Yo ví “E.T.” en el Moderno

moderno

Foto: Manuel Ùnica. Obra sobre papel. Ediciones de Arte.

Por Gloria Magro.

Todos tenemos una magdalena de Proust guardada en el armario de la memoria, bien candada. La mía se abrió inesperadamente hace unos días con la imagen que ilustra estas líneas. La foto de 1983 de la puerta del Teatro Moderno y sus largas colas para ver el estreno “E.T. El extraterrestre”  Será que estos días navideños son especialmente melancólicos, será que éste es el último fin de semana del año, aunque a mí me pille en pleno verano austral, al otro lado del mundo literalmente. Será que de todo ya no hace veinte o veinticinco años, sino treinta o más. Qué mala es la memoria, qué traicionera. Te sientes joven, eternamente joven, y de repente aparece una imagen y en un momento retrocedes a ese instante y te das cuenta de que efectivamente tienes un pasado en blanco y negro, un pasado de niña con parka y pantalones acampanados, de señoras alrededor con faldas bajo la rodilla y botas. Un pasado de ciudad de provincias y colegio de monjas.

Éramos tan provincianos. Seguramente aún lo somos, nos cuesta sacudirnos ciertos tics que solo tienen cabida en ciudades pequeñas como la nuestra donde todo el mundo se conocía hasta hace cuatro días. Pero entonces, en 1983 lo éramos de verdad. Guadalajara entera hizo cola para ver “E.T.” como poco después lo haría para ver “El Lute”, antes de que nos llegara la modernidad de los Multicines. Yo tenía once años y creo que ese fue el día más emocionante de mi vida hasta entonces. Ir al cine, hacer cola, no conseguir las entradas, tener que volver, conseguirlas, entrar en una sala que se me antojó inmensa, llena de gente y ver aquella maravilla: “E.T.”, un lenguaje cinematográfico nuevo, un mundo lejano y sorprendente. No es que el bicho viniera de otro planeta, es que todo lo que allí veíamos era de otro planeta: aquellos niños, aquella urbanización de extrarradio americana aún a medio construir, aquellas cocinas, salón, habitaciones… Un mundo ajeno y lejano.

Después de la película, los amigos de mis padres con los que fui, más pudientes que nosotros, nos llevaron a merendar a un bar, algo también inaudito en mi infancia de niña de clase trabajadora. Un sándwich mixto caliente en un local diminuto que había en La Llanilla, en el edificio donde está el mítico bar Los Molinos. Huelga decir que en mi casa tampoco se veía mucho el pan Bimbo, como lo llamábamos. Ni pan de molde, ni chorizo Revilla. Cómo anhelaba el chorizo de barra de mis compañeras de clase. Nosotros tomábamos chorizo de nuestra matanza. En casa se tomaban la economía familiar muy en serio.

La magdalena de Proust es también la parka azul marino con capucha de pelo sintético de la tienda de Confecciones La Rosa, muy cerca del mercadillo de la calle Cifuentes. El concepto de confecciones ya no existe, pero entonces era muy popular. El supermercado de barrio, la tienda familiar, las zapaterías, la peluquería de toda la vida. Los barrios de Guadalajara estaban sembrados de comercios y comerciantes. Y luego estaba el centro de la ciudad, que ya era otro nivel. Y cuando cambiaba la temporada hacíamos un recorrido por los escaparates para ver las tendencias, los colores que se iban a llevar. Suena tan antiguo ahora. Las bodas en Las Galeras, la piscina de Hernando, los bolsos de Novoplex y sus colas el día de Reyes, cuando no daban abasto. Los pasteles de Hernando, de la Flor y Nata, los libros de Cobos… Recuerdos en blanco y negro aunque no hace tanto tiempo, estábamos ya en los años 1980, ¿desde cuándo esos años no son en color? Nosotros nunca íbamos a Madrid de compras. El Corte Inglés era una realidad de clase media, de profesores y empleados de banco, los únicos que se lo podían permitir, a unos escalones sociales y económicos de nosotros. Así que hacíamos vida de proximidad, de monedero y efectivo, igual que nuestros vecinos. Guadalajara era nuestro mundo entre semana, y el pueblo el de los sábados y domingos y los veranos. Era sin duda un mundo muy reducido, un mundillo más bien. Y la ciudad con sus pequeños dramas, bien reflejados en Nueva Alcarria y Flores y Abejas, vivía ensimismada y perfectamente acoplada a su realidad.

Qué lejos queda todo. No son las batallitas de la Guerra Civil del abuelo pero empiezan a aproximarse. Y veo a mis hijos, de vacaciones navideñas en Argentina, aunque sean por aprovechar un viaje de trabajo de su madre, y la distancia con mi infancia y la de su padre es enorme en todos los sentidos. Y seguro que no lo aprecian, todo se dá hoy día por sentado. Y yo pienso que es una lástima, que no tenerlo todo al instante también tenía su encanto. O a lo mejor no. La memoria lo dulcifica todo, como si de una magdalena se tratase. ¡Feliz entrada de año a todos!

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