Las cosas que importan

Por Borja Montero

Como parece de obligación en el periodismo actual, vamos a hablar del tiempo. Y en esta ocasión no se trata de informar de que nieva en invierno (cierto que cada vez más tarde) o de que hace calor en verano (cierto que cada vez más intensamente), como se empeñan en hacer los medios de comunicación, sobre todo las televisiones, sino de poner sobre la mesa la evidencia de que hemos pasado otra semana sin llover y, a pesar de que se anuncia el final de la tranquilidad anticilónica para uno de estos días, tampoco se espera que las precipitaciones sean muy persistentes en breve. Esto hace que el tema real de estas líneas sea mucho más dramático. Y es que los ayuntamientos de la provincia han comenzado a anunciar las medidas a tomar para intentar reducir su consumo y prolongar un poco más las exiguas reservas que nos proporcionan los embalses.

La presentación por parte del Ayuntamiento de Guadalajara de su plan, con una concienzuda delimitación de cuatro escenarios distintos de alerta o emergencia hídrica, ha sido el hito más relevante de un camino que ya han recorrido otros municipios y que, lamentablemente, tendrán que transitar todos tarde o temprano. La capacidad de maniobra de los ayuntamientos, concretamente el de la capital, no es demasido amplia y se compone de medidas que, en muchos casos, ya se tomaban, aunque fuera con una intensidad menor: evitar el riego de parques y jardines y el baldeo de calles salvo con agua no potable o reciclada o en casos de necesidad imperiosa por cuestiones de higiene, instalación de difusores, perlizadores y reductores de consumo en los baños de todas las instalaciones públicas (algunos de consumo importante, como colegios y, sobre todo, polideportivos; otros de uso de agua puntual como edificios administrativos o teatros), revisión de la red para evitar fugas y pérdidas, renovación de los equipos de limpieza viaria, vaciado de fuentes ornamentales…

Se trata de una estrategia sencilla de implementar y que puede conseguir una cierta reducción de consumo, pero limitada. El resto de la batalla no está en manos de los políticos gestores de las cuestiones públicas, sino en el seno de cada hogar. Establecer medidas de ahorro de agua supone un cambio de conciencia en los ciudadanos, que han de hacerse sabedores de que la situación es cada vez más preocupante y que tendrán que ir adaptándose a unos cambios de ciertos usos y costumbres probablemente para siempre. El gesto más habitual ha de ser el de cerrar el grifo, en lugar de dejarlo correr: las duchas han de ser más cortas, las lavadoras tendrán que estar más cargadas, el lavado del coche habrá de hacerse en establecimientos especializados, el riego de los jardines privados y el llenado de piscinas unifamiliares deberán sacrificarse… Pequeños cambios, pero en el día a día, en las acciones más rutinarias, que es donde más cuesta modificar comportamientos. El bien es mayor: cerrar un poco el grifo para evitar que las autoridades corten el suministro o restrinjan el uso de forma importante.

Afortunadamente para los vecinos del Corredor del Henares, el embalse de Beleña es pequeño y en poco tiempo puede darnos grandes alegrías en forma de cifra de reservas embalsadas. Sin embargo, otros pantanos no corren la misma suerte y, además, presentan situaciones incluso más preocupantes. Los vecinos no podemos ayudar a llenarlos, pero sí evitar que se desangran tan rápidamente.

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