El Mario Conde de los corderos

Un cordero otea el horizonte desde su redil. // Foto: Benjamin Nelan (Pixabay)

Un cordero otea el horizonte desde su redil. // Foto: Benjamin Nelan (Pixabay)

Por Patricia Biosca

En los primeros años de Periodismo me explicaron qué era la agenda-setting, una teoría que me maravilló por su capacidad para haberse instalado de forma sibilina en nuestras mentes, como una tenia en un intestino, que está ahí sin darnos cuenta. Este concepto basa su argumentación en la influencia que los medios de comunicación tienen en la sociedad; esto es, lo que no sale en la prensa, no existe, y son los mismos periodistas (mejor dicho, los dirigentes de las principales cabeceras) quienes dicen qué hechos tienen interés y cuáles acaban durmiendo el sueño de los justos. “A sangre fría”, de Truman Capote, que daría lugar a toda la corriente del Nuevo Periodismo, surgió precisamente de la antítesis de la hipótesis que plantea la agenda-setting: como un breve en un periódico se convirtió en una historia que conmocionó al mundo entero solo por darle la importancia que realmente se merecía: toda una novela (e incluso luego una película).  

Muchas veces recuerdo esta historia y me pongo a leer noticias que suelen pasar desapercibidas. Como mi ego y mi ambición, aunque existentes, tienen sus limitaciones, no busco informaciones con las que rellenar un libro de cientos de páginas. Sólo me pregunto qué es lo que hay detrás de ellas. Es el caso de la siguiente noticia: “Lo juzgan por comprar 454 corderos a un empresario y no pagarlos”. Para empezar, el titular, “pistolero” donde los haya, llama la atención (+1 punto). Es casi imposible resistir la llamada del clic. La combinación de juicio, más corderos y estafa es realmente atrayente (por lo menos en mi caso. El psicólogo sale muy caro y cada uno tiene sus remedios para evadirse del mundanal ruido del día a día, no me juzguen). Aunque con miedo porque el artículo me decepcione, comienzo a leer. La historia es la que sigue:

El Juzgado de lo Penal número 1 de Albacete juzgó ayer a un hombre por un “presunto delito continuado de estafa” por el que la Fiscalía le pide 3 años y 9 meses de cárcel. Es decir, si le condenan, no se librará del pijama de rayas. Además le requiere una indemnización de 29.813,33 euros. Según el escrito de la acusación al que ha tenido acceso Europa Press, en el año 2009, el querellante, al que llamaremos Pepe, conoció al acusado, al que me referiré como Antonio, una suerte de Mario Conde de los corderos. Pero Pepe, que se dedicaba a la compra, venta y transporte de ganado, aún no sabía del ardid al que le sometería el bien pintado de Antonio, que le agasajó con opíparas comidas y paseos a concurridas carnicerías llenas de clientes a las que le aseguraba que proveía de material. Así le convenció de “aparentar una gran solvencia económica y una sólida pujanza comercial”, relata el texto.

Confiado por las buenas maneras de Antonio, Pepe vio un filón para hacer negocios. ¡Quién se iba a resistir al encanto de una buena mesa y consumidores ávidos de productos cárnicos elaborados, huevos, aves y caza! Pepe le llevaría ovejas y corderos, mientras que Antonio se encargaría de venderlos en la múltiple red de la que hacía gala. Me imagino a Pepe, ilusionado con los futuros beneficios de un acuerdo que parecía fructífero a todas luces, comentando con su mujer la suerte de haber encontrado a un Antonio en su camino y los planes de futuro de una empresa en expansión.

No pasó ni un año y Antonio le reclamó por teléfono los primeros pedidos. Los precios se establecían en base a los fijados por la lonja de Albacete (unas tablas endemoniadas que no son nada fáciles de leer para el vulgo inexperto en estos temas, he de recalcar). Las primeras transacciones fueron bien: Pepe recibía puntualmente el dinero de Antonio, con lo que la confianza y las ilusiones aumentaron, igual que la cuantía de los pedidos de animales. La imagen de un afable Pepe viene a mi cabeza, contando ovejas y soñando despierto con las posibilidades del negocio. Le imagino apuntando los 454 corderos del último reclamo de Antonio, que la lonja de Albacete valoraba en casi 30.000 euros. Desde mi perspectiva de asalariada precaria, supongo que para Pepe no era una cantidad desdeñable, pero no lo sé a ciencia cierta, porque no soy Truman Capote y no he hecho entrevistas a sus allegados para conocerle. Pero sí que puedo intuir su rabia en ese momento en el que se acercó al banco a cobrar los pagarés de la deuda generada por el casi centenar de corderos que salió de su finca para no regresar y le dijeron que en esa cuenta no había ni un duro: Antonio, un Bernard Madoff de la ganadería, nunca pensó pagarle los animales.

Esta semana se dirimirá el veredicto de esta supuesta estafa, que seguramente no se refleje en más medios de comunicación. No sabrán cómo se ha sentido Pepe, todo lo que ha perdido. Tampoco de la trayectoria de Antonio, si era su debut como supuesto (siempre “supuesto”, la palabra mágica que nos aleja a los periodistas de los juicios, como el “casa” en un pilla-pilla) estafador o hay más damnificados. No conocerán si el negocio de compraventa y transporte se fue al garete, qué le dijo Antonio a Pepe para embaucarle. Pero si conocerán por qué las madres responden de la misma forma ante el llanto de un bebé, que los oftalmólogos también se operan de la vista y que ruedan una película porno en Sevilla a plena luz del día. Piensen si, entre estos titulares de grandes periódicos, no podría estar, incluso con más derecho, la historia de Pepe y Antonio, el juicio por los corderos de Albacete.

Caprichosa agenda-setting, líbrenos de hacernos preguntas. Amén.

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