quizá es la única vía de escape que le queda a estas zonas, con inviernos duros y veranos como espejismos de lo que un día fueron, dejados de la mano de las administraciones hace ya mucho tiempo, que solo se acuerda para las elecciones, cuando reasfaltan carreteras de la posguerra. Menos mal que Coca-Cola ha reparado en ellos, y con su capa roja y sus burbujas vendrá a salvar a estas almas furibundas, como pasó con Majaelrayo y su entrañable abuelo, o la catedral de Justo Gallego, ¿no?

 

 

 

 

 

BONUS TRACK: Si no le han tenido que dar al enlace que acompañaba a los nombres que acompañan el último párrafo, entonces aún le puede quedar alguna esperanza a estos tres pueblos.

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