Ciao, franciscanos majos

Los franciscanos José Luis de Cruz, Pedro Ruano y Severino Cervero, en el jardín del convento El Carmen. // Foto: Eduardo de Sanbernardo (Diario ABC)

Los franciscanos José Luis de Cruz, Pedro Ruano y Severino Cervero, en el jardín del convento El Carmen. // Foto: Eduardo de San Bernardo (Diario ABC)

Por Patricia Biosca

Si callejeas por el centro histórico de Guadalajara, paralelo a la bulliciosa (a ratos) Calle Mayor, y escondido en una esquina por la que se pasa con el coche sin más opción de girar a la derecha, te topas con una de esas joyas escondidas de la ciudad, el Convento del Carmen. Es imposible no preguntarse qué es lo que esconden sus vetustos muros del siglo XVII (aunque comparando con otros edificios similares, fue uno de los últimos en construirse) y admirar cómo no encaja con el moderno urbanismo que le rodea. Sus bancos de piedra animan a sentarse en las noches de verano y los setos que adornan cada lado de la puerta siempre están perfectamente cortados. Pero no suele haber nadie. O, por lo menos, las veces que he paseado por delante haciéndome todas estas preguntas, vi pasar a todo el mundo de largo, sin reparar en lo extraño de este remanso de paz anclado en el tiempo al lado de una calle que ve subir y bajar gente todos los días. Mucho menos conocía que, en su interior, habitaban José Luis de Cruz, Pedro Ruano y Severino Cervero, los hermanos franciscanos José Luis, Pedro y Severino, junto a otros tres monjes más.

Más de un siglo ha pasado desde que la Orden Franciscana se hiciera con la gestión del convento. Fue cedido a las monjas de Sor Patrocinio, “la monja de las llagas”, muy apreciada por la reina Isabel II de España. Desde entonces, las religiosas de clausura moran –y lo seguirán haciendo, de momento– el ala oeste de las instalaciones (como en la serie de Sorkin, que para eso se lo dieron a ellas. No puedo evitar imaginármelas con gafas de sol negras en plan Sister Act chungas y firmando papeles en una especie de Despacho Oval con cristos colgados de las paredes), juntas (pero nunca revueltas) con los monjes franciscanos que habitan el ala este. Hasta el pasado jueves. Ese día se hizo efectivo el desalojo de los hermanos, que después de más de 120 años abandonaban su casa para desperdigarse por otros conventos. Falta de vocaciones, alegaron las altas esferas franciscanas. El edificio veía por segunda vez en su historia como le dejaban vacío, escenificando una especie de Desamortización de Mendizábal pacífica, sin tiros de por medio como cuando los monjes de la Orden de las Carmelitas Descalzas, moradores de aquellas habitaciones en el siglo XIX, intentaron impedir la medida. Los franciscanos siempre parecieron mucho más resignados a los devenires de la historia, aunque contasen con zapatos.

La noticia pilló con el pie cambiado a la ciudad. Pocos nos acordamos de los seis monjes que veían la vida pasar tranquilamente desde el huerto del Convento del Carmen, pero ahora les echamos de menos. Julia, vecina del barrio, aseguraba al Diario ABC que “todo el mundo protesta porque es una pena”. “Yo nací detrás de esta iglesia y mi hermano hacía de monaguillo cuando era pequeño. Siempre hemos estado a gusto con los franciscanos”, apostillaba la señora, que salía de la última misa ofrecida por estos monjes. Recuerdos de cuando era pequeña, pero no de la actualidad, lo que hace pensar si los monjes, aún estando, no eran ya una evocación del pasado. La noticia no dice si había mucha o poca gente en este acto de despedida. Lo mismo, si lo llega a convocar Denaes, habría sido más multitudinaria y vistosa, quién sabe.

“Cuando cerramos una casa, te duele más marcharte, pero no hay otro plan B”, decía con resignación a la cadena Ser de Castilla-La Mancha el hermano José Luis. Él se encargaba de ayudar en una enfermería destinada al cuidado de otros hermanos mayores, además de ser “el chico para todo”, que lo mismo le tocaba llamar al fontanero que dar una misa en el colegio de Los Hermanos Maristas. Este monje oriundo de Aranda de Duero (tierra de lechazo, vino y Sonorama) llevaba dos años en Guadalajara “muy a gusto”, igual que Julia. Afirmaba que ahora “hay menos para todo lo que no es vocacional, menos lo que es remunerado”. En ese momento de la entrevista un pequeño enfado acude a mis tripas y provocan que escuche el resto con el ceño fruncido, igual que el emoji de WhatsApp. Hasta que, de repente, suelta una frase como un dardo envenenado dirigido no sé muy bien a qué o a quién, pero ahí lo deja: “Ha sido una experiencia fuerte en el confesionario. Guadalajara es muy religiosa, y hay muchas personas que sufren. Sufren Moralmente. Y creo que es por la educación que han recibido, que han visto el mal donde para Jesús, Nuestro Señor, no era tanto mal (…) Y cuando el Evangelio debía haber hecho una función liberadora, en realidad les ha atrapado dentro, les ha atado (…) Ves el sufrimiento de la soledad”. ¿Habéis oído el ‘zasca’ desde Sigüenza? ¿Se ha escuchado la bofetada en Alcalá?

El hermano José Luis remarca constantemente la necesidad de “mirar para delante”, de la necesidad de “meter frescura” en las congregaciones aunque para eso haya que “reducir”, de su condición de “transeúnte” durante estos dos años. Cuando se despide de la periodista, le asegura con voz divertida: “No te digo aquí estamos, pero aquí dejamos huella”. Quizá más de la que imaginaba en un principio. Quizá los recuerdos de Julia no se limiten al pasado. Es lógico que la señora no lo diga, es secreto de confesión.

La conversación termina y se escucha al hermano José Luis decir:

— Igualmente, maja. Buen día. Ciao.

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