Síndrome de Estocolmo autoimpuesto

Sacedón en los años 70 (izda.) y Sacedón en la actualidad. // Foto: Agua y territorio

Sacedón en los años 70 (izda.) y Sacedón en la actualidad. // Foto: Agua y territorio

Por Patricia Biosca

¿Saben ese sentimiento que aparece cuando todo a su alrededor le lleva a pensar que es el culpable de la situación, aunque usted no vea los motivos? No he estudiado ni medicina ni psicología, pero siempre se me ha asemejado a un síndrome de Estocolmo; el afectado es una especie de rehén al que una mayoría social presiona hasta hacerse las preguntas “¿tendré yo la culpa de esto? ¿es que acaso no veo los motivos?”. Pues eso me empieza a ocurrir a mí con el tema del agua, de los regadíos levantinos y las manifestaciones a favor de que continúe el trasvase Tajo-Segura.

El pasado 31 de octubre, el Sindicato Central de Regantes del Acueducto Tajo-Segura (Scrats) publicó una petición en change.org (esa plataforma en la que se puede quejar cualquiera sin mucho efecto práctico pero que genera mucho ruido mediático) titulada “Manifiesto levantino por el agua”. Manifiesto. Levantino. Por el agua. Entre el logo de Scrats, que desde lejos se me asemeja a las recargadas imágenes comunistas pero que si te acercas ves las dos magnánimes tuberías por las que se transporta el agua rodeadas de hortalizas y lo que parece el laurel de la victoria (y un bonito lazo rojo), unida a la rotundidad del mensaje, ya empiezo a plantearme que quizá esté equivocada cuando hablo de “robo de agua” o que “esquilman los recursos hídricos de la cabecera del Tajo”. Ya empieza a hacer mella en mí ese sentimiento culpable y quejumbroso del que piensa que puede estar ciego de razón y no ver la realidad de la situación, así que me dispongo a seguir con la lectura de esta alarmante misiva de los habitantes de “las provincias levantinas de Almería, Alicante y Murcia”.

Queremos hacer una llamada de atención al conjunto del país sobre la situación, hoy de extrema gravedad, que vive desde tiempos remotos, la huerta levantina”. Llevan millones de años plantando “las mejores frutas y hortalizas” que abastecen a los hogares españoles y al resto de Europa, siendo “motivo de orgullo para el país dentro y fuera de nuestras fronteras”. Aquí me chirría el mensaje, porque si siempre ha sido un negocio deficitario, ¿cómo se ha podido convertir en referente en nuestro continente, incluso “motivo de orgullo”? ¿Acaso este orgullo no fue el que impulsó la red de pantanos que enterró los pueblos guadalajareños sin poder explotar sus propias tierras para surtir de agua aquellas huertas que proliferaron como tomates en el Levante? No, Patricia, te debes estar equivocando. Continúa leyendo y ya verás como caes en el error.

Aunque las lluvias resultaran generosas este año, los levantinos consideramos que ha de concluir esa política basada en brazos caídos cuya consecuencia directa es la dilación en el tiempo de la llegada de soluciones que resuelvan, de una vez por todas, la escasez de recursos que en nuestras tierras es endémica y cíclica, afectando periódicamente a nuestras vidas y actividades”. Endémica. Cíclica. Afectación periódica. Palabras grandilocuentes que resuenan ampliadas por las más de 7.200 firmas que apoyan la petición. Los ojos se me enrojecen al pensar en las miles de familias que viven de todo este entramado, levantado sobre dos tuberías que han acabado con el Mar de Castilla (y así nos tenemos que hacer con un ‘Alovera Beach’, no sea que perdamos la costumbre de despilfarrar agua) castigando aún más a una población que se reduce sin ver la posibilidad ni siquiera de soñar con la subsistencia sin que pase por Guadalajara capital o Madrid.

Y tras este chorreo de argumentos lacrimógenos llegan las soluciones planteadas por Scrats. todas “viables y sostenibles medioambientales”, porque advierten que “no hablan de quimeras”. El primero (el burro delante, para que no se espante), “garantizar la perdurabilidad del Acueducto Tajo-Segura como pilar básico de futuro para nuestras poblaciones”. Como lo llaman “acueducto” -aquí estamos más acostumbrados a “trasvase“, suena a Segovia, cochinillo, postales y selfies en un empedrado. “Sobre él pilota el equilibrio de los restantes recursos de distintas procedencias, dándoles viabilidad de costes, calidad y posibilidad de regulación”. La madre del cordero, ahí la tienen.

Después piden actuaciones como modificaciones en las normativas vigentes, que se potencien las desaladoras, la regeneración de aguas, extender el regadío moderno… También demandan la “ejecución de obras hidráulicas necesarias para garantizar el acceso al agua -de regadío y abastecimiento- en condiciones de igualdad para todos los ciudadanos del país” (temblad, maños, que no se les ha olvidado el Ebro), y que se implemente una tarifa para regadío y hogares “justa y proporcionada a la del resto usuarios de la nación”. Yo después de leer esto solo pienso en comprar garrafas de agua y llevarlas andando a las huertas, que “se mueren”, aseguran en la misiva. Veo lechugas tristes con las hojas pochas. Vislumbro naranjas con carácter de limón que agría el zumo de los niños por la mañana. Imagino una comitiva tipo “la comunidad del anillo” para buscar las siete bolas de dragón y que se les conceda el agua gratuita e ilimitada, porque ¡se lo merecen! A mi cabeza vienen años de despilfarro y ladrillo en los años 70, cuando Sacedón poco tenía que envidiarle a Marbella, y tenía minigolf, hípica y embarcadero. El egoísmo de los castellanos ha sido tan soberbio que me sonrojo solo de pensar que alguna vez haya levantado la voz contra las hortalizas tristonas.

Y cuando estoy preparando una pancarta para ir a la manifestación que tendrá lugar en enero, acaba el vídeo del paraíso tropical y empieza este otro:

De repente, se me cae al suelo el látigo de la autofustigación al ver lo que queda de aquellas promesas que también hicieron a esta tierra a la que intentan sacar de la ruina con “discriminación positiva” y Planes de Empleo subvencionados (aunque de forma paralela también se anuncian proyectos como la Estrategia de Impulso Económico y de la Competitividad para el Corredor del Henares y sus zonas de Influencia que me hacen dudar de esa preferencia rural). Que se siga pidiendo agua cuando solo queda barro. La pena se convierte en enfado porque no me imagino al otro lado poniéndose en mi lugar.

Qué complicada y caprichosa es la empatía.

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