Inesperados espectáculos litúrgicos

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Foto: El Hexágono

Por Gloria Magro.

Bien sabe Dios que no he sido llamada por el camino de la fe. Como creyente social, perteneciente a esa mayoría sociológica de españoles que solo pisan las iglesias con motivo de una BBC –boda, bautizo o comunión- y algún entierro, voy a misa “de Pascuas a Ramos”. Así que soy incapaz de seguir la homilía anticipando la liturgia, entonando los salmos o respondiendo a los requerimientos del oficiante con las consabidas y repetitivas respuestas que se esperan. Y claro, me aburro soberanamente cada vez que voy, abstraída en mis asuntos porque ya se sabe que pocas sorpresas se pueden esperar en una misa. O eso pensaba yo.

Hace unos días acudí a una en la iglesia del barrio, la de la tarde, acompañando a mi madre. Incluso subí al altar a leer la lectura ante una concurrencia de parroquianos conocidos para complacerla. Los congregados pasaban de los setenta años en su mayoría, que debe de ser lo normal excepto los domingos por la mañana, cuando van los padres de los niños que hacen la Comunión, que bajan la media. Visto y conocido el percal, anticipaba yo una media hora larga de sopor y bostezos, sumida en mil temas ajenos a la misa. Y no, craso error. Ni sopor, ni bostezos, ni examen mental de nada. No contaba yo  con el despliegue de medios, de gestos, de grandilocuencia y solemnidad bien dosificados del párroco de toda la vida. Una auténtica rock star con sotana a las 7 de la tarde en una Iglesia de Guadalajara un miércoles cualquiera.

No creo que Freddie Mercury en sus conciertos resultase más cautivador. Y no, no me estoy pasando de frenada. El cura de  nuestra iglesia domina el escenario, los tiempos, los silencios y la palabra. Y lo sabe, claro que lo sabe, faltaría más. No creo que sus feligreses sean plenamente conscientes del espectáculo que se les representa y de lo afortunados que son. Harían bien en dejar las letanías y no perderle de vista. Y tiene su mérito. Estoy segura de que este buen hombre despliega toda esa entrega en cada homilía, esos son varios shows diarios, misa a misa, día a día, manteniendo el nivel.

Qué desperdicio de talento, pensaba yo allí, mientras le veía actuar, digo oficiar. Y qué lástima que en vez de ser una congregación católica no se tratase de una secta evangélica de estas que bailan y cantan y siguen a su pastor hasta el éxtasis. Con un marco de actuación más amplio, este cura pasaría al siguiente nivel sin duda. Y bajaría la media de edad y subiría la concurrencia.

Si bien es cierto que esas canciones tristonas y la rigidez de la liturgia católica impiden a nuestro párroco brillar como merece, algo hemos avanzado. Hasta el Concilio Vaticano II, cuando se oficiaba de espaldas y en latín, sería impensable enardecer a los fieles más allá del contenido de la liturgia, sobrecogedora en sí  misma, para un público que no necesitaba más alicientes y que tampoco tenía en que emplear su tiempo. En  la actualidad, es obvio que hace falta mucho más para atraer a la gente a las iglesias. Cuando la asistencia roza los ochenta años de media sino es más, y se canta lastimeramente “que ya llega el día de encontrarse con el Señor”, por mucho arte que se tenga, ni Freddie Mercury podría elevar los espíritus. Y sin embargo en esta Iglesia se barrio se obra el milagro. No se lo pierdan, vayan a disfrutarlo.

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