La espía norteamericana que acabó enterrada en Guadalajara

Aline Griffith, condesa de Romanones en una instantánea tomada en 2002. //Foto: Bernardo Pérez (El País)

Aline Griffith, condesa de Romanones en una instantánea tomada en 2002. //Foto: Bernardo Pérez (El País)

Por Patricia Biosca

Los felices años 20. En Nueva York, una niña llamada María Aline (todos la conocen por Aline), pasa sus días rodeada de sus cinco hermanos y sus padres, un vendedor de seguros y una ama de casa. Se crían bajo una estricta educación católica en un barrio de clase media, sin presagiar que la esbelta Aline acabará siendo condesa en un país tan lejano y casi exótico en aquel entonces llamado España. Tampoco imaginarán (ni nunca llegarán a saber) que la pequeña Aline se convertirá en una espía al servicio de los Estados Unidos. Mucho menos piensan en el final de la carismática Aline, que será enterrada en el cementerio municipal de la ciudad de Guadalajara, en el panteón de los Romanones (que suena a Romanov, pero en plan castizo). Pero Aline sí imagina que hará grandes cosas y que su nombre estará al lado de los grandes nombres que ve en los rótulos de los cines, porque es la época del “sueño americano” y ella no piensa quedarse dormida.

Apenas tiene 20 primaveras y trabaja como modelo. La OSS, la organización que sería el germen de la CIA, la recluta para que ejerza de oficinista en el Madrid de los años 40, con Francisco Franco a la cabeza de un gobierno en sus años más duros de represión. Su misión es descifrar mensajes en la sala de códigos X-2, un trabajo bastante rutinario. Sin embargo, su belleza y personalidad resuelta hacen que se empiece a codear con las más altas esferas de la élite madrileña de aquella época, y su labor se amplía más allá del teléfono, escuchando los chismorreos que entre copa y puro se dan en esas fastuosas fiestas en las que comienza a ser habitual. Este es el sueño, aunque no imaginaba que la banda sonora tendría sevillanas y castañuelas.

En 1947 se casa con Luis de Figueroa y Pérez de Guzmán, III conde de Romanones y Grande de España. Decide dejar el “oficio” de espía porque él se lo pide y mantenerse en un segundo plano, como amante esposa. Durante siete años, las fiestas en las que se prodiga con Cayetana Fitz-James Stuart, duquesa de Alba, Grace Kelly, el galán Stewart Granger o Audrey Hepburn, le hacen olvidar el “gusanillo” de la adrenalina. Sin embargo, su país vuelve a contactar con ella y, de forma esporádica, vuelve a las misiones, en las que incluso tiene que llegar a disparar a un hombre con su pistola de nácar en defensa propia. Cuando cuente la anécdota, afirmará que nunca supo si lo mató o no. Gajes del oficio de espía.

Aline Griffith (izquierda) junto a Jacqueline Kennedy (centro) y Cayetana Fitz-James Stuart, duquesa de Alba (derecha)

Aline Griffith (izquierda) junto a Jacqueline Kennedy (centro) y Cayetana Fitz-James Stuart, duquesa de Alba (derecha)

Tiene tres hijos, reconocidos entre la nobleza del país, porque el apellido manda. Ese apellido que les ata a Guadalajara, una ciudad a la que estuvo vinculada la familia por el abuelo, Álvaro de Figueroa y Torres, quien es el ejemplo de cacique en los libros de texto y que pagaba con dinero o trabajo sin sonrojo a aquellos que le votaban en las urnas, cuestión que se repitió desde 1891 hasta 1923. “No se que partido va a ganar las elecciones, solo se que Romanones saldrá elegido por Guadalajara”, decía el chascarrillo. Poco o nada fijó su mirada el hijo del conde en la provincia que tanto había dado a su padre. Pero el título, con referencia al pueblo que le da el nombre, permanecía en la familia.

A finales de los ochenta, Luis de Figueroa muere. Aline se queda viuda y aprovecha sus días para sacar a la luz sus años como espía. Los medios “rosas” de la época recogen cada chascarrillo con deleite, de la misma manera que la condesa de Romanones bebe champagne en las lujosas fiestas de Marbella (en Guadalajara solo poseen grandes latifundios, y muchos de ellos han tenido que ser vendidos porque el nombre no es sinónimo de dinero). Con el tiempo, las salidas se dilatan, pero sigue siendo referencia del glamour de una época pasada, y los medios la tratan como una figura casi inalcanzable, como con el talco de las personalidades intocables, la suavidad del terciopelo mirado desde lejos. Ella sigue escribiendo, porque dice que así aplaca su vocación de periodista de guerra. Escribe sobre todo novelas autobiográficas con títulos tan sugerentes y parecidos como “La espía que vestía de rojo”, “La espía vestida de seda”, “La espía fue a bailar” (todos de la saga “The Romanones Spy Series”, una suerte de “Los Cinco” en versión espía y aristócrata) o “The Earth Rests Lightly”, traducido en español como “Historias de Pascualete”, localidad extremeña en la que se asienta su palacete preferido y en la que se hacen quesos que la propia duquesa impulsó en su faceta comercial. Su última obra, “El fin de una era”, publicado en 2010, fue como un epitafio prematuro.

Hubo quien dijo que todas estas historias, que Aline contaba en las reuniones sociales para entretenimiento de sus oyentes, estaban adornadas hasta el punto de rozar la completa mentira. Ella, enfadada y haciendo gala del carácter que afirman las revistas que poseía, lo desmentía. “Es imposible que todas mis hazañas estén en un dosier del Gobierno”, aseguraba con el ceño fruncido.

Su último viaje lo realizaba al camposanto de Guadalajara. El glamour lo ponían sus nietas con pamelas, que ahora no salen en el Hola, sino en Instagram. No se hacía un funeral de Estado, sino que apenas una decena de personas iba a dar su último adiós a la espía con pistola de nácar. Sus restos descansan al lado de la estación de autobuses de la capital alcarreña y del instituto Brianda de Mendoza, por donde todos los días pasa gente que seguramente nunca sabrá de la historia de Aline Griffith.

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