La Comunidad del Abono

Estudiantes a la salida del metro de Ciudad Universitaria. // Foto: Diego Sánchez (Madridiario.es)

Estudiantes a la salida del metro de Ciudad Universitaria. // Foto: Diego Sánchez (Madridiario.es)

Por Patricia Biosca

La semana pasada salieron las notas de Selectividad de los estudiantes que hicieron el examen en la Comunidad de Madrid, entre los que se incluyen los guadalajareños por estar suscrito el campus de Guadalajara en la Universidad de Alcalá de Henares. Atrás quedaron los nervios, la incertidumbre, las elecciones entre Historia o Filosofía, Economía o Historia del Arte (en mi época, allá por 2005, era así; ahora ni siquiera sé si la prueba se sigue llamando de la misma forma, porque en Educación somos siempre muy modernos y nos gusta cambiar el nombre cada dos por tres, como si fuese la contraseña de la caja fuerte de un banco). Ahora lo que toca es echar cuentas y optar, en la mayoría de los casos, a una carrera universitaria. Muchos elegirán Madrid como destino, aún a sabiendas que tendrán que ir y volver todos los días. Pero, ¿qué es un viaje en transporte público cuando espera el comienzo de una nueva etapa?

Servidora ha pasado por ese trance: imbuida por el espíritu de Amenábar y las ganas de estudiar en el mismo escenario que se grabó Tesis, eligió Ciencias de la Información, la querida y odiada a partes iguales Universidad Complutense. No sabía muy bien cuál de las tres carreras quería cursar, solo tenía claras dos premisas: cuanto más lejos de Guadalajara, mejor, y que aquellos muros de hormigón serían parte de mi día a día hasta por lo menos 2010. Mis padres me quitaron pronto la idea de vivir en una residencia de estudiantes, mucho menos alquilar un piso, pero me daba igual (como seguramente les ocurra a muchos preuniversitarios en este mismo momento). Tras echar la solicitud, me llegó la notificación de que sería parte de la promoción 2005/2006 de Periodismo de la UCM, escrito en un papel que parecía de otro siglo estampado con la tipografía que inauguró la imprenta allá por 1440. No se imaginan la alegría que entonces recorrió cada poro de mi piel, la sonrisa que me gasté durante el verano más largo de mi vida académica, a pesar de tener que trabajar esos meses en una fábrica gris de logística para pagarme el abono transporte, incluso fantaseando con la idea de ganar lo suficiente para irme a vivir a Madrid. ¡Era oficialmente una universitaria!

Llegó octubre y la primera toma de contacto con mi nueva vida. Mucha gente nueva de todos los rincones de España, con tantas ganas como las mías y la sed de un náufrago al beber los litros de calimocho de la cafetería. Todo eran ideas revolucionarias, libros que leer, películas que visionar, música que escuchar. Y solo era el día de las presentaciones.

Una semana después comenzaban las clases y el tono se relajaba. Se relajó a temperaturas por debajo del cero según me bajé del autobús en Avenida América tan cansada de un viaje de 50 minutos al que no estaba acostumbrada que solo podía pensar “y aún me queda ir a clase y luego volver”. El azar quiso que me tocase en el turno de tarde, por lo que los madrugones que se pegaban algunos amigos no me tocaron de cerca. “Guadalajara tampoco está tan lejos”, decíamos a los que se echaban las manos a la cabeza tras decirles de dónde veníamos (aún nos pasa a aquellos que seguimos pernoctando en la provincia, pero que trabajamos en la cercana/lejana Madrid) , y nos encantaba echar cuentas de cuánto tardaba la gente residente en Madrid, pero no en el centro. La sensación de cansancio se fue tornando en costumbre en los viajes, perdiendo mínimo tres horas de vida al día montado en un tren o un autobús, como un agujero negro del tiempo que gastas en escuchar música o en leer (aquellos afortunados que no se marean y que heredarán el cielo del ALSA).

Cada mes, la ceremonia de comprar el abono en el estanco y aferrarnos a ese trozo de papel que, si se perdía, se convertía en una tragedia griega (escalofríos dan si se piensa en la pérdida del título entero y la travesía de Dante a los infiernos para hacerte con uno nuevo…). La tarjeta le ha quitado encanto a ese momento, pero también muchos sudores fríos al no palpar ese documento plastificado en el bolsillo en el que debería estar, con su correspondiente billete encajado en una funda que se iba abriendo peligrosamente con el tiempo.

Mientras, nuestros compañeros que habían elegido el campus de Guadalajara (“Yo ni loca me quedo aquí”, repetíamos por unas fechas como estas hace 12 años mis amigas y yo), en algún caso solo por la proximidad con el hogar familiar, nos miraban llegar con la mochila al hombro, sudando como pollos, desde la tranquilidad de la terraza del bar, tras haber terminado sus clases hacía diez escasos minutos. “Yo no sé por qué te fuiste a Madrid”, te decían. Y en ese momento no podías evitar pensar “Yo tampoco”. Esos mismos que picaban a los estudiantes de Alcalá, quienes se quejaban de vicio con un trayecto que solo duraba 20 minutos. Y, en el otro extremo, aquellos héroes que cursaban estudios en la periferia de la capital de España, que utilizaban 5 medios de transporte en un solo día y gastaban el mismo tiempo en las clases que en el viaje, e incluso más. De esta clasificación, hay quien desarrolló pies de Hobbit de tanto andar, por lo que al final dejó el anillo a medio camino porque la ciudad universitaria de Mordor estaba muy mal comunicada.

Chaparrones, nevadas, retrasos, carreras por no perder el último autobús… era el día a día del universitario que decidía estudiar en Madrid y continuar residiendo en Guadalajara. Revisión de apuntes (incluso “empollar” temas que ni siquiera se habían leído antes, porque otra cosa no, pero tiempo había), cabezadas contra el cristal, colas interminables con ansias de coger el asiento de la ventanilla y abstraerse en el paisaje marrón pintado por el cereal. Pero también confidencias con aquellos que el transporte público convirtió en tus amigos, risas y miradas de reprobación de la gente que quería dormir, historias rocambolescas que suceden durante los trayectos infinitos (que levante la mano quien no ha sufrido la combustión espontánea del motor del autobús). Porque hasta que no se invente el teletransporte, esa será vuestra realidad, queridos preuniversitarios. Bienvenidos a la Comunidad del Abono.

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