Aquellos mineros de Hiendelaencina

Por Enrique Alejandre Torija*

“Así vosotras, no para vosotras hacéis la miel, abejas”.
Virgilio

Un agrimensor, de nombre Esteban Gorriz, descubrió en 1844 un crestón baritoso en las inmediaciones del pueblo de Hiendelaencina, que revelaba la existencia de una veta o filón de plata. Ese mismo año, el 8 de agosto, se constituyó la Sociedad Santa Cecilia y con ello el comienzo del aprovechamiento de los yacimientos. Desde ese año y hasta 1870 tuvo lugar el primer periodo floreciente de la explotación, en el que se obtuvieron dos tercios de la plata extraída en el total del distrito, de los que el capital inglés se llevo la parte del león, siendo su valor total de casi 258 millones de reales.

El éxito inicial de los trabajos atrajo un gran número de individuos. Gentes de toda condición acudieron a Hiendelaencina, llegando a ser su número de una magnitud como en ninguna otra localidad de la provincia de Guadalajara: “…la inmensidad de brazos que ocupa la explotación minera en Hiendelaencina (que puede) asegurarse que, después de la agricultura, ninguna otra industria emplea más…” A principios del año 1855 se ocupaban en el laboreo de las minas en Hiendelaencina 1.211 individuos, y 429 en la fábrica de beneficio La Constante. En 1865 había 613 mineros, pero con decadencia de la explotación desde 1868, el número de mineros descendió a 195 en 1889.

Los trabajadores de Hiendelaencina y los pueblos colindantes fueron pocos, forzosamente, dada su escasa población, por lo que tuvieron de venir de otras regiones, alentados además por la demanda de mano de obra experta en el trabajo minero: “El pueblo de Hiendelaencina podrá dar a lo sumo treinta hombres útiles para el trabajo, pero sus alimentos escasos y poco nutritivos les impiden ser fuertes y robustos. Con motivo de las minas han acudido muchos braceros de otras poblaciones de la comarca, poco a nada diestros todos ellos en el ejercicio de la minería. Ya que de todos modos se necesita gente forastera, bueno será traer unos cuantos barrenderos y picadores, aunque su jornal fuese un poco más subido, que ellos enseñarían a los demás con marcada ventaja de estos y de las empresas”. Y así acudieron trabajadores de las provincias de Soria, Lugo, Zaragoza, Tarragona, Ciudad Real… y algunas otras.

El trabajo en las minas se hallaba dividido en dos turnos, con agotadoras jornadas de 12 y 14 horas (con relevo a las seis de la mañana y a las seis de la tarde), en galerías que llegaban ya a los 300 o 400 metros de profundidad. Trabajadores de los pueblos vecinos, tenían una o dos horas de camino. Un porcentaje alto era de chicos y también mujeres, en trabajos de superficie (escogido de materiales). Fuentes de la época califican de “mísero” el jornal que se pagaba a los mineros, trabajando “a destajo”, y solo si estaban “buenos y sanos”. En 1855 la media salarial era de 7 reales diarios. Los hombres cobraban 2 pesetas de jornal en 1870, 93 céntimos los chicos y 83 las mujeres.

Los accidentes de trabajo eran muy frecuentes, muchas veces mortales, debido a la falta de medios para evitarlos. El 11 de abril de 1853 fallecieron cuatro operarios al desprenderse un tablero cuando hacían un rebaje en un pozo. Otro sucedió el 28 de mayo de 1864, en el que perdieron la vida 6 trabajadores al inundarse la mina “La verdad de los artistas”. Fue especialmente grave el que tuvo lugar el 19 de octubre de 1864 cuando, a causa de una explosión de ácido carbónico por el incendio provocado por un candil, murieron por asfixia cinco mineros en la mina “La Perla”. Al ir a rescatar los cadáveres perecieron otros siete, entre ellos un ingeniero de minas, al que madres y esposas forzaron a bajar al no recibir señales de los que habían ido en busca de los primeros fallecidos.

El panorama que de la atención a los heridos y fallecidos en accidentes era desolador: “..es lamentable lo que está pasando en las minas en general, y en las de Hiendelaencina en particular. Véanse los libros de óbitos de las parroquias del partido de Atienza, regístrense los archivos de su juzgado, y se verá el sin número de victimas que causa las asfixias, los hundimientos , las inundaciones, la falta de precauciones higiénicas, etcétera. Y aun así no se verá todo, porque es frecuente en el distrito correrse la voz de que se ha hundido tal o cual galería, o que han perecido en la boca de tal o cual mina, tantos o cuantos infelices trabajadores. ¡Y allí se quedan los cadáveres, unas veces por indolencia, otras por la eterna causal de la falta de fondos…¡Esto es horrible!

Solamente entre los años 1851 y 1860 perdieron la vida en accidente de trabajo 83 personas. Este ambiente de trabajo alteraba el carácter de los mineros, que buscaban una vía de escape a la presión sufrida a lo largo de la semana con gran fiesta en los días de cobro y mucho consumo de alcohol que desembocaba en reyertas, cuando no en muertes alevosas. Eso cuando el tipo de delitos no era que el robo en las casas, como recuerda el novelista vasco Pio Baroja en sus Memorias: “En la calle Real y en la del Espíritu Santo servía con nosotros una criada que era de Hiendelaencina. La muchacha, excelente, tenía, por lo que contaba con candidez, unos parientes mineros que, en sus ratos de ocio, y para añadir algún dinero a su salario, se dedicaban a asaltar viviendas para robarlas. Y esto lo contaba la muchacha con la mayor naturalidad”.

Los mineros pidieron aumento salarial a sus patronos ya en 1850, a lo que fueron respondidos con el cierre temporal de las explotaciones: “Con motivo de los importantes descubrimientos de la mina de San Miguel en Hiendelaencina se han vuelto a poner en trabajos una porción de minas que estaban abandonadas y se han registrado otras nuevas(…). Los trabajadores se han aprovechado de este movimiento para subir el precio de las excavaciones, por cuya razón algunas empresas, entre las que se citan las de San Miguel, Satanás y Taylor y la Unión, han creído conveniente suspender las labores hasta tanto que cesen las demandas de los contratistas”.

En la primavera de 1854, los escándalos financieros y la corrupción respecto a la concesión de la construcción de líneas ferroviarias -implicada en ellos la Casa Real y el Gobierno-, junto a la propagación de la epidemia de cólera, la carestía y escasez del pan a consecuencia de la mala cosecha del año anterior, aumentada por las grandes exportaciones de grano favorecidas por la guerra de Crimea, dieron pie a un pronunciamiento del ejército capitaneado por los generales O’Donnell y Dulce, seguido del levantamiento del pueblo de Madrid y de otras ciudades en demanda de pan, trabajo y libertad.

El eco de la revolución también llegó a Hiendelaencina, donde, como explicaría años después en una carta a la prensa Ramón Calderón, el capitán al mando de las tropas que acudió a reprimirla: “…los trabajadores mineros que a pretexto y a la sombra del movimiento nacional, se habían entregado a toda clase de atentados”. La Junta de Gobierno de Guadalajara, formada por liberales progresistas, miembros de las clases medias que se habían levantado contra los viejos poderes (corona, aristocracia…), y que ahora tenían el poder, temerosos ante la revuelta obrera, recurrieron al ejército pidiendo “acudiesen dos compañías del brillante Batallón de Cazadores de Chiclana y cuarenta hombres de la Guardia civil (…) para reprimir los excesos ocurridos y evitar su reproducción, en un pueblo compuesto por millares de jornaleros que, por la diversidad de las provincias a que pertenecen y ocupación que tienen, se prestan con más facilidad a ellos”.

Los liberales progresistas habían invertido sus caudales comprando tierras de la Iglesia en la Desamortización de Mendizábal, y ahora querían una “revolución” a su medida, con leyes que favoreciesen sus intereses económicos y sobre todo que les garantizasen la paz social, aunque fuera por la fuerza, como declaraban tras los sucesos de Hiendelaencina: “…bajo ningún pretexto consentirá se altere el orden público en ningún pueblo de la provincia, y que cuenta para conseguirlo con la eficaz cooperación del Sr. Gobernador militar y todas las tropas de su mando…”

Los asalariados de Hiendelaencina interpretaron los sucesos de Madrid como la señal para un cambio de su suerte, e intentaron, instintivamente, de forma no muy ortodoxa tal vez, una distribución más equitativa de la riqueza que extraían con duros esfuerzos e incluso el sacrificio de sus vidas, de la cual apenas les llegaba una mínima parte, mientras otros lograban extraordinarios beneficios en la Bolsa. Tras estos sucesos, unos sesenta individuos tenidos por sediciosos fueron conducidos a la cárcel de Atienza. Hay que decir que en el año 1851, cuando los salarios de los mineros no llegaban ni a 2 pesetas, cada acción de 500 pesetas daba 750 de beneficio y se cotizaban a 70.000 pesetas.

La segunda época

Entre los años 1889 y 1897 se produce el segundo periodo floreciente del aprovechamiento de estas minas. El banquero francés Bontoux adquirió a bajo precio diversas minas, de cuya explotación obtuvo 21 millones de pesetas en siete años. Por otra parte, la sociedad española “La Plata” obtuvo otros 7 millones de pesetas en poco tiempo. En estos años se consiguieron grandes cantidades de plata, con máximo de 19.000 kilos en 1893 y 12.000 en 1895. Las condiciones laborales seguían siendo muy malas para el minero: “…si consideramos el jornal miserable que recibe, pues en la mayoría de los casos no pasa de dos pesetas, si además tenemos en cuenta que casi siempre ha de recorrer 100 o 200 metros verticales por escalas, interpuestas entre la superficie y los tajos, y en algunos casos 400 y hasta 500, para hallarse en una atmósfera calentada por los hogares de las máquinas que en el interior funcionan, o que solo tienen una comunicación con la superficie que puede ser interrumpida por la rotura del entubado de hierro que contiene el agua, que por encima de ellos se extiende, y encontrase completamente sumergidos…”

Se contaban unos 400 obreros, entre los cuales unos 50 muchachos y algunas mujeres. En esta cifra entraban los trabajadores de las fábricas de beneficio.
Las crónicas de la época sobre la calidad del pan, alimento básico entonces de las clases trabajadoras, es un indicador del progreso o el retroceso social en Hiendelaencina. Al hablar de los cambios habidos desde el descubrimiento de la veta de argentífera se decía que en el pueblo había ya “un mercado en el que se veía entre otros comestibles, pan blanco, que hasta allí fue negro y de mal centeno”.

Los obreros ganaban una media de siete reales diarios en 1855, cuando un kilo de pan de la época costaba un real. En 1889 el salario “solo les daba para una mala alimentación (…) que en gran parte solo consumen patatas cocidas y de pan de trigo y centeno”. El periódico romanonista El Liberal Arriacense se hacia eco en 1916 del “estado de pobreza reinante en esta comarca por al paralización total de las minas de Hiendelaencina y la carestía de todos los artículos», y tras alabar la honradez de los mineros, quienes, “prefieren emigrar antes que robar”, añadía: “otra cosa no piden sino un trabajo modesto que les proporcione para un pan de centeno, pues de trigo no puede ser alcanzarlo…”

Hay que mencionar también la anquilostomiasis o “anemia de los mineros”, una infección, ampliamente diseminada aún hoy por el mundo, particularmente en las zonas tropicales (la humedad por filtraciones de agua y las altas temperaturas en el interior de las minas creaba unas condiciones semejantes a las del clima tropical), asociada a los malos hábitos higiénicos y a la precariedad socioeconómica. Causada por gusanos parásitos, se infecta en el hombre por la penetración de la larva en la piel, ocasionando daños en esta, hemorragias crónicas, tos, fiebre, diarrea, edemas,… El doctor José Torres Fraguas, natural del pueblo de Fontanar, publicó en 1928 un estudio sobre esta enfermedad en el que hacia mención a los efectos que producía en estos mineros: “…en las minas de Hiendelaencina raro era el obrero que trabajaba en el interior que llegaba a los cuarenta años, muriendo la mayoría entre los treinta y los treinta y cinco años en estado lamentabilísimo de agotamiento”.

Los numerosos emigrantes que llegaron a la localidad y el hacinamiento en que vivían hizo de la vivienda una necesidad imperiosa: «Algunos particulares han comprado terrenos para construir casas con objeto de alquilarlas, pues en alguna de las que hoy existen viven basta cincuenta personas”. Los ingleses levantaron el poblado de La Constante que albergó, fuera del rudo ambiente minero, no solo a directivos e ingenieros procedentes de Gran Bretaña, sino también a carpinteros, herreros, químicos, maestros, etcétera; pues los habitantes de la zona carecían de conocimientos para realizar sus respectivas labores al nivel que ellos requerían y la función de los españoles se limitó a la de guarda y jornalero en hombres, y sirvienta en mujeres.

Bibiano Contreras, en su libro El país de la plata, dice que La Constante “era un pueblo lleno de vida y animación, de aspecto inglés, cuya vista encantaba a todo el que lo veía por primera vez (…) Estaba en forma de anfiteatro dividido en dos secciones, formada la una por la fábrica, y otra por el pueblo verdaderamente dicho, circunvalado por el río Bornova, con calles rectas y esmeradamente limpias, y gozando de una escrupulosa higiene debida a los consejos del profesor D. Manuel Taín, médico-cirujano de la compañía. Las casas estaban blanqueadas luciendo sus jardinitos a la entrada, matizados de flores y haciendo magnífico contraste con las esbeltas chimeneas (construidas por el Sr. Lillot), siempre humeando o lanzando el vapor a las nubes que rodeaban los montes gneísicos inmediatos. Era realmente un cuadro encantador”.

Y continúa: “Nada faltaba en aquel barranco antes desierto. Había escuelas para niños y niñas, hospital, casino, teatro, comercios, etcétera, para comodidad y distracción de los habitantes de la fábrica, que sumarían unos 70 a 100 vecinos con sus familias, sin contar los obreros que residían en Gascueña y Robledo, y acudían diariamente a la lista convocados por el sonido de una campana. Todo ello estaba bajo la inspección de los citados directores, y todo pagado por la compañía inglesa (…) No se escaseaba, pues, ni se echaba de menos en aquel apartado rincón de las estribaciones del Alto Rey”. Pero no todo el mundo tenía la suerte de vivir en La Constante, pues al guarda de la mina “Tres Amigos” sus propietarios le concedieron un cuarto de 2.10 metros de altura, 3.70 de largo y 2.10 de ancho, donde tuvo que hacer su vida una familia compuesta de matrimonio y cuatro hijos.

De aquel periodo hay que reseñar que en febrero de 1892 los mineros de la mina de «Nueva Santa Cecilia» fueron a la huelga, sin alterar el orden, pidiendo aumento salarial. Llegado mayo y con él, el Día Internacional de los Trabajadores, instituido por la II Internacional tres años antes, la Guardia Civil se concentró en las minas de Hiendelaencina, en previsión de alguna revuelta, aunque el trabajo siguió desarrollándose con normalidad.

La tercera época

En abril de 1903, en un contrapozo del piso noveno de “Segunda Santa Cecilia, a 300 metros de profundidad, se cortó otra vez el filón con esplendida metalización, hecho este que inauguraba el tercer periodo floreciente de la explotación que duró hasta 1915. En este tercer periodo el número de operarios era de unos 300 o 400, con bastantes oscilaciones anuales, y probablemente debe añadirse un centenar o más, pues parece que solo incluían las minas productivas.

En las galerías solo trabajaban mayores de 18 años, mientras que en la superficie eran bastantes los de menor edad, incluso entre 10-16 años y extraoficialmente parece que menores aún, se empleaban en labores auxiliares: escogido de minerales, recaderos, etc. No se citan mujeres. La jornada seguía siendo de “12 horas con los dos turnos a las seis de la mañana y seis de la tarde; disponían de media hora para almuerzo y una hora para la comida, en las mismas galerías si las labores eran muy hondas y alejadas del pozo – caso frecuente– porque no había tiempo para subir. Los jornales eran de dos pesetas en superficie (0,40 o 0,50 los chicos) y hasta 3,50 en el interior para los cualificados, como barreneros o estibadores (…) Se trabajaba a la mortecina luz de candiles de aceite, que ellos mismos habían de aportar, con el calor de las galerías profundas de algunas minas, a 500 o 600 metros que obligaba a actuar casi desnudos, basta el detalle sobrecogedor que en algunos sitios se llegaba a los 47 grados y se intentaba reducir con obras especiales, a 25 y como máximo a 38 grados, a lo cual debe añadirse la ventilación escasa (aunque mejoró con la nueva maquinaria) y el polvo producido por las perforadoras mecánicas”. En cambio, el acceso se realizaba ya en montacargas, o bien con una especie de granes cubas con tornos de vapor en las instalaciones más modestas.

Los accidentes por desgracia eran corrientes; a principios de siglo parece ser que se empezó a indemnizar por ellos. En 1913 se abrió un hospital en Hiendelaencina para dar asistencia a los heridos por accidentes, por iniciativa del ingeniero de minas Joaquín Menéndez y a expensas de la sociedad minera “La Plata”, también dotados de instalaciones y aparatos adecuados. Junto a un practicante y los médicos de Hiendelaencina, ofrecía atención médica también el doctor del pueblo de Robledo.
Con el estallido de la I Guerra Mundial se cierran la mayoría de las minas en Hiendelaencina al retirarse los capitales extranjeros. Los obreros descendieron bruscamente a un centenar en 1916-17, menos en los siguientes años, y de golpe quedaron reducidos a unos 15-30 en 1922-25.

Las empresas titulares de las minas empezaron a descontar a los trabajadores el 25 por ciento de jornales y haberes, percibiendo estos con tal retraso e irregularidad que se vieron en la necesidad de admitir unos vales en retribución de su trabajo, que de momento aceptaron los comerciantes de la localidad, en pago a los artículos que suministraban. A los tres meses el comercio se negó aceptar más vales, por lo que los trabajadores se vieron privados de conseguir sus alimentos y otros productos.

Los mineros de las sociedades La Plata y Nueva Argentífera pararon durante dos días por exigir de las sociedades mineras el pago del trabajo en efectivo y por quincenas, y la supresión del descuento del 25 por ciento. La Guardia Civil se concentró en Hiendelaencina, vigilando las instalaciones mineras. Por toda respuesta, las sociedades propietarias suspendieron el trabajo en las minas, dejando solo en ellas a los celadores y al personal de desagüe. Los vales y jornales se liquidaron, a los empleados de plantilla se les abonó un mes de sueldo, a los de diario una quincena, y a los transeúntes, barrenderos, etcétera, ocho días por la suspensión de los trabajos sin previo aviso.

La nueva situación de paro forzoso en la que quedaron los mineros, agravada por la inexistencia en la comarca de otras alternativas de trabajo, les hizo acudir a las minas españolas que permanecían abiertas: La Plata y Nueva Argentífera, donde apenas podían emplearse 300 obreros. Al grito de “o todos o ninguno”, los despedidos amenazaron con incendiar las minas si no se les proporcionaba trabajo, por lo que tuvo que intervenir la Guardia Civil convocada por teléfono desde Madrid. Cientos de trabajadores, con o sin sus familias, abandonaron el pueblo en busca de un futuro mejor. Algunos fueron empleados en la construcción de la carretera que va de Jadraque a Hiendelaencina. Otros se fueron a Madrid y trabajaron en la construcción de la primera línea del Metro.

(Extracto de la conferencia «Condiciones de vida y trabajo de los trabajadores del distrito minero de Hiendelaencina y acciones reivindicativas (1844-1915)» pronunciada por el autor el 18 de noviembre en el Museo Minero de Hiendelaencina con motivo de la celebración de las VIII Jornadas Mineras en esta localidad).

Fuentes consultadas:

  • Baroja, P. “Memorias”, Ediciones Minotauro. Madrid.1955.
  • Bruna Illana, Julia, “Del mundo agrario al mundo industrial. El cambio demográfico y social en Hiendelaencina (Guadalajara). Siglos XVII-XX”. Tesis Doctoral.
  • Contreras, B. “El país de la plata. Apuntes históricos del descubrimiento de la mina “Santa Cecilia”, sita en Hiendelaencina”. Guadalajara. Establecimiento Tipográfico “La Región”. 1904.
  • Ministerio de Fomento. Dirección General de Agricultura, Industria y Comercio. Comisión Ejecutiva de Estadística Minera. Datos estadísticos correspondientes a los años económicos de 1888-89 y 1889-90. Madrid. Imprenta del Colegio Nacional de sordo-mudos y de ciegos, San Bernardo, 5, 1893.
  • Parra, A. y Viejo. G.: “La Constante, mina de leyenda en Hiendelaencina”. Madrid.2012. umer.es/wp-content/uploads/2015/05/n79.pdf
  • Anales de la Beneficencia Municipal. Madrid, 1928.
  • Boletín Oficial de Minas, 1845.
  • Boletín Oficial de la Provincia de Guadalajara
  • El Católico
  • La Crónica de Guadalajara
  • Cuadernos de Geografía
  • La Época
  • Flores y Abejas
  • La Iberia
  • El Liberal Arriacense
  • Nueva Alcarria
  • Revista de Trabajo
  • El Socialista
  • Revista Minera
Enrique Alejandre, estudioso del movimiento obrero en Guadalajara. // Foto: Rubén Madrid

Enrique Alejandre, estudioso del movimiento obrero en Guadalajara. // Foto: Rubén Madrid

*Enrique Alejandre Torija (Madrid 1956) vive en Guadalajara desde los 14 años. Desde su juventud ha sido militante de organizaciones de izquierdas, y actualmente es miembro del Consejo Político de Izquierda Unida, delegado de la sección sindical de CC.OO del CAMF-Imserso -donde trabaja- y miembro de la corriente marxista que se agrupa entorno al periódico “El Militante”. Alejandre ha publicado numerosas colaboraciones en prensa local y regional y varios libros sobre la lucha de clases en nuestra provincia. El movimiento obrero en Guadalajara 1868-1939, editado por la Fundación Federico Engels en 2008, recorre siete décadas de organizaciones, reinvindicaciones, asambleas y huelgas en la provincia. Un siglo conflictivo, publicado en 2014 por la misma Fundación, se remonta al periodo entre 1719 a 1823. Alejandre continúa investigando sobre la lucha obrera en Guadalajara.

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