2018

Por Borja Montero

El tiempo es un continuo, imparable, siempre hacia delante (incluso después de los recientes descubrimientos de un grupo de físicos de la Universidad Federal ABC de Brasil). Es por ello que actos como el que hemos vivido hace apenas un par de días, ese de celebrar por todo lo alto la llegada un año nuevo, con sus buenos propósitos y esperanzas de importantes novedades en nuestras vidas, son totalmente arbitrarios, nacidos de la insaciable lujuria del ser humano por controlar aquello que es inasible, como la naturaleza, el espacio o, como es el caso, el tiempo, de parcelar lo que es más grande que él para intentar hacerlo más accesible y para disimular su propia pequeñez. Así, como quien traza líneas en la arena del desierto, el género humano se ha inventado fronteras arbitrarias, imaginarias (¿acaso no lo son todas?), para no sentirse perdido en la inmensidad del tiempo, coordenadas vitales en forma de segundos, minutos, meses y años.

Y es que, con el paso de las 23:59 del 31 de diciembre de 2017 a las 00:00 del 2018. Ningún contador se ha puesto a cero, más allá de los mecanismos psicológicos que se sirvan de este tipo de hitos para darnos ánimos, modificar conductas o cerrar y abrir capítulos, y lo único que se ha estrenado es el mes de enero, pura convención, como hemos visto. De este modo, la vida de cada uno poco ha cambiado después de las doce uvas, siquiera na vez concluida la resaca del día de Año Nuevo para aquellos que celebraron intensamente la llegada del 2018, y los problemas siguen siendo los mismos.

Tanto es así que, en la primera semana del nuevo año, nos encontramos con el foco informativo en el mismo tema que nos visitaba en esta tribuna la pasada semana y sobre la que tanta tinta (metafórica) hemos derramado los escribientes de este foro de opinión y análisis: la apertura del nuevo aparcamiento del Hospital de Guadalajara. Sirva esta pequeña polémica, enardecida esta vez por las palabras del consejero de Sanidad, Jesús Fernández, alegando que la Junta de Comunidades ya ha solventado todas las cuestiones técnicas que solicitaba el Ayuntamiento que, después del maremagno de papeles, la pelota estaba en el tejado del Consistorio para conceder, con mayor o menor dilación, la licencia de apertura, como ejemplo de que los años no son compartimentos estancos y, por tanto, las tribulaciones que ayer son, necesariamente, las mismas de hoy.

Y, como ningún contador se pone a cero, tampoco lo hace el del dolor. Por ello, no podemos olvidarnos del lamentable suceso ocurrido en Azuqueca de Henares tres días antes de que acabara el año, con el asesinato de un mujer de 37 años y la orfandad de sus tres hijos. Aunque la estadística se quede en este caso y se vuelva a reabrir una nueva para contar las víctimas de 2018, que tristemente las habrá porque el problema del machismo endémico está mas enraizado de lo que creemos, la vida de esta familia, así como la de todas las que se han viso afectadas por maltratadores y homicidas de este pelaje a lo largo de los años, se verá afectada en adelante, sin solución por más que pasen los años. Es precisamente por casos como éste, amén de otras injusticias a lo largo y ancho del mundo, que las campanadas no pueden servir para cerrar una puerta y decir que lo pasado es pasado.

El tiempo es continuo, un devenir constante. Esperemos que no se repita.

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