La Media 2017, en capilla

Por Gloria Magro.

media gloria

Foto: Velociraptor.  2016, salida de la Media Maratón de Guadalajara.

Si han salido hoy a la calle antes de leer estas líneas, es posible que se hayan percatado de una ausencia. Hoy, sábado 16 de diciembre, debe de ser uno de los pocos días del año que no se verán corredores por Guadalajara. Y no porque les espante el frío, la nieve o la lluvia sino que como víspera de la Media Maratón 2017,  los runners descansan. Así que la ruta del colesterol y la mota sobre el río Henares quedan huérfanas por un día de gente enfundada en mallas multicolores, chaquetas de última generación y alegres badanas con las que combatir las bajas temperaturas. Hay que guardar fuerzas. De acuerdo que no es la Maratón de Nueva York, pero mañana es un día importante para los que salimos a correr a diario por la ciudad, tanto para los que van con un objetivo de superación y tiempos, como para los que con terminar una vuelta y no caer deslomados en el intento tienen o tenemos suficiente. Este año más de mil corredores se darán cita en la Fuente de la Niña, algunos de ellos fijos desde la primera edición hace 18 años, son los portadores de los dorsales vitalicios, Isidoro Jiménez y Javier Briones.

Yo esta vez me caigo de la convocatoria. Un dolor en las lumbares me tiene fuera de juego desde hace varias semanas y no es que me fastidie no hacer mañana al menos una vuelta de la Media, sino que no correr me provoca una ansiedad horrorosa y no veo el momento de volver a calzarme las zapatillas. Quién me lo hubiera dicho a mí esto hace unos años. Recuerdo con horror cuando en el Instituto en clase de gimnasia nos obligaban a dar la vuelta corriendo al Brianda de Mendoza. Aquello era la peor tortura imaginable, un espanto insufrible pese a nuestros lozanos quince o dieciséis años. Nadie corría entonces, excepto los que se dedicaban profesionalmente al tema.

Hoy, esta misma mañana, me encantaría poder dar esa vuelta y cinco o diez más. Y me da lo mismo que haga frío o calor, bajo cero o lloviendo. Como todo corredor que se ha iniciado pasados los cuarenta, padezco el fervor de los conversos: sufro cada día que no puedo salir. No importa que jamás gane nada, que no progrese realmente más allá de correr a diario hora y media dándole más a la lengua que a la zapatilla con mi compañera, tan poco interesada como yo en ir más allá. Lo realmente meritorio es haberse iniciado en esta práctica, el enganche que suscita y los beneficios que reporta.

Entiendo que a los que no corren, esos que dicen que con caminar tienen bastante, que correr es de cobardes y toda esa serie de lugares comunes, les parezcamos unos pelmazos insufribles. Para mí es el mejor deporte del mundo y de los más baratos hasta que las lesiones, el fisio y la necesidad de tener que usar unas zapatillas específicas te hacen anhelar la cuota fija del gimnasio. Pero hasta llegar a eso has tenido que hacer unos cuantos miles de kilómetros. Como en toda práctica deportiva, el kilómetro cero es cuando te has puesto las mallas por primera vez, ese día que venciendo la vergüenza que suscita el pensar que cuando corres la gente te mira y te juzga por gorda, alta, baja, fondona o desfondada, te has lanzado a la calle. La vergüenza dura unos minutos, los primeros, después, con no perder la respiración y caer desmayada tienes bastante. Y te vuelves a casa agotada, aunque a lo sumo hayas cubierto trescientos o cuatrocientos metros y no precisamente como una gacela ligera y grácil. Y tan contenta. Y al día siguiente repites y haces lo mismo y un poco más. Y cuando te quieres dar cuenta ya sumas unos kilómetros, la báscula te sorprende, te sientes increíblemente bien y quieres más. Y en poco tiempo te estás apuntando a todas las carreras a tu alcance, aunque la mayoría no estén realmente a tu alcance y resulten una odisea. Esas carreras del circuito de la Diputación, esas cuestas…  cuantas calamidades sin mayor objetivo que ir y probarse una misma.

Las etapas del corredor deben de ser parecidas a las de dejar de fumar o a las de salir de una depresión: todos cubrimos las mismas. Yo en este momento estoy en la de las lesiones. Todo el mundo que conozco que corre ha pasado por esta fase. Si no son las rodillas, son las caderas, o el sóleo, o en mi caso la espalda. Y empieza el peregrinar por los fisioterapeutas, buscando la solución mágica que te alivie el dolor y te permita seguir corriendo. Lo último es dejarlo, hacer un parón; es impensable. Y no existen las recuperaciones milagrosas. Hay que apearse, aparcar las zapatillas y darse un tiempo. Será porque ninguno tenemos veinte años ya, no lo sé. Lo cierto es que la gente con la que me cruzo a diario, la que veo cuando me apunto a alguna carrera, son todos de cierta edad. Los veinteañeros no corren, como no lo hacía yo a su edad, que ni me lo planteaba, y ahora parece que ellos tampoco. Mañana en la Media Maratón de Guadalajara, correrá gente de mi quinta y por encima. Así, entre iguales, te sientes que perteneces a una comunidad, la de los runners, mucho mejor que la de los Milenials o los Hipsters, donde va a parar. Y tan contentos.

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