El desfile

Por David Sierra

Son fiestas en Guadalajara y la Calle Amparo se ha convertido en vía peatonal. Hace ya un buen rato que el estruendo de la traca lanzada tras el chupinazo ofrecido por la Peña Choítos ha puesto sobre aviso a la ciudadanía y las aceras de un lado y otro comienzan a abarrotarse. Coger un buen sitio garantiza estar cerca de lo que pueda pasar por allí. Todo es incógnita, aunque desde hace ya varios años apenas hay sorpresas. La desorganización organiza al gentío. Todo es simple. Discurrir calle arriba y luego cada uno a su cueva. Es el desfile de peñas.

La espera se hace eterna y los más pequeños se impacientan. Cruzan la calle de lado a lado y no es extraño (Guadalajara lo permite) que encuentren algún que otro compañero de clase con quien matar el tiempo. Se oyen tambores y trompetas al fondo. Se oyen charangas. No hay compasión y todas tocan casi a la vez, aunque eso aún no se puede apreciar. Sigue la espera.

La policía local advierte, sobre ruedas, que la juerga se acerca. Comienzan las especulaciones y los recuerdos de otros años. Las conversaciones sobre donde están alojadas cada una de esas muchedumbres coloridas y las añoranzas de un ferial que, gracias a Dios, ha dejado de formar parte del paisaje desolador de solares abandonados que siguen asolando a la capital. Por mucho que a muchos, concejales incluidos, les siga pareciendo intolerable que el recinto esté al otro lado de la autovía, ocupar ese espacio con un parque no ha sido tan mala idea después de todo. Sobre todo si preguntan a los niños que, día a día, disfrutan de él y que ha servido para revitalizar toda una zona, la de San Roque, que estaba avocada al olvido en detrimento de otros barrios más prometedores.

La masa peñística que sube por la calle Mayor acoge con alivio la plaza de Santo Domingo. Algunos aprovechan la ocasión para adelantar posiciones y salirse de la manada. Las charangas llevan su ritmo. No existe coordinación y cada una toca lo que le parece sin contar con quien le antecede y le sucede. Las edades de los peñistas y la parafernalia con la que afrontan el cortejo pone de manifiesto cómo serán sus fiestas. Llevan ya un buen rato ingiriendo revitalizadores en formato de vaso de litro. En realidad, lo que sucede a ambos lados de la calle importa un pimiento.

Atraídos por la música, los niños comienzan a ilusionarse. Esperan algo. Han estado en más acontecimientos de este tipo y siempre había sorpresas, unas más gratas que otras. Pero había sorpresas. El colorido de las camisetas y las indumentarias, junto con la valentía de aquellos que, además, prefieren ocultarse bajo el disfraz y la peluca, incrementan las expectativas. Alguna pequeña carroza iluminada para la ocasión con lanzamiento de escasos caramelos ensalza aún más el ánimo de los pequeños espectadores. Y lo mejor está aún por venir, piensan.

Hasta que comienza el paseíllo. Los más serenos guardan la marcha y el centro. Tratan de hacer del desfile un acto honroso con el propósito de impedir que las ilusiones se desvanezcan. El alcohol hace mella. Y los porros. Tratan de involucrarles en la fiesta con pegatinas que ofrecen como si estuvieran haciendo una colección de cromos. La degeneración humana a estas alturas del recorrido ha llegado a su máxima expresión. Las calles aledañas se han convertido en urinarios improvisados y las ordenanzas municipales de convivencia ya no rigen. En un portal con descansillo, dos chavalas cuidan de su amiga que, con la cabeza abajo intenta aliviar sus penas gastrointestinales. No es la única. Ni el único.

Dos horas después de aparcar en esa acera, han pasado todas las peñas y es hora de plegar las velas. Un hedor nauseabundo impregna toda la calle y acumula basura a ambos lados. Será un hedor que acompañará a la ciudad durante una semana. El jolgorio se escucha de fondo, trasladado a otros lugares. Los pequeños llegan desolados a casa. Las ilusiones desvanecidas por un discurrir de cuerpos embriagados. Es el desfile. Les digo.

3 pensamientos en “El desfile

    • Ya le gustaría a usted escribir tan bien como David. Está haciendo unos artículos extraordinarios en este blog. Y desde luego que es infinitamente más educado que quien le insulta desde el anonimato.

  1. Es cierto que el desfile es una auténtica mierda. Un sinsentido de borrachos en procesión al que ha contribuido un Ayuntamiento que no pone normas ni marca una pauta para que aquello sea algo al menos digno de desfilar.

    Pero, querido David, ni a ti ni a nadie se le obliga a ir allí y el desfile es así desde hace años. Si no quieres ver el triste espectáculo ni desilusionar a tus hijos, no vayas. Ya me dirás que pintas allí esas dos horitas. Tú y todos los curiosos que de arremolinan allí a cotillear, porque, si no hay nada digno de ver, pues ya me dirás a qué va la gente, muchos de ellos abuelos y padres con hijos.

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