El mal perder

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Reunión entre el presidente de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y el secretario general de Podemos en la región. // Foto: Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha

Por Borja Montero

Castilla-La Mancha ha sido estos días noticia en todo el territorio nacional después de que el presidente de la Junta de Comunidades, Emiliano García Page, ofreciera a los diputados de Podemos un acuerdo para que se integraran en el Gobierno a cambio, evidentemente, de su apoyo en los restantes dos años de mandato. La trascendencia de que ha hecho que la noticia saliera de las fronteras de las cinco provincias que componen nuestra región, es la lectura en clave nacional de este acuerdo, analizando la posibilidad de que éste fuera una suerte de preludio de un acercamiento de PSOE y Podemos para desalojar al PP de La Moncloa, ya sea dentro de esta legislatura o después de unas futuras elecciones. Sin embargo, al margen de la respuesta que los militantes de ambos partidos den a las consultas planteadas desde ambos y, por tanto, de la vertebración real del pacto de gobierno para lo que resta de mandato, los análisis que se pueden hacer del hecho en sí, más fijándonos en el pasado que en el futuro, tienen también cierto interés.

La Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha lleva algo más de dos años lastrada por una situación que no se había dado nunca, y es que un tercer partido se ha metido en las Cortes Regionales, haciendo que el ascenso al gobierno de los dos habituales contendientes, PP y PSOE, no sea tan directo (y absoluto, como las mayorías que solían alcanzarse) que hasta el momento. Esta nueva realidad aritmética ha hecho que los tres actores principales de la política castellano-manchega se vean afectados por una suerte de traumas que se han manifestado a lo largo de este tiempo y que, en buena medida, tiene su origen en su faceta de perdedores con respecto a sus expectativas previas.

En primer lugar, encontramos el mal perder evidente de quien no gobierna y, además, ha sido desalojado de las posiciones de mando, esto es, el PP. Desde el inicio del mandato, y como buen partido de la oposición en esta política vacía de contenido y de debate y alimentada únicamente por la confrontación, los populares se han opuesto a todos y cada uno de los movimientos de Page y su equipo, llevándoles en ocasiones a criticar una cosa y la contraria, dependiendo del momento en que se produjera la decisión o el anuncio del consejero de turno, sin olvidar por supuesto la desmemoria de quienes, hace apenas unos años, se encargaban de esas mismas materias y no fueron capaces de solucionar los problemas que ahora denuncian. Así, y ciñéndonos al tema que nos ocupa, a lo largo de los dos años del actual mandato, han sido muchos los diputados del PP que han puesto en tela de juicio la capacidad del presidente de liderar la región precisamente porque no era capaz de llegar a un acuerdo con otro partido para asentar su mayoría en la cámara, mientras que ahora, con el anuncio del ofrecimiento del pacto aún caliente, critican la “podemización” del PSOE, llaman “pacto de perdedores” a esta posible alianza y predicen la llegada de las diez plagas a Castilla-La Mancha.

Este síndrome del mal perder también ha afectado a quienes han ganado, al menos sobre el papel. El PSOE regional se ha debatido durante dos años entre la alegría de recuperar el Gobierno, los estreses propios de la labor ejecutiva y de la consiguiente lidia de las críticas de la oposición y el vértigo de tener que llevar sus propuestas a las Cortes, donde su aprobación dependía. Con mayoría absoluta era más fácil, pensarán los más viejos del lugar. También lo hubiera sido con un pacto de Gobierno o legislatura con Podemos, no solamente de investidura, algo que muchos daban por sentado en cuanto se conocieron los resultados electorales pero que quiso la fortuna que coincidiera con un momento estratégico de cierta tensión entre ambas formaciones, inmersas en otro proceso electoral, en el panorama nacional. De aquellos polvos, los lodos que hemos estado surcando, con los socialistas dejándose querer, incluso haciendo algún guiño para ganarse los votos afirmativos de los dos diputados de Podemos, pero resistiéndose hasta este verano a ofrecer compromisos a más largo plazo y los morados dando algún que otro puñetazo sobre la mesa para hacerse saber necesarios a pesar de no estar en el Gobierno.

El tercer actor de la función, Podemos, también se ve aquejado de este síndrome del mal perder. Y es que la insatisfacción es la sensación que más veces se ha repetido en la formación liderada por Pablo Iglesias. Después de su debut atronador en las elecciones europeas, el afán del partido, como de todos, ha sido hacerse con mayorías de Gobierno o, al menos, con la hegemonía de la izquierda y de la oposición al PP, pero no han terminado de romper la brecha necesaria para situarse en esa posición. Con esa trauma de eterno perdedor al que todo el mundo felicita por sus buenos resultados (no es fácil colarse en la Cortes de Castilla-La Mancha con la ley electoral actual ni sacar 70 escaños en el Congreso de los Diputados), parece que el recurso al pataleo, a la escenificación y a la propuestas más efectistas y reivindicativas que plausibles se ha acabado y que la nueva versión de Podemos tiene un talante más negociador, una tendencia que puede tener su primer gran hito en la rúbrica de este acuerdo.

Si al final se produce, el pacto de Gobierno PSOE-Podemos tendrá un efecto desigual para los dos firmantes, sobre todo de cara a las futuras elecciones (el PSOE se llevaría todo el crédito de la gestión, mientras que a labor de Podemos como Pepito Grillo de la sociedad desaparecería o quedaría tremendamente matizada a formar parte del engranaje del sistema), por lo que habrá que esperar para saber si las condiciones del pacto cambian para hacerlo más apetecible. De cualquier manera, la oferta de Page es sin duda una buena noticia en el inmovilismo partidista al que nos tiene acostumbrado la política actual.

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