Equilibrios precarios

 

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Cabanillas del Campo, el municipio de Castilla-La Mancha con mayor renta per cápita, dobla al de menores ingresos por habitante en Ciudad Real. Foto: Susana Urosa.

 

Por Gloria Magro.

Si el bienestar de una sociedad se mide por su abundancia de población, como tradicionalmente se ha hecho desde disciplinas como la Antropología, estamos de enhorabuena: Guadalajara ya es la segunda ciudad por habitantes de la región. Si bien este dato es determinante a la hora de calibrar el grado de desarrollo de una civilización prehispánica en Centroamérica, por ejemplo, no es que sea decir mucho en la España de 2018. Y más teniendo en cuenta que también somos la provincia con más núcleos habitados pero los que menos habitantes tienen, datos que vienen determinados históricamente por factores como la orografía, el acceso al agua potable, etc., factores poco modernos podríamos decir y poco proclives a los cambios. Aún así, llegar a los 250.000 habitantes es un hito.

Somos la ciudad que más ha crecido en la región, aunque apenas sean unos pocos cientos de habitantes, y la que tiene el municipio más rico, Cabanillas del Campo, que no es que sea Pozuelo de Alarcón en cifras, pero para el nivel de Castilla-La Mancha, 24.000 euros de renta per cápita, es el doble que el municipio con menor renta por habitante, Villamanrique, en Ciudad Real. Junto con Olías del Rey en Toledo, El Casar también está a la cabeza del ranking de municipios con rentas altas. En todos los casos, son sueldos que proceden de Madrid, riquezas que no se generan en la región.

¿Será muy distinta la vida diaria en Villamanrique que en Cabanillas? Probablemente no. La brecha social y económica se nivela a día de hoy por la acción del Estado y del Gobierno regional. Las políticas sociales, educativas. el acceso universal a la Sanidad y el sistema de pensiones, esas cosas que damos por sentadas y que no parecemos valorar ni siquiera en periodo electoral, igualan a todos los municipios bastante. Pero es un equilibrio precario y sostenido a base de inversión pública. Un cambio de sensibilidad política, una crisis económica que recorte los ingresos de las familias y la recaudación de impuestos y la tijera volverá a funcionar. Y volverán los problemas, como si fuésemos una realidad económica viable solo por la acción positiva de la Junta de Comunidades y la cercanía a Madrid.

Ayer viernes se cumplieron ocho años del terremoto de Haití. Tras la catástrofe se habló mucho de la isla caribeña como realidad económica fallida, un estado inviable económicamente sostenido por las ayudas de la comunidad internacional. Tal vez no haya que irse tan lejos para ver la paja en el ojo ajeno. Nuestra sociedad y nuestra economía regional son muy sensibles a los cambios económicos y políticos. Si Madrid estornuda, nosotros nos constipamos. Y si la Junta vira a la derecha, la “gripe” está asegurada. Se vió en 2011 en Guadalajara, cuando un cambio de timón en la política educativa y sanitaria se tradujo al instante en un agujero económico en todos los municipios. Una vez que la Consejería de Educación de la era Cospedal cortó la contratación de profesores interinos y la de Sanidad hizo lo propio en hospitales y centros de asistencia médica, cayeron los alquileres en la capital, empezaron a cerrar comercios y como un dominó gigante, nos empobrecimos rápidamente.

De esta situación ha pasado ya una legislatura y media y no terminamos de volver a los niveles de vida que teníamos en 2011. Hay poca alegría de consumo en Guadalajara. Será porque los salarios no se han recuperado, porque las familias se han vuelto más cautas a la hora de gastar su dinero, será que el gobierno regional invierte menos alegremente. Será que somos más pobres que en la década pasada. El estado del comercio local es un buen baremo económico. Ni de lejos tenemos los mismos comercios que en 2011.

Aunque la población suba sensiblemente, es una realidad que cierran más tiendas de las que abren. Y lo que es más preocupante, los negocios que se inician difícilmente prosperan y perduran en el tiempo. Ahí está la calle Mayor de Guadalajara y su eterna agonía, la avenida del Amparo, hasta hace poco la de mayor nivel comercial de la ciudad pero con sus comercios más emblemáticos sustituidos por comercios orientales y low cost. Y luego está el Centro Comercial, el origen de los males del pequeño comercio de proximidad para muchos, pero tan cercenado por la incertidumbre económica como el resto de la ciudad y con más locales cerrados que con actividad comercial. Sin confianza económica no hay gasto y no se perciben cambios en el horizonte. Ojalá sea que el invierno enfría hasta la economía. Afortunadamente, después llegará la primavera y esperemos que se vea todo con más optimismo.

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