GTVs con pedigrí

Foto El Hexágono

Por Gloria Magro.

Cuando me tropiezo con alguien de Sevilla,  Salamanca o Murcia, por abrir un poco el arco geográfico, nunca se me ocurre preguntarles si son nacidos allí, de allí de toda la vida, o residentes ocasionales. Nunca he pensado que esa información aportase nada extra acerca de mi interlocutor y sin embargo, cada vez que yo digo que soy de Guadalajara, la siguiente pregunta parece inevitable: “¿Eres de Guadalajara de toda la vida?”. O bien se ha instalado en el subconsciente colectivo que Guadalajara es ese invento franquista del que algunos hablan con sorna o somos invisibles. O tan desconocidos que parece increíble que alguien viva en Guadalajara y además haya nacido aquí. Y esto se repite cada vez que conozco a alguien de fuera. Lo primero es si vivo en la ciudad o en algún pueblo, que es algo que tampoco entiendo. Y lo siguiente es si soy de aquí de toda la vida, si soy una GTV, en su acrónimo. 

Si no creo que ésta sea información relevante para alguien de otro lugar, mucho menos para los de aquí y entre nosotros, la etiqueta GTV que muchos en Guadalajara parecen llevar en la solapa últimamente, desde grupos de Facebook a gente que a modo de presentación se autodefine así, como quien dice ser del Real Madrid o del Albacete, de izquierdas o de derechas. Se lleva a gala ser de Guadalajara de toda la vida, como si fuera un título nobiliario o una distinción especial. Un club exclusivo parece, que excluye a los de Sigüenza, Maranchón o Torija, porque solo hace referencia a los de la capital. Curiosa distinción teniendo en cuenta que todos los nacidos en la provincia desde los años 70 lo han sido en Guadalajara capital, primero en el antiguo hospital de la calle Ferial y después desde los 80 en el Hospital Universitario. Aún así, no son dignos del GTV de marras, por más que lo lleven escrito en su carnet de identidad.

Y yo creo que tampoco lo soy, por más que haya nacido y vivido en Guadalajara durante toda mi vida. Tengo la sensación, seguramente subjetiva, de que estamos hablando de algo más amplio que llevar el Guadalajara en el DNI y probablemente reducido a haber nacido en algunas calles de la ciudad, desde luego no en todas. Y a una época, o que tu familia pertenezca al menos a esa época. Será que cuantos más requisitos más se reduce el club de los elegidos, de los GTV.

Si hablamos de ser de Guadalajara de toda la vida, tan nuevas son Aguas Vivas y Las Lomas como la calle Sigüenza, la Avenida del Amparo o la calle Constitución. No hay más pedigrí en vivir en el  paseo de Fernández Iparraguirre que hacerlo en Virgen de la Soledad o El Balconcillo. Todo nuevo y todos nuevos, unos advenedizos recién llegados, poco más de cincuenta años en Guadalajara. Y sin embargo, parece que hay una especie de orgullo local en decir que se es de aquí desde siempre, como si puesto en un escaparate arrastrara a los clientes a entrar o a los votantes a las urnas, porque también se usa en términos políticos. A quién le importa a día de hoy, me pregunto, que fulanito sea el hijo de los fulanitos de toda la vida, emparentados a su vez con los zutanitos de aquí o allá. La mitad de la población por lo menos ni les conoce, ni le importa. Y aún así, hay quien llena sus listas electorales con el Gotha local, como si aquí  tuviéramos el lustre de la burguesía catalana, que no es el caso en términos de éxito, lustre y capital.

A mediados del s.XX, por no retroceder más y desmontar el mito, la población de Guadalajara capital era menos de la mitad de la actual.  Y a groso modo, su perímetro se reducía aún más, un cogollo histórico bastante depauperado con una judería exigua, callejuelas encajonadas, arrabales, riachuelos y muchas cuestas. Una ciudad de provincias con algo de pasado pero aún sin industrias, ya sin Academia Militar, ni peso o presencia en Madrid, pasados los días del conde de Romanones. El paso lo marcaba la estación de tren, la antigua carretera de Zaragoza, delimitada por un barranco y un torreón al final; el centro hasta San Ginés por el norte, el incipiente paseo de Las Cruces ya en su periferia hacia huertas, terraplenes y barriadas de barracas como el Cerro del Pimiento.  Y poco más eran Guadalajara y los guadalajareños. Todo lo demás y todos los demás son posteriores, fruto de la necesidad urbanística de acoger la migración del campo a la ciudad a partir de los años 60 con la llegada de las industrias al corredor del Henares.

En 2017 tener estas referencias suena a rancio. En un mundo global y globalizado, donde las fronteras se diluyen, la población fluye y todos somos del lugar donde pagamos nuestros impuestos, que una pequeña ciudad de provincias pretenda reivindicarse desde la exclusión, no parece muy acorde con los tiempos. Por otro lado, es cierto que poco queda hoy de la Guadalajara de mediados del s.XX y no digamos de más atrás, y es didáctico y enriquecedor recuperar recuerdos e historias locales, personajes, apellidos e incluso hacer un ejercicio de arqueología urbana por medio de fotos polvorientas. Resulta instructivo, pero no para mirarse el ombligo sino para enseñar a esa inmensa mayoría de los guadalajareños que ni son ni les importa ser de aquí de toda la vida, las raíces de la ciudad en la que viven.

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