El pelaje de los cuatro gatos

Lo idílico de la estampa, por las carreteras de Guadalajara, entraña un peligro que solo el conductor padece. // Foto: GuadaTV

Lo idílico de la estampa, por las carreteras de Guadalajara, entraña un peligro que solo el conductor padece. // Foto: GuadaTV

Por Patricia Biosca

Oh, blanca Navidad…” empieza el villancico (sí, lo sé, lo sé, a partir del primer día laborable después de las fiestas, entonar una canción de este tipo está a la altura de abrir un paraguas dentro de un espacio cerrado) y no sé por qué extraña la nieve en todo este esquema. La nieve, que es agua y en forma de copo nos parece algodón, casi calentito y reconfortante, en realidad es -para su información, y lo hago por desmitificar la estampa- agua que se congela hasta llegar expandirse con delicadas formas fractales para luego convertirse en pegotes sucios que más cerca están del hormigón viejo que del pelaje de un tierno corderito. La nieve, esa hacedora de caderas rotas, de tobillos dislocados, de dolor de coxis. Ese elemento que puede llegar a causar hipotermia y nos obliga a ir en segunda por carreteras que hemos recorrido millones de veces, pero que disfrazado con una bufanda, una zanahoria y cuatro palos llena portadas de amables postales navideñas, de calendarios y de muros de Facebook con decenas de “me gusta”. Sí, aquí tienen a una hater de la nieve, el Grinch de la Navidad, la Chiquetete de la Cabalgata. Y creo que debería invitar a mi grupo de “odiadores” a todos los gobernantes que gestionan desde muchas a unas pocas de las carreteras españolas, porque cada vez que la “oh, blanca nieve” aparece, llega con ella el mismo amigo: el caos.

Como una pegadiza melodía, de esas que al principio enamora para luego obsesionar y volver a uno loco, la nieve llega amable, seguida de un “ooooohhh…” y caras de idiota. Supongo que será la misma que se le quede a los dirigentes que rigen nuestros pueblos, ciudades, provincias, regiones y país, porque, si no, no se explica. Quizá el cuento de “Juan y el lobo” ha calado tan hondo que ya nunca jamás se produzca una anticipación a carreteras cortadas y personas incomunicadas. Todos nos llevamos las manos a la cabeza cuando ocurren este tipo de episodios, diciendo muy alto y con mucho aspaviento que “¡cómo puede ser!”, que “¡no hay derecho!” y cosas por el estilo. Conocemos las historias de mujeres embarazadas con hijos de apenas dos años encerradas en medio de la nieve; de ancianos que regresan de pasar un día con familiares que hace años que no ven y quedan entumecidos dentro de un cubículo de hierro; de chavales a los que les pilla la tormenta sin ropa de abrigo y desde el teléfono de emergencias les dicen que tenían que haber anticipado la tormenta y haberse llevado plumas.

Indignación, rabia e incluso llantos. ¡Qué horas más malas!

Mi pueblo se quedaba incomunicado todos los años y, con suerte, nos mandaban un quitanieves a los dos días”, me dice una amiga oriunda de un pequeño pueblo de la comarca de Molina de Aragón. De repente, se pasa la cólera momentánea para quedarme con la misma cara de tonta -aunque con las comisuras de los labios hacia abajo- que cuando cae la nieve.

Todos los inviernos, Guadalajara es noticia por tener las temperaturas más frías de España. Años y años escuchando la misma canción, el mismo tintineo, mucho más que cuando cae una nevada generalizada y trae con ella el caos de cientos, miles de personas. Y, aún así, todos los cursos los niños se quedan algún día sin ir al colegio. Los padres no pueden salir a trabajar. El pueblo se queda incomunicado y paralizado. ¿En cuántos medios se refleja? ¿Cuántas quejas hay? ¿Con qué tono se transmite? La resignación y la despoblación se dan de la mano en invierno en viejas carreteras como las de Molina de Aragón. Pero claro, el pelaje de estos cuatro gatos debe ser más grueso que el del resto de personas que se quedaron unas horas bajo la nieve. Piensen que hay personas que reviven cada año lo que pasó el día 6. Aunque debe ser que ellos tienen la sana costumbre de pasarlo mal.

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