Aporofóbicos

Por Gloria Magro.

APOROFOBIA  es la palabra del año para la Fundación del Español Urgente. El miedo o aversión a los pobres como vocablo más significativo de 2017, el año de la recuperación económica definitiva según el Gobierno de España. Bonita palabra para un 6 de enero, día de regalos y alegría, día de abundancia por excelencia.

Seguramente anoche en el desfile de Reyes, ese en el que el Ayuntamiento gasta cada año de una tacada más de cuarenta mil euros del presupuesto municipal -y digo una cifra estimada porque los datos no son públicos-, muchos guadalajareños tenían otras preocupaciones ajenas a una noche tan festiva. Con los últimos datos encima de la mesa, en Guadalajara hay 500 desempleados más desde diciembre. Eso significa seguramente menos regalos, menos alegría y desde luego menos abundancia en muchos hogares de nuestra provincia hoy. Menos roscones de Reyes y más incertidumbre al empezar 2018.

Cierto es que desempleo no es igual a pobreza. El colchón familiar y social atenúa durante un tiempo el descenso a la categoría de pobre, ese tobogán tan temido y por donde después de más de una década de crisis continuada y de políticas de recortes sociales y educativos, cada vez es más fácil deslizarse. Y por lo que parece, la pobreza no solo nos asusta sino que nos causa miedo y aversión. No a la indigencia propia, que sería entendible, sino a la ajena, como si la pobreza fuera una enfermedad contagiosa como la gripe. Más bien sería la varicela, que es más visible a simple vista. Seguramente no nos molesta el vecino venido a menos, el que mantiene las apariencias, pero el pobre visible, el de puerta de supermercado, el que duerme en los cajeros automáticos, nos produce rechazo visceral. ¿Será porque es un recordatorio de hasta dónde puede caer cualquiera de nosotros si nos falla el trabajo, si la familia no nos responde, si el banco ejecuta sus derechos sobre nuestra hipoteca? Esto sin duda explicaría el rechazo al indigente cercano, al igual venido a menos, pero no al extranjero, igual de molesto al parecer aunque más lejano sin duda.

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Foto: Grupo de Facebook Amigos del Ayuntamiento de Guadalajara.

APOROFOBIA. Dice su creadora, la filósofa valenciana Adela Cortina, que se trata de llamar la atención sobre el hecho de que solemos llamar xenofobia o racismo al rechazo a inmigrantes o refugiados, cuando en realidad esa aversión no se produce por  su condición de extranjeros, sino porque son pobres. Así que tenemos hasta categorías de pobreza y de rechazo a esa pobreza. Sin duda el nuevo neologismo no agota la realidad que define. Solemos identificar además pobreza con delincuencia, y ahí da lo mismo que sean pobres nacionales o extranjeros. Así, los barrios humildes se asocian en el imaginario colectivo con zonas conflictivas a evitar por más que la realidad nos desmienta el tópico.

Hace unos días un grupo de guadalajareños de los que conforman los grupos de Facebook más activos se acercaron a una de las barriadas identificadas en Guadalajara como pobres y conflictivas para repartir chocolate con churros y alimentos navideños para las familias con menos recursos. Y pasaron una tarde generosa y poco aporofóbica en el barrio de La Alaminilla. La recogida se hizo a través de una campaña en las redes sociales y la ciudadanía respondió. Como también lo hacemos cuando es el Banco de Alimentos el que nos sacude la conciencia en el supermercado. Mientras no tengamos que verles ni relacionarnos con ellos no nos importa colaborar. ¿Cuántos de nosotros no aprobarían unas medidas tipo Jesús Gil en Marbella, cuando desterró a los menesterosos de la ciudad del lujo veraniego? Seamos sinceros: seguramente muchos daríamos nuestro consentimiento sin pestañear.

APOROFOBIA. Nos molesta la horda de rumanos que invade nuestra calle Mayor a diario, la puerta del supermercado que frecuentamos, los semáforos. Ya no son el borrachín que hacía guardia en la puerta de la Iglesia hasta que una mañana ya no despertó de su banco en El Jardinillo, ni la gitana de toda la vida, ni aquella anciana de la que decían que en realidad era millonaria pero padecía Diógenes. Los pobres de ahora que querríamos que fuesen invisibles o mejor aún, que desapareciesen de una vez, son extranjeros, foráneos, que no nos remueven la conciencia, sólo nos producen rechazo. Son un escalón inferior a La Alaminilla. Sin hogar estable, seguramente sin papeles, sin acceso a ayudas sociales e indefensos. Y además rechazados en cuanto pobres y extranjeros. ¿Se puede caer más bajo? Seguramente no. Pero nosotros sí podemos ser un poco menos aporofóbicos. Aunque sea como propósito de Año Nuevo.

 

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