Willy Wonka y el Alovera Beach

Imagen de la recreación del Alovera Beach. // Foto: Grupo Rayet

Imagen de la recreación del Alovera Beach. // Foto: Grupo Rayet

Por Patricia Biosca

¿Recuerdan aquella imagen de la película Willy Wonka y la Fábrica de Chocolate (basada en el libro de Roald Dahl, Charlie y la Fábrica de Chocolate) de los niños y sus padres/abuelo frente a la verja de las instalaciones esperando a que les abrieran la puerta? La cámara hacía un barrido por la estampa, en la que tres chavales que encarnan los pecados capitales compartían escena con Charlie, un chico de familia muy humilde al que le acompañaba su abuelo ataviado con una sencilla boina y los ojos llenos de ilusión. Esta escena me vino a la cabeza inmediatamente después de conocer el proyecto Alovera Beach, ese macrocomplejo acuático que fue presentado por sus promotores, la constructora Rayet (con Félix Abánades a la cabeza), la alcaldesa del municipio donde se ubicará, Purificación Tortuero, y el director para Europa de Crystal Lagoons -empresa a la que se encarga la “charquita”-, Francisco Matte, como la esperanza de “Alovera, Guadalajara y Madrid”. Los niños llevaban el nombre de los empresarios y políticos que anunciaron a bombo y platillo el proyecto, mirando con desdén a un Charlie, que en mi cabeza era la Guadalajara que llora sin lágrimas y que acumula años de olvido, solo reconfortada por su familia más cercana (los abuelos y los padres en la película, los pocos -por la despoblación demográfica- que se quejan por estos lares del desfalco acuático que se está llevando a cabo en los últimos tiempos en el paralelismo de mi nido de pájaros encima de mis hombros).

Miraba ojiplática el vídeo promocional, con sus gráficos 3D que recuerdan a la figura puntiaguda de Lara Croft en sus primeros videojuegos, con un tucán (¡un tucán!) como logo de un proyecto que, en cifras, marea: una laguna artificial de 25.000 metros cuadrados acompañada por un arenal de otros 15.000 metros, un aparcamiento para 1.000 coches, un restaurante para 5.000 personas, 4.000 viviendas nuevas en Alovera cerca, 300 trabajos directos e indirectos prometidos y 15 millones de euros de presupuesto. Y todo esto se hará realidad en abril de 2018, plazo en el que se tiene previsto que acaben las obras. No sé si toda la población de Oompa Loompas junta podría llevar a cabo la construcción de este “sueño”, que llaman los artífices de la idea.

Una playa idílica donde nunca nadie imaginó”, repiten en el vídeo como leitmotiv principal. Quizá el principal accionista de Rayet se quedó con ganas de playa tras el chasco de Port Saplaya. En el impagable documento audiovisual se suceden las imágenes de personas reales en playas caribeñas disfrutando del sol, haciendo buceo o navegando, con su réplica simulada en animación con barquitos de vela blancos y azules, toboganes kilométricos e incluso un hinchable con forma de rueda del cual no adivino su función más allá de la hornamental, para que se vea el potencial del proyecto. “¡Guadalajara por fin tendrá playa!”, dice Abánades a las televisiones que cubrieron la presentación. Guadalajara tenía mar, pero se lo arrebataron los intereses que ahora mueven este plan que, también según el vídeo comercial, está muy cerca del AVE a su paso por la capital alcarreña (¿?). La misma cara de sorpresa que los niños pusieron al encontrar el billete dorado en las tabletas de chocolate se llevarán las familias que opten por este medio de transporte para acudir al Alovera Beach, pero con las comisuras de los labios hacia abajo.

Y todo esto en medio de la polémica en la provincia sobre el abastecimiento de agua y la sequía, que esquilma cada pantano (también obras faraónicas y artificiales relacionadas con el líquido elemento, que parece ser el pecado capital sobrevenido de Guadalajara). Bravo de nuevo por la oportunidad de la fecha del anuncio, que no entiende de sensibilidades sociales. Antonio Puy Gallego, director general de Rayet Construcción, también presente en la rueda de prensa, afirmaba que su población objetivo es de “800.000 habitantes más todo más todo lo que pudiera atraer de los alrededores”, lo que garantiza su rentabilidad, según el responsable. Aquí Willy Wonka aparece en mi cabeza como el ser con una aparente vida idílica. Pero ojo, que en realidad esconde traumas de la infancia muy serios y profundos que le han llevado a dar en su padre en los morros con una gigantesca fábrica que versa en torno al archienemigo del dentista (la profesión de su progenitor): el azúcar. Y el azúcar se diluye en agua, a no ser que la mezcla se sature. Y sospecho de la influencia de la saturación en el hecho de que a la lechera se le cayera el cántaro en el cuento.  

Al final de la película (perdón por el spoiler, pero si han llegado tan lejos, se merecen un “the end” en condiciones), Charlie se convierte en el heredero de Wonka y, tras dimes y diretes, se va a vivir con su familia cercana, el depresivo de Wonka y los trabajadores Oompa Loompas a la fábrica. Ahí acaba la historia, con un final que puede parecer feliz, pero que no cuenta cómo es la relación entre este grupo tan heterogéneo unido por el líquido chocolate. Lo mismo la solución es que la población que ve cómo se vacían sus recursos habiten las viviendas de ese macrocomplejo. Y llega Charlie y se despierta del sueño, como Resines. Perdónenme, me he dejado llevar por el absurdo absoluto.

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