El bando

Por David Sierra

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Suspiraba fatigado. Lo había advertido por activa y por pasiva cada verano a través de una infinidad de sistemas y mecanismos de información que superaban la imaginación humana. El más habitual, en forma de bando, no tenía ninguna atención a pesar de grapar los panfletos por todas las calles y en los lugares más insospechados. Un poste de luz, una pared, una ventana, e incluso en el tablón municipal. Es la batalla pérdida a la que hacen frente los Consistorios y que lleva a sus ediles a frecuentes disputas vecinales por tratar de hacer cumplir la ley que, en forma de ordenanzas, regulan desde hace algún tiempo la vida cotidiana de cada núcleo urbano en pro de una mejor convivencia.

Es el reclamo sobre el que los responsables municipales siempre tienen palabras que transmitir. Es como un punzón que apuntilla sus sienes y les enerva la sangre ante la indiferencia. Pasear por las calles de su pueblo, el que gobiernan, y comprobar que todo funciona más o menos razonablemente bien; y encontrarse con esa jungla de matojos que rompe la armonía; o esa colina de enseres viejos; o esos restos de la última reforma de la casa del pueblo: esa del tejado que dejó a la deriva una montaña de adobes descuartizados, paja y cañizo para convertirse en refugio de otras especies animales más duchas en el arte de habitar recovecos.

“Es el segundo bando ya que publico y si no consigo que limpien sus parcelas, el Ayuntamiento va a advertirles por escrito y de manera individualizada a ver si así se dan por aludidos” comentaba el regidor de un pueblo de esos que linda con la serranía guadalajareña. Un mes después, seguía en sus trece, pero sin resultados. Los operarios municipales le habían elaborado un informe con las parcelas susceptibles de ser limpiadas. Las misivas fueron enviadas, en el tono amenazador que sólo se puede conseguir desde la administración. Apenas unos pocos vecinos entraron en razón. El resto… ni puto caso.

Son solares y parcelas abandonadas al destino. Bien porque a los propietarios no les sale rentable que permanezcan en buen estado; bien porque los dueños consideran que la distancia a la que están de su propiedad es mayor que su responsabilidad; o bien porque ese destino quiso que el espacio tenga tantos benefactores que ninguno quiera serlo. Son algunos ejemplos. Como el de aquella promotora urbanística que pensaba levantar un barrio y se fue al otro. A ello hay que sumar que antes, en nuestros pueblos, no eran necesarias tantas ordenanzas para regular la convivencia vecinal pues la costumbre y el sentido común eran suficientes para que la vida fluyese sin sobresaltos.

En Cabanillas del Campo su Ayuntamiento no ha querido dar más treguas. Y ha abierto casi un centenar de expedientes sancionadores por infringir estas ordenanzas al considerar que la situación había alcanzado “cotas inadmisibles”, apuntaba el concejal delegado en esta materia. Los peligros a los que se enfrentaban no son diferentes a los del resto de poblaciones que también reclaman el cumplimiento de esta normativa, a grandes rasgos, genérica en cada población. La proliferación de insectos y ratones y, sobre todo, el riesgo de incendios dentro del propio núcleo urbano son razonamientos también comunes. Sin embargo, éste último ha incrementado su consideración tras los recientes incendios vividos en Galicia el mes pasado llegando hasta el propio casco urbano de la ciudad de Vigo donde las parcelas más descuidadas fueron una amenaza real y constante.

solar

El Ayuntamiento de Cabanillas no se ha andado con chiquitas imponiendo sanciones económicas de entre 500 y 1.000 euros en función de la gravedad de cada caso detectado; en total más de 60.000 euros si todas las multas prosperan. No obstante, y a pesar de la trascendencia informativa que ha podido tener la aplicación de la normativa, es una solución que muchos regidores de otros municipios que comparten el mismo problema son reticentes a poner en práctica ante el temor de que ello pueda influir en la convivencia vecinal, sin atender a que su dilación pone en entredicho su autoridad. Sin embargo, la legislación sigue siendo demasiado garantista con los particulares y deja a la administración local un escaso margen de maniobra si pretende actuar de oficio mediante la ejecución subsidiaria, es decir, que el propio Consistorio llevase a cabo las tareas cargando los gastos a los propietarios. En cualquier caso, vuelven a ser los Consistorios más endebles a la hora de hacer cumplir la ley los más pequeños y con menos recursos, quedando al amparo de sus propios y limitados medios.

Ya nadie en los pueblos barre su puerta. Los operarios municipales, quien los tiene, hacen ya ese trabajo. En otros lugares más modestos, los planes de empleo regionales han permitido a los Consistorios respirar. Al menos, las parcelas municipales están presentables. Para las privadas sin limpiar, el invierno ofrece un respiro. Cada vez menos extenso. De aquí a unos meses los riesgos volverán a aflorar. En Cabanillas más de uno, seguro, se lo va a pensar.

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