Cuatro horas a la semana

Por David Sierra

A punto está el reloj de pared de marcar las tres y media de la tarde. La jornada ha sido intensa pues desde primera hora de la mañana, en la que se presentaron en su casa los obreros que tenían por encargo levantar la calle, Juan Pablo no ha parado. En su domicilio están las llaves que abren todos los entresijos del pueblo – un pequeño municipio de apenas 120 habitantes -, desde el almacén municipal donde se guardan los bártulos de trabajo diario hasta la propia Casa Consistorial que frecuenta desde que fuera elegido alcalde hace ya un par de legislaturas.

Aún no ha podido probar bocado. Era día de secretario, que asiste dos veces por semana. Tras hacer de improvisado director de obra e indicar a los trabajadores de la empresa encargada de llevar a cabo la renovación de la red de agua de un pequeño tramo de vía donde tenían que abrir el boquete, su actividad continuaba en las oficinas municipales. De camino, Braulio, un vecino del pueblo, le interrumpe. Tiene un problema en el contador de agua de su casa. Al parecer, no funciona correctamente y le han pasado una factura desorbitada. Él y su mujer apenas gastan para lavar y beber. Comprobado el asunto, se compromete a resolverlo.

Llega tarde a la reunión que tiene con los agricultores del municipio. De nuevo el tema de los riegos de las parcelas más cercanas al río le llevará un tiempo. Aunque todo está hablado y acordado en conversaciones de taberna, hay que hacer las cosas bien para que no haya malentendidos. Y sin haber despedido a los congregados, ya le espera un nuevo asunto más complicado. De tierras, de lindes y de catastros. Una vecina le reclama una pedazo de terreno que figura como municipal y que considera como propio. Cada parte defiende lo suyo y el acuerdo es casi imposible sin la mediación judicial. El tono de voz se levanta por momentos y la tensión amaina con un ¡nos veremos en el juzgado!

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Con su nuevo sueldo de alcalde, Antonio Román se sitúa en el tercer puesto de esta lista percibiendo 1383 euros al año por cada mil habitantes.

En un instante de pausa, el regidor aprovecha para firmar la pila de documentos que le guardaba el secretario para dar curso a la tarea administrativa, que no para. Y con la llegada del verano se intensifica por cuatro. Los ‘nuevos’ vecinos inundan el pueblo y se hacen fuertes durante dos meses en los critican todo lo habido y por haber. Ninguno está empadronado. Pero justifican el pago del IBI (Impuesto de Bienes Inmuebles) para exigir. Que las fiestas patronales están al caer.

Es mediodía. Juan Pablo ha quedado en la capital con uno de los técnicos de Diputación para trabajar sobre su proyecto estrella de la legislatura. El que tiene en mente desarrollar con apoyo financiero de la Institución provincial. Ya de paso, aprovechará el viaje para otras tareas, algunas propias y otras de interés municipal. Algo de compra y una visita al abogado que lleva las cuestiones más controvertidas del Consistorio para entregarle documentación y despachar algunos temas recientes. Regresa en su vehículo, ese con el que viaja a menudo y cuya matrícula ya forma parte de los registros de seguridad de la mayor parte de los entes institucionales. Antes de ir a casa vuelve al Ayuntamiento. Allí le espera Amalio, el presidente de la Asociación de Jubilados. Tienen un problema con el aire acondicionado de su local y no saben cómo resolverlo.

Son las tres y media. Llega a casa exhausto. Juan Pablo devora el plato de comida en apenas diez minutos y sale pitando. Entra a las cuatro. Es vigilante jurado en turno de tarde. Esta semana. La que viene quien sabe. Aunque tiene prohibido el uso del teléfono móvil en horario laboral, por su condición de alcalde la empresa le ha permitido atender llamadas que estén relacionadas con su otra actividad ‘profesional’. Esa que le ocupa la mayor parte de los días. De todos los días, domingos incluidos y fiestas de guardar. A las once de la noche sale con la agenda repleta de compromisos para la jornada siguiente.

Mientras Juan Pablo hace encaje de bolillos para atender de la mejor manera a sus vecinos sin que ello pueda suponer una pérdida de su puesto de trabajo, en Guadalajara capital, su alcalde, Antonio Román, obliga a debatir en el pleno que su dedicación al Consistorio no sea plena, sino parcial. Hasta la fecha no había sido ni lo uno ni lo otro. Que dedicarle a Guadalajara el 90% de su tiempo es suficiente. Y que tener un sueldo acorde con esa dedicación es lo legítimo. Eso han aprobado con el tinte naranja.

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El debate no radica en la procedencia del sueldo ni en la cuantía de la retribución, sino en la dedicación que el máximo representante de una ciudad de ochenta mil habitantes debe tener y por la que accedió a ser candidato en unas elecciones en las que solicitó el voto. “Estoy aquí por vocación, por servir a mis vecinos, y si yo puedo trabajar y que por mi trabajo (en la Sanidad en este caso) gane mi sueldo, el trabajo político en este caso lo hago por vocación de servicio a los vecinos de Guadalajara” argumentaba en una entrevista a la Cerca publicada en febrero de 2016 cuando el asunto sobre su sueldo volvía a ser tema de debate.

La pregunta es evidente. ¿Puede una capital de provincia permitirse el lujo de que su alcalde no tengan una dedicación exclusiva a la misma?. Una de las maneras que los ciudadanos tienen para garantizar que los regidores y el resto de representantes públicos cumplen con sus obligaciones es a través del sueldo cuyos márgenes están establecidos mediante la Ley de la Reforma Local. Cobrar por desempeñar una función de la responsabilidad de dirigir los designios de toda una población es no sólo loable, sino que debiera ser imprescindible para una rendición de cuentas más transparente. La vocación por el servicio a la ciudadanía es un atributo más que complementa la actividad del servidor público.

La exclusividad, sin embargo, es en la actualidad un privilegio que sólo se les otorga a algunos. La configuración territorial de nuestro país, con municipios muy reducidos en términos poblacionales y de recursos, impide que todos los principales representantes públicos puedan disponer de esa dedicación exclusiva. Reducir esa brecha y permitir que quienes han decidido los ciudadanos que les representen lo puedan hacer en las condiciones más optimas, sin otros condicionantes ajenos a la tarea de gobierno encomendada es aún una utopía. Y Román, con su decisión y el beneplácito de Ciudadanos, continua haciendo un flaco favor para acortar esa distancia. Las cuatro horas a la semana que a Juan Pablo le harían falta.

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Un pensamiento en “Cuatro horas a la semana

  1. Juan Pablo en su pueblo no tiene cientos de funcionarios, operarios, administrativos, gabinete jurídico, gabinete de prensa, policia, bomberos, arquitectos, ingenieros, economistas, etc etc ni tampoco concejales liberados (hace 20 año en número de concejales liberados era ridículo, ahora es legión). Veo bien que un medico (al igual que un abogado, ingeniero…) se dedique a ejercer su profesión (aunque sea al 10%) mas que nada porque no me gusta los políticos que no saben lo que es trabajar y se dedican a la política como profesiónales.
    Por cierto para compensar esas limitaciones básicas de los municipios de los perqueños se crearon las Diputaciones que si no sirven para nada (colocar políticos) habrá que reformarlas para que puedan dar servicios a pueblos pequeños como el de Juan Pablo .
    Por último me gustaria que repasara la vida laboral de los concejales del PP, PSOE, CS, Podemos, para hacer quinierlas de quién va a ser político profesional hasta la jubilación, eso si que seria un buen trabajo de investigación, y de paso de Alcaldes de pueblos cercanos.

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